Se ha cumplido un aniversario más, bastante silencioso por otra parte -la instrumentalización política por la izquierda realizada entonces ha dejado de interesar y nadie lo quiere recordar-, de los atentados, del asesinato en masa, del 11-M. Aquel siniestro ataque que sirvió para derruir una victoria cantada del Partido Popular (¿lo interiorizó Mariano como una advertencia de que no debía molestar?), abrió la reconstrucción de un PSOE que aún lamía las heridas de su descrédito tras la corrupción sistémica del socialismo felipista y por su utilización de las alcantarillas del Estado. Esas que Felipe González se encontró e hizo suyas y que desde entonces dominan los socialistas -Aznar renunció a poner orden en la Casa y lo pagó-, aunque aún quede por aclarar todo el asunto Villarejo y sus connivencias con el aparato socialista. El 11-M abrió también la puerta al nuevo PSOE, el de las ideologías sustitutorias (feminismo, memoria, género y LGTBXYZ..) y de la entrega a los separatistas impulsada por el PSC para dinamitar España. ¿Pura casualidad?

 

Ahora bien, nada de eso estaba en los cálculos de aquella mañana que recuerdo a la perfección. Que se produjera un atentado en vísperas electorales estaba cantado, lo que nadie esperaba era su magnitud. No creo que nadie dudara al principio de la autoría de ETA, los socialistas estaban desolados: para ellos estaba claro que habían perdido la remota posibilidad de ganar las elecciones. Sin embargo, en las horas siguientes alguien decidió cambiar el guión y a la inversión de la situación iba a contribuir la torpeza informativa del PP ante el aparato de propaganda de la izquierda encabezado por la cadena SER y las futura estrellas mediáticas de nuestro mini-Soros particular, el muchimillonario Roures. El gobierno picó y cayó en la trampa informativa que todos sospechamos que existió, aunque sea necesario oficializarla con la documentación que sin duda existe. Después era preciso que nada contradijera la nueva versión oficial que marcó la irrupción de los escraches como arma política y la difusión de la tesis de que sólo la izquierda, defensora única de la democracia y la libertad, está legitimada para gobernar.

 

No soy adicto a las teorías conspirtivas. Es más, muchas me parecen una soberana estupidez desde los tiempos de la afamada mano negra. No creo en los hilos invisibles, pero sí en el saber aprovechar convenientemente las circunstancias por parte del poder. Lo que siempre me llama la atención es la conjunción de las casualidades. No me sugestiona el recurso a los planes maquiavélicos, que dudo que sean tan posibles como los diseños que a posteriori se hacen sobre el papel, ni los ataques de “falsa bandera” que hacen agua por todas partes, incluyendo la intención de quienes los difunden, pero sí la hábil utilización en beneficio propio de lo sucedido. Y en esta línea de interpretación me parece más factible incardinar lo que sucedió el 11-M y, fundamentalmente, lo que aconteció después, que es lo realmente importante desde un punto de vista político.

 

Como cada cual tengo mi propia teoría, pero lo que la mayoría está asumiendo, por debajo del silencio impuesto al convertirse el 11-M en un caso juzgado y convenientemente cerrado, es que casi nada de lo que se ha convertido en una verdad oficial, más allá de los hechos en sí, se ajusta a la realidad.

 

Resulta cuanto menos sospechoso que aquellas asociaciones de víctimas, alguna, la más oficiosa, tan próxima al PSOE, después de tantas cosas como se han ido conociendo, después de tantos puntos oscuros, de tantos agujeros negros en la investigación, no hayan insistido, salvo honrosas excepciones, en que esto no es un caso cerrado tal y como mantienen, contra viento y marea, ese puñado de periodistas de investigación empeñados en conocer la verdad.

