Se han hecho públicos, gracias a la labor de los periodistas del diario ABC, los lamentables resultados del proceso de “investigación” que desarrolló Manuel Cruz, presidente del Senado, para elaborar su obra Filosofía contemporánea, manual con el que se lucra al “recomendar” la adquisición del mismo a sus alumnos.

 

El plagio es fácil de definir, aunque de complicada apreciación. La Sentencia del Tribunal Supremo 12/1995, de 28 de enero, indica que “Las situaciones que representan plagio hay que entenderlas como las de identidad, así como las encubiertas, pero que descubren, al despojarles de los ardides y ropajes que las disfrazan, su total similitud con la obra original, produciendo un estado de apropiación y aprovechamiento de la labor creativa y esfuerzo ideario ó intelectivo ajeno”, siendo cierto que “No procede confusión con todo aquello que es común e integra el acervo cultural generalizado ó con los datos que las ciencias aportan para el acceso y conocimiento por todos, con lo que se excluye lo que supone efectiva realidad inventiva, sino más bien relativa, que surge de la inspiración de los hombres y difícilmente, salvo casos excepcionales, alcanza neta, pura y total invención, desnuda de toda aportación exterior”, de modo que “el concepto de plagio ha de referirse a las coincidencias estructurales básicas y fundamentales y no a las accesorias, añadidas, superpuestas o modificaciones no transcendentales”. Miguel Louis Cereceda enmarca el plagio señalando que es “usar el trabajo, las ideas, o las palabras de otra persona como si fueran propias, sin acreditar de manera explícita de donde proviene la información”, de manera que “una persona comete plagio si copia o imita algo que no le pertenece y se hace pasar por el (la) autor(a) de ello”.

 

Uno de los aspectos más peculiares del plagio es que constituye una práctica que supone usurpar intelectualmente a otra persona. Para ello, el autor de la copia ilícita se atribuye ideas o razonamientos que han sido fruto de la labor de otra persona, cuyo esfuerzo no recibe el reconocimiento que merece por ser suplantado por el ejecutante del plagio.

 

Manuel Cruz copió varios textos de distintos filósofos e imitó trabajos de otros para componer su obra sin incluir las referencias correspondientes entre las de otros autores que si aparecen citados. El presidente del Senado se defendió señalando que “no se trata de una obra creativa propia, sino de un manual divulgativo para estudiantes en el que se incluyen datos biográficos y de la trayectoria de pensamiento de dichos autores” y que “no se puede jugar con la honra personal y el prestigio de las personas”. Sin embargo, si que aparecen muchas otras referencias, como se puede observar en las páginas aportadas por ABC, que permiten deducir que, para evitar que el manual se convirtiera en un trabajo ridículo desde una perspectiva puramente académica, Manuel Cruz tuvo que incorporar como propias ideas que pudieran constituir aportaciones filosóficas relevantes.