Hablo con un amigo respecto de la última película estrenada sobre “Tolkien”, que narra la vida del autor del “Señor de los Anillos”. La discusión es sobre la omisión, a mi entender deliberada, de la faceta católica de Tolkien. No me considero una persona especialmente devota pero se me hace insoportable esta manipulación de las cosas para cuadrarlas dentro del esquema de la ideología dominante. Personalmente, estoy hasta las narices de historias que cuentan hasta la nausea la lucha de individuos que combaten las convenciones de sociedades a su entender insuficientemente “progresistas” y que afirman a través de sus logros que todos debemos ser creativos y afirmar nuestras propias convicciones. Con Tolkien, al menos en esta película, la cosa ha funcionado dentro de los cánones del poder: la madre de Tolkien falleció cuando éste tenía doce años y desde entonces fue educado por el director espiritual -un sacerdote- de su madre. Esto ocupa en la película unos 10 minutos y a sus convicciones religiosas no se les da la relevancia que merecen y tampoco a sus creencias fundamentalmente conservadoras. Al final parece que se trata de hacer otro Harry Potter para el entretenimiento. Me dice otro amigo que no se trata solo de suprimir una fe que al guionista no le gusta si no también suprimir el entorno en el que biografiado creció. ¿Tan difícil hubiera sido describir las cosas como fueron?

 

Lo malo es que este asunto no es el único. Leo la carta del Cardenal Walter Brandmüller sobre el “sínodo de la Amazonia”. Lo menos relevante para este artículo es la acusación de apostasía que formula el Cardenal, contra un sínodo que va a introducir cuestiones ajenas a la tradición de la Iglesia. El Cardenal considera que el amor a la “madre tierra” de los pueblos indígenas es una especie de “panteísmo” que hace retornar el “logos al mythos” y ¿quién es el ejemplo paradigmático de tal retorno? El nacional-socialismo, caracterizado por una licencia literaria de Hermann Claudius, en 1913 cuando en su etapa social-demócrata escribió la letra del movimiento obrero. Así las cosas, parece que algo de “fascismo” genérico hay en el sínodo amazónico de noviembre. Brandmüller es un erudito historiador de la iglesia con suficiente bagaje cultural como para saber que se cotiza a la baja con afirmaciones de este tipo. Es sin duda exagerado aducir las figuras estilísticas de un literato como ejemplo de naturalismo (“religión natural”), por lo que la finura intelectual del historiador de los concilios de Pavía-Siena y Constanza cede su lugar a un trazo tosco con brocha gorda. La cuestión es que conecta el problema con el rechazo universal al “fascismo” que tanto gusta a lo políticamente correcto. Sería quizás más ajustado a la realidad explicar el papel que la Iglesia ha tenido en el movimiento “indigenista” al asumir tesis de la izquierda y la progresiva transformación de la doctrina escatológica cristiana en un credo de contenido social que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, bebe paradójicamente en las fuentes de análisis político de sus enemigos más encarnizados. Hubiera sido, por lo tanto, más correcto rastrear los orígenes del indigenismo hasta el mito del buen salvaje ilustrado, una creencia casi universal en el Occidente demo-liberal, que asumen como cierta buena parte de las fuerzas políticas y sociales con las que ha pactado y convive la Iglesia. La carta del Cardenal, en este aspecto, se trata de un nuevo ejemplo de adaptación a la ideología dominante y a los cánones de lo que está bien y lo que está mal que el “progresismo” nos ha impuesto a todos.

 

A lo que voy es que, más allá de lo que crea cada uno, existe un conjunto de ideas férreamente impuestas, que dicen lo que puede pensarse y lo que no. Enseñar el amor a la patria en los colegios es “adoctrinamiento”; hacer una “fiesta del orgullo gay” en Disney World es enseñar a tolerancia a los niños. Pura manipulación.

 

Pero la manipulación es impulsada por el victimismo. Hace unos días, la Universidad Complutense ha organizado el Tercer Congreso Anual de la “Memory Studies Association” (MSA), los días 25, 26, 27 y 28 de junio. Ahí Elisabeth Jelin nos ha instruido diciendo que “la memoria, como proyecto político, puede haber fracasado, pero como proceso humano existe y eso no se puede eliminar por decreto”. Jelin se ha quejado del “pacto de silencio de la transición”, y ha recordado que “eso no es olvido, es silencio, y la confusión entre esos dos conceptos es grave”. Obvia Jelin -que reformula claramente así el revanchismo de toda la vida- la agenda política activísima que, valiéndose de la “memoria”, impone a golpe de código penal una visión unilateral de la historia (y claro que lo hace por decreto), mediante fiscales “del odio” y la criminalización de los disidentes, al tiempo que lo que se silencia precisamente es el oscuro pasado de los que demandan “memoria” a base de silenciar sus mil tropelías. Está claro que quejarse da buenos réditos y declararse “oprimido” o “víctima” más aún.

 

¿Cual es el antídoto de todo esto? Solo puede ser un irresistible afán de verdad. Perseguir la verdad cueste lo que cueste, sin restricciones, en todos los campos. Sospechar de las ideologías, especialmente de las hegemónicas. Estar dispuesto a ceder el turno a otro a proclamar la verdad a costa de los propios intereses, filias y fobias. No existe derecho superior al de la verdad y todos debemos estar a su servicio. Puede que las circunstancias y las coyunturas manden en cada caso, pero es un signo de salud mental y anímica sentir esa sana rebeldía, ese gusanillo de incomodidad frente a aquellas actitudes que vienen a acomodarse al espíritu de la época. Este es el principio de resistencia que a todos se nos debe exigir.