No son pocas las veces en que la muerte une y sella de la misma forma la amistad y el compañerismo cuando son de verdad; también, y casi más, el patriotismo.

 

Producido el Alzamiento, que lo fue, no se olvide, cívico-militar, en la Flota la situación quedó mayoritariamente de parte frentepopulista, especialmente en la mayoría de sus más destacados buques cuya marinería, enajenada por el marxismo, se amotinó, se hizo con el control de los navíos y asesinó vil y sañudamente a la mayoría de sus mandos, provocando de rebote tan deleznable comportamiento la manifiesta inoperancia de dicha flota.

 

Para paliar tan importante deficiencia e intentar plantar cara a la pequeña pero aguerrida, valerosa y eficaz Armada nacional, que se hacía poco a poco con buena parte del dominio del Cantábrico en cuya zona habían quedado la mayoría de sus buques, a comienzos del otoño de 1936 se intentó por parte de los dirigentes frentepopulistas obligar a los oficiales partidarios de la causa nacional que permanecían detenidos a tomar el mando de algunos de sus buques.

 

Tal fue el caso de los tenientes de navío Félix Fernández Fournier José Piury Quesada, a lo cuales había sorprendido el Alzamiento en Gijón de vacaciones con sus respectivas familias; ambos estaban casados, el primero con dos hijos de tres y dos años, y el segundo con una hija también de corta edad. Lejos estaban ambos oficiales de saber que aquel verano iba a unirles en la muerte y que la patria les iba a recompensar con sendas medallas militares individuales.

 

Félix Fernández Fournier -- por cierto, colaborador delos diarios asturianos La Prensa El Noroeste y del madrileño La Esfera -- había sido detenido e internado en la Iglesiona, nombre por el que se conocía entonces popularmente a la basílica del Sagrado Corazón de Jesús. Ante la inminente entrada en el puerto de El Musel del acorazado Jaime I, el mayor de los buques frentepopulistas, se le indicó que se le iba a poner al frente del mismo. El oficial, entonces, pidió ver a su esposa, Angelita Iglesias, a la cual encomendó encarecidamente que cuidase de sus hijos, que los educase como fieles católicos, como españoles y que perdonase y enseñase a perdonar a quienes pudieran, si llegaba el caso, quitarle la vida; y es que bien sabía él lo que iba a pasar, pues bien sabía lo que había decidido.

 

Llevado el citado oficial ante el comité frentepopulista del Jaime I, se le ordenó que tomara el mando del buque, a lo que se negó con absoluta firmeza encarándose valerosamente con la chusma que le rodeaba. Ante su decidida actitud, se le ofreció concederle un plazo para reflexionar, a lo que contestó con altanera dignidad “Me sobra el tiempo que me concedáis”. Sin más dilación, ante el respetuoso asombro de sus asesinos, fue bajado al muelle y fusilado sin más dilación, dándole tiempo a morir gritando ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey! Su esposa murió a los noventa y ocho años de edad, habiendo cumplido puntualmente lo encomendado por su marido.

 

Al teniente de navío José Piury Quesada se le intentó obligar a lo mismo, bien que, ante el fracaso con Fernández Fournier, a Pyuri se le sometió a malos tratos, a trabajos humillantes y a vejaciones en un intento desesperado por doblegar su férrea negativa a servir a causa tan patética y antipatriótica como era, y sigue siendo, el marxismo en cualquiera de sus vertientes, sea socialista o comunista.

 

Enfurecidos los dirigentes frentepopulistas ante la firmeza del oficial, decidieron in extremis conceder un plazo de cuarenta y ocho horas para reflexionar, a lo que el oficial contestó de inmediato con la misma altanera dignidad con que lo había hecho su compañero “De los dos días que me dais, me sobran cuarenta y ocho horas”, por lo que decidieron fusilarle de inmediato. Pero no paró ahí la cosa, porque al conocer Pyuri tal hecho, mostrando una entereza y sangre fría admirables, sorprendió a sus futuros asesinos solicitando mandar el mismo el pelotón de fusilamiento… lo que se le concedió por parte de unos asombrados marineros que no daban crédito a lo que oían y que muchos pensaban que era sólo una balandronada.

 

Pero no, era verdad. La escena quedó grabada indeleblemente en los que la presenciaron y luego contaron miles de veces. Piury firmes delante del paredón. Enfrente el pelotón de marineros en cuyos miembros se apreciaba gran nerviosismo. El oficial mandó con voz potente firmes, lo que aquellos obedecieron con automatismo militar. Después que cargaran las armas, oyéndose el sonido metálico de los cerrojos de los fusiles al cerrar las recámaras. A continuación, el teniente de navío gritó con recia voz un clamoroso ¡Viva España!, al término del cual, ordenó, serena y clara, ¡Apunten! y, tras unas décimas de segundo increíblemente largas transcurridas en un silencio sepulcral, dio la voz de fuego que quedó apagada por el estruendo de los disparos.

 

¿Ustedes pueden seguir leyendo? Porque yo, lo siento, no puedo seguir escribiendo.