Me entero por la radio de que don Pedro Sánchez va a comunicar al Rey -habrá comunicado ya, cuando ustedes lean mis palabras- la composición de su Gobierno por teléfono.

Algunos medios de comunicación critican este método. Aducen que el protocolo -o simplemente la educación- determina que se haga en visita oficial. Pero esto es no conocer que hemos entrado en una nueva etapa; en una nueva fase, alejada de la parafernalia y de la naftalina. Que hemos entrado en una fase de campechanía superior a la demostrada hasta ahora por la -ya de por sí, campechana- Casa de Borbón.

Don Pedro Sánchez, a quien tanto le ha costado formar un Gobierno a pesar de las prisas con que quería ser investido, tiene ahora prisa. No puede esperar a que le lleven a la puerta su coche oficial, ni a los minutos que este tarde en llevarle -pese a la nutrida escolta que le vaya abriendo paso entre los mortales- a la sede de la Jefatura del Estado.

Don Pedro Sánchez quiere demostrar su dinamismo desde el principio. Bien claro lo ha dejado, pues ya desde el comienzo de su andadura presidencial ha querido marcar diferencias, solucionando la vida al doble de cenutrios que su antecesor en el cargo al incrementar el número de ministros y de vicepresidentes.

Esta noticia -bien que no lo sea, porque ya todos sabemos quiénes están nominados- no puede esperar. Y no es digno de un Presidente de un Gobierno progresista someterse a las limitaciones del pasado, esperar carruajes, formar la comitiva, abrirse paso por los caminos.

Eso se queda para los antiguos, para los que se dejan encorsetar por normas arcaicas, para los trogloditas. Don Pedro Sánchez es un Presidente progresista y teniendo a su disposición la tecnología del teléfono, no se va a someter a la lentitud del coche oficial. ¡Si hubiera aeropuerto en La Zarzuela y pudiera ir en el Falcon...!

Sin embargo, don Pedro Sánchez, en su ímpetu progresista, modernista, tecnológico, ha caído en su propia trampa. Porque al comunicarle al Rey la composición de su Gobierno por teléfono -tecnología vieja de un siglo-, demuestra estar anclado al pasado, ser irremediablemente anticuado, casi obsoleto.

¿Para qué está el WhatsApp, señor Sánchez? ¡Que ha quedado usted como un cavernícola!