Entre aquellos en los que aún persisten ciertos vestigios de decencia y sentido común, ha causado sin duda horror esa ley de abusos sexuales que la Asamblea Nacional de Francia ha vomitado en fechas recientes, en la que, de forma incomprensible —o no—, no se fija edad mínima para mantener relaciones sexuales, de tal suerte que los violadores de niños tendrán una magnífica oportunidad para irse de rositas tras haber saciado sus abyectos apetitos. Pues no obstante, tras la promulgación de esa ley susurrada por Lucifer, los pederastas podrán argüir en su defensa que las víctimas de sus horríficas perversiones les habían concedido previamente su consentimiento, de forma que esa innatural y depravada relación habremos de tenerla todos por normal y aceptable. Pero a nadie decente se le escapa, sin embargo, que mantener relaciones sexuales con un niño no es ni normal ni aceptable, sino uno de los actos más aborrecibles que se pueden perpetrar. Como igualmente tampoco debiera escapársele a nadie levemente advertido que esta decisión de la Asamblea nacional no es más que la natural consecuencia de ese rumbo que tomamos hace ya años, cuando el sexo se desembridó de los naturales tabúes con que lo habíamos constreñido y la libertad individual se nos tornó en diosecillo al que adorar. Pues, una vez que el sexo ha pasado a considerarse como mero disfrute cuya enorme anfractuosidad hemos de explorar por entero, como de hecho recomiendan a nuestros hijos algunos ideólogos chachis; o que la simple expresión de la voluntad se ha erigido en fuente de Derecho, aun cuando esa voluntad se dé de tortas con la biología o se cisque en la realidad; una vez, repito, que la tolerancia se nos ha convertido en un piélago sin confines y lo abarca ya todo, igualando virtudes y bajezas; o que aquello que sentimos que somos ha de prevalecer sobre lo que en verdad somos, sobrepujando el capricho enloquecido a la verdad; y una vez, en fin —y discúlpeseme la interminable tautología—, que ha calado en todos nos esa enloquecida concepción de que el consentimiento abre las puertas a todo tipo de conductas, por nefandas que éstas puedan ser, es entonces, digo, una vez que ha sucedido todo esto, cuando esta sociedad basurienta en que yacemos termina por elevar a Moloch a los altares y comienza a alimentar las llamas de sus tripas con los cuerpecillos de nuestros hijos, pues cualquier abominación habrá logrado entre nosotros su cobijo calentito.

En rigor, sin embargo, esto que ahora nos horroriza tuvo también, como tantas otras ideologías enfermizas, su caterva de corifeos y su patulea de profetas, de entre los que destaca quien ha sido largamente prestigiado como sesudo científico y cuya carrera —¡cómo no! — ha sido convenientemente recogida por la cinematografía actual: Alfred Kinsey, autor de un estudio donde se abusó de más de 300 niños de entre dos meses y quince años de edad, y que aseguraba, entre otras lindezas y execraciones, que “un bebé irritable se tranquilizaba bajo la estimulación sexual”; o también, para horror de todas aquellas personas normales que pudieran acercarse a su estudio, que “alguno de los niños manifestaba (en los instantes previos a lo que él entendía por orgasmo) extremo temblor, colapso, palidez y a veces desmayo (…) y que incluso luchaban por escaparse del compañero y hacían intentos violentos por evitar el clímax”. Se le escapaba al muy chalado, sin embargo, que aquello que sentían las pobrecillas criaturas —a las que las relaciones sexuales se les hacían todavía inimaginables— no era sino horror, al sentir cómo sus cuerpecillos endebles eran salvaje y diabólicamente violentados por enfermos hideputas.

Así, ante semejantes esputos de una razón posesa o alucinada, pudiera parecernos que sólo quien tenga el alma embadurnada de excrementos y la mente anegada de efusiones seminales puede privilegiar el derecho a mantener relaciones sexuales frente a la sacrosanta protección de la puericia, a la que todos debiéramos dedicarnos por completo. Pero hoy en día, sin embargo, Alfred Kinsey es gozosamente elogiado en determinados ámbitos, y sus tesis, pese a mefíticas y demoníacas, tenidas por muchos como verdades apodícticas, hasta el punto de convertirlas en ese venero del que manan las leyes. Habremos de convenir por tanto, estimado lector, que en esta sociedad excrementicia en que yacemos hay quien desea que el orbe todo sea un gigantesco parque temático de esfínteres púberes que estuprar; y que ese camino que iniciamos hace ya años, desembridando el sexo de sus tabúes y explorándole todas sus anfractuosidades, no nos llevaba sino a esto. Y la culpa, tengámoslo claro, no es sólo de los guías que nos han dirigido hasta aquí, en pos de una libertad que se nos convertirá en grilletes.