Al-Mansur, Almanzor, el Victorioso, sostenido esencialmente por mercenarios beréberes, conservó unido lo que poco después se fue descomponiendo paulatinamente. Ni sus herederos ni los últimos representantes omeyas tuvieron suficiente consistencia para hacer respetar su autoridad.

 

Demencia colectiva

 

Muere Almanzor en 1002 y da comienza la disgregación. Su hijo Malik prosigue el estilo de su padre, manejando a su antojo al califa y manteniendo al límite a los desemejantes y variadísimos reinos cristianos. Pero seis años después, Malik fallece. Da inicio una crisis, no solo política, que desgarra el califato. Los cortesanos cuestionan el poder de la familia de Almanzor. Medina Zahara, devastada en 1009, ominoso agüero de lo que se aproximaba. Tras ello, la demencia colectiva. Luchas, golpes, asesinatos, insurrecciones cordobesas, asonadas en otras urbes de Al- Andalus. Es una guerra de todos contra todos. Se desata el caos, el desbarajuste y el sinsentido. Élites locales y bereberes.

 

Mercenarios, y cabecillas árabes. El enmarañado descalzaperros era absoluto. Ibn Hazn lo resume al aseverar que " la causa fundamental de ello es que todo el que gobierna una ciudad o una plaza fuerte en cualquier región de este nuestro país de Al-Ándalus, desde el primero al último, es un salteador de caminos, que por Dios y su Profeta, guerrea y siembra el desorden en el país".

 

Lo peor siempre está por llegar

 

Desconcierto y hecatombe, disfrácese como se desee. El Califato se fue desmembrando paulatinamente en unidades políticas más exentas, que fueron cortando los hilos con Córdoba. Centros de poder cada vez más diseminados e incomunicados. Al final, en una especie de parlamento de importantes, celebrada en Córdoba en 1031, se puso fin al Califato. El esclarecimiento de este fiasco debe buscarse en una conjunción de causas. Sintetizadas. La progresiva pérdida de fuerza del Islam. También la escasa pericia política de los postreros omeyas, manejando una fiscalidad expoliadora ya que, como afirma Ibn Hazn, “con tales tributos aspiran sólo a robustecer su autoridad en cuanto mandan y prohíben”. Ciertas élites regionales dentro del califato saboteaban la labor de la capital cordobesa. Tantas tensiones entre tantos bandos antagonistas no podían dejar satisfechos demasiados afanes de riqueza. Ni la sobreabundancia de ambición. Los pactos no fueron posibles. Mientras, entre corte y pueblo se produjo un hiato insondable. La mayoría de los andalusíes no llorarían en exceso el derrumbe definitivo del Califato.

 

Mi querida España

 

Obviamente, toda analogía histórica representa cierto abuso intelectual. Pero, al menos, imagino que algunos pocos más lamentarían la definitiva aniquilación de España. Su santa siesta. Sus alas quietas. Sus vendas negras. Su carne abierta. Venerable Cecilia. Mucho suponer. En fin.