Mi análisis es sencillo. Frente al discurso cuajado de razones, que por supuesto comparto, mi diagnóstico es fácil porque está basado en lo que percibo como realidad tangible y lógicamente práctica. Son muchos los artículos y ensayos leídos sobre el comportamiento de la sociedad española ante la realidad actual; algunos de esos artículos redactados con cierta desesperación, como gritos desgañitados llamando al despertar de una sociedad ajena e insensible a valores como la autoestima y el sentido común y, sin embargo, ninguno de esos magníficos artículos, ninguna de esas razones expuestas, justifica lo que a mi entender ocurre, y es que la sociedad española actual está de espaldas al comportamiento político de nuestros dirigentes.

No basta la mentira demostrada – de la que ha hecho gala el actual presidente del Gobierno en numerosas ocasiones-, ni la contradicción de las declaraciones -como hemos visto en el caso Ábalos y otros ministros-, ni la incompetencia (¿necesita el lector que ponga ejemplos?), como exigencia o garantía de que quien ostenta un cargo público es merecedor de él. No hay organismo que regule el comportamiento de quienes tienen la responsabilidad de dirigir los asuntos públicos de España, que deberían de ser los primeros en someterse a un código de conducta que sirviera de referencia para el resto de los españoles. Porque el ente regulador de las líneas rojas del engaño, la mentira o la incapacidad deberían ponerlo las urnas, y lejos de ello el electorado parece apostar por el desacierto. ¿Cuál es la razón de ese procedimiento?

He alabado, y lo hago cada vez que tengo oportunidad, el esfuerzo titánico que los españoles hicieron al terminar la guerra, con el Caudillo a la cabeza, para levantar a España de sus cenizas como un Ave Fénix que se yergue mayestático entre las tinieblas. «El milagro español», lo llamaron. En mi último artículo expuse una razón irrefutable, como prueba del progreso de la sociedad española durante el periodo en el que el mejor hombre de estado que hemos tenido en la Edad Contemporánea, dirigió los destinos de España, al pasar nuestra renta per cápita de los 107 dólares en 1940 a los 2.574 de 1975 dato, por lo demás, que excluye cualquier intento de manipular o ningunear el éxito de la gestión; y no sería justo obviar que a este testimonio frío, meramente económico, le acompañó una propuesta social única y probablemente irrepetible en las sociedades de actuales.

Ahora bien. Inmersos en la realidad actual, los españoles de 2020 viven en un paraíso y en unas condiciones muy diferentes a las pasadas. No sería así de no haber sido así los periodos históricos anteriores, ese pasado que con tanto ahínco tratan de borrar de nuestra memoria la pandilla de mentirosos y cínicos compulsivos que nos gobiernan y con ellos la mayor parte de los que esperan sustituirlos en un futuro que yo no adivino cercano, aunque me da igual qué perro luzca el collar del poder en este ciclo histórico de nuestra España.

Pero es un hecho cierto que hay sectores de la sociedad española actual que jamás hubieran pensado disfrutar una o dos semanas de vacaciones en algunos de nuestros hoteles de cuatro estrellas, ubicados en cualquier isla de los dos archipiélagos, o en nuestras costas turísticas por excelencia. Hay sectores de la sociedad que jamás hubieran podido creer que podrían disfrutar de lujos que les estaban vedados, por razones económicas e incluso sociales, pero que hoy se han puesto al alcance de ellos, de los que son sus clientes. Hay sectores que jamás soñaron que podrían utilizar ciertos modelos de vehículos de lujo, de las grandes marcas emblemáticas de una posición socio-económica muy por encima de sus posibilidades reales, y en virtud de los renting y otras figuras de financiación, pueden obtener y disfrutar, probablemente quitándoselo de otras cosas, de conducir algunos de esos modelos cuyas marcas están en la memoria de todos; hay sectores de nuestra sociedad que históricamente no tendrían posibilidades de entrar en ciertos restaurantes o visitar ciertos países cuando, hasta hace unas cuantas décadas, comer de fonda era todo un lujo reservado a unos pocos y el turismo era un sueño. Y en España disfrutamos de restaurantes adaptados a todas las economías, como bien se puede comprobar por la cantidad de bares, tabernas y restaurantes que invaden las calles de nuestras ciudades y de nuestros pueblos, o lo que queda de ellos, en los que la relación precio/calidad supera con creces las exigencias del gran público.

Las vacaciones pagadas, de las que acaso fue precursor Bernardo Aza y González-Escalada, que fuera empresario y diputado Cortes, conseguidas más tarde en la postguerra por los gobiernos del Generalísimo gracias al concurso de los ministros falangistas, especialmente José Antonio Girón, hoy se han roto en tantos periodos como puentes contempla el calendario laboral, de manera que un individuo añade días de vacaciones al puente festivo hasta convertirlo en una semana vacacional. Y suele disfrutar una media de entre tres y cinco salidas cada año, pudiendo elegir diferentes lugares para su descanso, en lugar del cara y cruz de antes, con el playa o montaña. En España se vive bien, como dijo Rajoy, uno de los grandes culpables del deterioro que estamos viviendo. Tenemos una sociedad bien labrada, con una sanidad pública puntera en el mundo, con magníficos profesionales e instalaciones, y con la garantía de que si te duele un pie te lo arreglan. Te arreglan todo lo humanamente posible, lo demás es decisión de Dios, aunque nuestros gobernantes también tratan de exiliar al Altísimo de nuestros hospitales y de nuestras vidas.

Creo que mi análisis es sencillo y me permite pensar que el comportamiento electoral de la sociedad española es que no entra en el juego político. Le da lo mismo lo que mienta Sánchez, lo que invente Montero, lo que alardee Rufián, o si el ministro Ábalos se entiende con ministra venezolana violando la normativa de la propia Unión Europea, porque, en realidad, es ante la UE ante quien debería responder y no parece que allí les interese mucho el tema. Sencillamente, a la sociedad española lo único que le interesa es disfrutar de ese engañoso Estado del bienestar en el que el único agente que exige el cumplimiento debido es el Tesoro Público, porque es el que mantiene las prebendas de los altos mandatarios y las migajas del pobre; Y aunque parece insensible a los atropellos de la clase política, manifiesta su menosprecio dando la espalda al guiñol de los asuntos públicos, aunque en ese teatro de marionetas se está jugando una parte de las posibilidades que cada miembro de esa sociedad dispondrá para seguir disfrutando. Porque, probablemente, no hay mucho que elegir.