Estrenada el pasado miércoles 1 de enero, La gallina Turuleca nos habla de un adorable bicho que no puede poner huevos y por ello sufre la burla del resto del gallinero. Sin embargo, su vida gira para siempre cuando Isabel, una antigua profesora de música, descubre que Turuleca es capaz de entender a los humanos, hablar e incluso cantar de forma maravillosa. Muy maravillosa, agrego.

Una gran película, muy alejada de la repugnante realidad

Isabel, yaya millennial, maestra de música retirada, acoge generosamente a Turuleca. Gallina nulamente ponedora, posee otra virtudes. Habla y canta. La voz de Eva Hache, asombrosamente, mejora considerablemente el asunto. Vislumbramos que Turuleca es una gallina un tanto raquítica y desvencijada. Apunta maneras, incluso se marca una versión sui generis de La Macarena.

Su amiga Isabel, en el ínterin, sufre un estrepitoso coscorrón. El azar transforma a Turuleca en estrella de un circo en decadencia. Sus habilidades para el canto incrementan sin cesar. Por nuestros oídos pasarán desde el Hola Don Pepito hasta continuos guiños al cine setentero y ochentero, a saber, Fiebre del sábado noche, E. T. o Regreso al futuro. Las ditirámbicas peripecias de nuestra simpática gallina, henchida de un exuberante flow, hipnotizan cualquier retina de cualquier edad. Discurriendo de la feria a la granja, de la granja al circo y de allí a la gran ciudad, asistimos a trepidantes carreras por las calles, a la liberación de la venerable anciana en el hospital y a un apoteósico final en la pista circense, esquivando las plurales trabas del villano de turno y su desleal esbirro. Nos hallamos, en definitiva, ante ochenta minutos de narración destilada y de resabio clásico.

La película de Monigote y Gondell realiza un ponderado y equilibrado homenaje a Gaby, Fofó y Miliki, los payasos de la tele. Conoceremos, también, al gallo Vicente, a los malos malosos, Armando Tramas y Rudi o a toda la tropa circense, donde destaca Matías, sosías del Elliot spielbergiano. La hayamos pronunciado con C o con T, nuestra avecilla, finalmente madre, encandila, lo quieras o no. Relato fluido y agilísimo, el esbozo de personajes deviene magnífico, con un estilo patentemente deudor de la animación tradicional, sin desmerecer la explícitamente digital. El resultado final es el de una película muy divertida, capaz de solazar, emocionar y, por momentos, entusiasmar.

Los humanos somos unos hijos de puta sin remedio

La realidad de las gallinas ponedoras no se asemeja ni remotamente a la que aparece en nuestro relato cinematográfico. Para estas aves la vida es una puta pesadilla desde el momento que en el que abren el cascarón. Después de sus breves y miserables vidas en las granjas industriales (son enviados al matadero alrededor de los 40 días de edad), la industria cárnica en España manda cada año al matadero a más de 600 millones de pollos. Muchos de ellos, enfermos con letales deterioros óseos y pulmonares por las despiadadas condiciones en las que se hallan las granjas. Otros muchos ni siquiera llegan al matadero: mueren agónicamente en las granjas. Nadie los atiende.

Masacre sin perdón

El pollo es el animal más consumido en el mundo y uno de los más sistemáticamente maltratados. Un ciclópeo y multimillonario entramado cárnico negocia con las vidas de esta ave arrinconada a su suerte. En todo el planeta, 60.000 millones de pollos mueren cada año en los mataderos. Prevalecen las gallinas hacinadas en pequeñas jaulas de alambre. Trabajadores/verdugos aplastando la cabeza de aves bebés y/o tirando gallinas vivas en bolsas de basura para ahogarlas sin remilgo alguno. Además de sobreabundar, por supuesto, los cuerpos de gallinas muertas pudriéndose en las jaulas junto a las aves vivas. O los millones de pollitos machos triturados vivos todos los días. Dado que los polluelos machos no van a poner huevos, la industria del huevo los extermina a todos en su primer día de vida. Muy majos, di que sí.

Las jaulas donde se amontonan las gallinas se disponen, en filas, en colosales cobertizos sin ventanas, en un área que puede equivaler a la de dos campos de fútbol. Cada ave pasa toda su vida en un espacio menor que el de una hoja de papel. En este extremo aislamiento, estas pobres criaturas ni siquiera pueden desplegar las alas, ni mucho menos moverse sin pisar a otras gallinas.

Turuleca, rara avis

Esta es, grosso modo, mayoritariamente, la sórdida industria del huevo (podrido). La vida de Turuleca, nunca mejor dicho, rara avis. En fin.