 

También resulta cuanto menos sorprendente que el primer damnificado político, el PP, cuando volvió al poder de la mano del inútil y melifluo Rajoy, no asumiera la necesidad de investigar la trama que se puso en marcha unas horas después de los atentados para dejar clara su honestidad, aunque ello rompiera la verdad oficial. ¿Por qué el PP se conformó? ¿Quizás porque eso implicaba algo tan posible como probable como es la interconexión de los grupos terroristas? Algo que haría imposible la viabilidad de la nueva política con respecto a ETA. Esa que pasó por el ostracismo definitivo de las asociaciones de víctimas del terrorismo tras la victoria inútil de Mariano que habían sido utilizadas por el PP como una de sus puntas de lanza en la calle contra el gobierno de Rodríguez Zapatero. Recordemos que hace unos días, en un encuentro público entre Zapatero y Rajoy, el dirigente socialista explicó que los debates a cara de perro entre los dos de aquellos años eran puro teatrillo.

 

Al cumplirse este aniversario, y he querido escribir sobre esto cuando pasarán unos días para otear la situación, algunas voces disidentes, ante el argumento de “caso cerrado”, de que los terroristas murieron en aquel piso que voló por los aires en el cinturón de Madrid y de que hay un individuo en prisión condenado a unos miles de años, pero que en unos cuantos saldrá a la calle -¡Ya lo verán!-, han pedido, subrayando las incoherencias y los errores de la investigación, la reapertura del caso. Petición que, dada la información de que disponemos, me parece más que necesario hacer viable ante lo que se me antoja una posible verdad incómoda.

 

Con todo lo dicho y leído en la mano es evidente algo huele a podrido en Dinamarca. Algo es oscuro cuando el nuevo PP, ávido de votos, ha dicho que si llega al poder desclasificará documentos, lo que no es decir mucho si no se ha compromete a reabrir el caso (lo de tirar la piedra para esconder la mano y no hacer realmente nada es una tradición que me parece que Casado va a respetar). Y es un caso, insisto, que es necesario reabrir. Pero todos sabemos que el PP cuando llega al poder es reacio a levantar las alfombras y mucho más si su socio forzoso es Ciudadanos. No me parece que, en este sentido, lo que está sucediendo en Andalucía sea una muestra de cambio, sobre todo porque el PP ansía restaurar el bipartidismo reconstruyendo el PSOE de siempre.

 

Nada me hace pensar que el atentado no fuera materialmente obra del terrorismo islámico, aunque entonces este no tuviera las dimensiones de hoy o de hace unos años, pero entonces era una amenaza evidente. España es uno de sus objetivos, entonces y hoy, pero en España no eran tan fáciles atentados como los del 11-M dentro de las operaciones que entonces propugnaban estos terroristas. Nadie duda de que si esa fue la mano ejecutora necesitó ayuda, como la necesitó, de forma más escandalosa, el comando que asesinó al almirante Carrero Blanco. ¿Que también hubiera omisión de acción es algo que siempre quedará en la nebulosa?

 

La clave, como ha señalado la investigación independiente, mucho más eficaz, entre comillas, que la oficial, pero que, estoy seguro, se ha nutrido de filtraciones, está en los explosivos. Esos explosivos cuyas pruebas fueron convenientemente destruidas. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: porque el tipo de explosivo utilizado realmente no es de fácil acceso y mucho menos para los terroristas oficialmente responsables que tenían nivel de aficionados, a no ser que se les facilitara. Un explosivo militar que solo ETA podía pasar: otras hipótesis son descabelladas. Las mochilas artesanales, como la que se encontró, no podían haber ocasionado los daños que se produjeron en los trenes. Y así podríamos seguir, pero casi todos los lectores interesdos están al tanto de lo referente a la inexistente metralla, a los restos, pese al borrado, del explosivo Titadine y demás.

 

No solo se tambalea todo lo referente al elemento clave, el explosivo. También lo que afecta a los autores materiales y a los testigos, según todos hemos podido leer y es que el comando suicida de Leganés, la furgoneta y tantas otras cosas estaban cogidas con alfileres a la verdad oficial. Mi gran duda, más retórica que real, es si ha existido un pacto en el poder ente unos y otros para asumir lo sentenciado y pasar página, por lo que dudo que, pese a las investigaciones periodísticas, el caso se vuelva a abrir. Pero también parecía que el caso GAL no llegaría a donde llegó aunque, eso sí, nunca quisieran despejar la X.