Todos los pueblos que ignoran deliberadamente lo que fueron, aquellos pueblos que esconden su grandiosa historia, sus mayores logros militares, sus proezas colectivas... Aquellos pueblos que se avergüenzan de su pasado sin querer comprender el contexto histórico de cada acontecimiento, esos pueblos, todos sin excepción, acaban siendo engullidos por el presente y destrozados por el futuro. Son como las personas sin memoria, que pululan en el día a día porque han perdido el orgullo de saber lo que fueron y lo que hicieron.
 
Esta charca de indignidad en que se ha convertido España tiene parte de su explicación en la renuncia colectiva a valorar nuestro pasado como un motivo de orgullo común. No sólo por ignorancia de las nuevas generaciones, que no leen nada que tenga valor, sino porque aquellos que sí lo conocen han preferido el juego macabro de los partidos políticos que consiste en hacer añicos todo lo anterior a la democracia liberal. Haciendo de España no una persona adulta, responsable con su presente y serenamente orgullosa de su pasado, sino un adolescente tontuelo y alocado, que se entusiasma con su juventud porque es lo único de lo que puede presumir.
 
Lo que ustedes han visto esta semana en el Congreso de los Diputados y aledaños, esta obscena demostración de vanidades, este ombliguismo sin recato ni pudor, esta manera indecorosa de traficar con las más altas instituciones del Estado, a escondidas y sin notario, es el resumen de nuestra puerilidad como pueblo. Hemos puesto en manos de esta caterva de mediocres nuestro presente y nuestro futuro, porque ya ellos se encargaron de destrozar nuestro pasado. Y hoy estamos así, en irremediable jaque mate, a la espera de que algún milagro nos saque de este atolladero en el que hemos entrado nosotros solitos.
 
Ni Pedro Sánchez ni Pablo Iglesias van a hacer nada por los españoles, desengáñense. Ni ellos ni probablemente ningún otro. Lo haremos nosotros, o no lo hará nadie. Los dos protagonistas de esta semana tienen esa vanidad insufrible que caracteriza a los que se creen mejores de lo que son. Y los dos acostumbran a llenar de basura todo lo anterior a ellos, como si la gloriosa nación española, autora de las páginas más elevadas de nuestra civilización, no pudiera subsistir sin su presencia en la vida pública. Así se dice siempre, y con razón, que la ignorancia y la soberbia suelen ir agarradas de la mano.
 
España hoy, 28 de julio, efectivamente sigue sin gobierno, pero es peor aún: sigue sin memoria. Creyendo como pueblo que nuestras vidas, que nuestra potencia colectiva, que nuestros derechos y libertades, son propiedad de estos aparatos demoníacos de poder en que se han convertido los partidos del Sistema. Creyendo que sólo las urnas pueden darnos soluciones a los problemas, cuando lo que estamos viendo es que es la fuente de nuestras principales desdichas. Porque sin una clase política decente, intelectualmente preparada, moralmente pulcra, humanamente íntegra, la democracia es simplemente un patio de recreo de niños salvajes.
 
Sólo Santiago Abascal, y hemos de decirlo hoy claramente en honor a la verdad, supo decir en la tribuna de oradores la realidad de esta España en horas bajas. Recordando capítulos de nuestra historia que las izquierdas cainitas y las derechas bobaliconas han estado tapando durante cuatro décadas. En su voz resonaron algunas de esas verdades que algunos hemos estado diciendo durante años. Pero con eso no será suficiente. O reaccionamos todos como pueblo, o nos quitamos esta costra lamentable de mediocridad autoimpuesta, o seremos el pasto del caballo de Atila. No se engañen, la culpa no es de Sánchez ni de Iglesias: la culpa es de quienes los han elegido, olvidando el pasado y renunciando al futuro.