Anda la progresía de todos los partidos y todos los medios escandalizada por las últimas palabras pronunciadas en la Misa conmemorativa del Patrón de España, Santiago Apóstol, por el Obispo de Alcalá de Henares, Monseñor Reig Pla, sobre los anticonceptivos. Monseñor aprovechó que se cumplían 50 años de la publicación de la encíclica Humanae Vitae para remarcar lo dicho en ella por el Papa Pablo VI.

Estas frases, que están disponibles en la web del Obispado de Alcalá (con la homilía completa), son las siguientes:

«Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada. Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal".

Para colmo de males de la progresía, la homilía de Monseñor Reig fue transmitida “urbi et orbe” por las cámaras de La 2 (suponemos que en un último homenaje a la libertad religiosa en el Ente Público, antes de que consejeros como Fallarás tomen posesión de sus puestos), por lo que la televisión pública actuó de altavoz del mensaje revolucionario (por políticamente incorrecto) del obispo complutense.

Desde luego, de la lectura de estas palabras se desprende una juiciosa premonición del Papa Pablo VI sobre los efectos de una sexualidad no orientada a la muestra suprema de afecto entre esposos, sino encaminada únicamente al goce sexual de los cuerpos.

Un mensaje revolucionario y escandaloso para un mundo moderno que hace del libertinaje sexual y de las aberraciones más variopintas su modus operandi. Sin embargo, no hemos podido leer en la prensa (con honrosas excepciones) otras palabras que nuestro querido Obispo, Columna bien cimentada en la que muchos fieles alcalaínos nos apoyamos en este camino duro y solitario de la Fe, pronunció sobre esta España que camina hacia el abismo, entre la incompetencia y el anticristianismo de un Gobierno nacido de los votos de separatistas y filoetarras, y una oposición moderadita (que aplica el vade retro a la palabra “derecha”) que en materia social y sexual es ultraliberal.

Monseñor Reig dijo en su homilía cosas que hoy, por desgracia, no es frecuente escuchar en los medios ni en las iglesias, y que necesariamente debemos defender:

Verdaderamente hoy, como en tiempos del apóstol, España necesita a Cristo y necesita la vigencia del cristianismo en el seno de la Iglesia Católica. Esta es nuestra tradición mayoritaria que ha configurado nuestros pueblos. Necesitamos a Cristo porque Él, con su gracia, garantiza la dignidad de la persona humana y le ofrece un sentido para vivir con esperanza. Cristo es el único que da respuesta a los interrogantes profundos del corazón humano. Es Él quien confiere sentido al sufrimiento y vivifica nuestra esperanza. Con su muerte nos ha redimido y con su resurrección nos ha abierto las puertas del cielo. Siguiéndole a Él, nuestra vida no está abocada al fracaso sino a la felicidad eterna. La fe en Cristo es lo que ha alentado la unidad de nuestro pueblo y nos ha llevado con auténtico espíritu misionero a evangelizar, bajo la guía del apóstol Santiago, los pueblos de Hispanoamérica, Filipinas y pueblos de Oceanía y África.

Decía Orwell que “en tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. Tal sucede con Monseñor Reig Pla, que no desfallece en esa labor heroica de propagar la Verdad de Cristo, contra viento y marea (y son muchas las mareas que se levantan encarnizadamente en su contra, a izquierda y a derecha, pues tan duro es la persecución explícita como el silencio cómplice y cobarde).

Desde este humilde rincón, quiero expresar públicamente mi apoyo a mi Obispo, el hombre que me mantiene firmemente a los pies de la Cruz de Cristo, expresión suprema del Amor que Dios nos profesa.

Un Obispo que, aunque se oculte intencionadamente, ha hecho una labor magnífica desde el Obispado, movido exclusivamente por la Fe y el Amor a su grey, con proyectos como un centro de día para la atención de personas sin techo en Alcalá de Henares, el COF de nuestra diócesis (que apoya denodadamente a los que a él se acercan pidiendo ayuda, orientación y apoyo) o mediante el Proyecto Raquel (que se ha implantado bajo su supervisión e impulso), mediante el cual un conjunto de sacerdotes, psiquiatras y psicólogos trabajan codo con codo para ayudar a las mujeres que pasan por el auténtico drama del aborto (promovido desde las instancias del Poder como un derecho, cuando no es más que un auténtico naufragio moral y personal, que destroza no solo la vida del hijo, sino en muchos casos la vida de la madre), en un camino de acompañamiento en la Fe y en el dolor psicológico, mucho más persistente y cruel que el físico.

Yo sé, mi querido y admirado Obispo, que estas palabras de un humilde católico que pertenece a su diócesis, no servirán de mucho frente a la marea totalitaria que le calumniará y le perseguirá. Pero mi conciencia me obliga a salir en su apoyo, un apoyo en otros casos silencioso pero fiel, que le brindamos llenando la Catedral Magistral cuando usted da Misa y nos hace accesible el magisterio imperecedero de la Iglesia Católica.

Usted sabe bien que Jesucristo, ejemplo supremo para nosotros, sufrió la persecución y la muerte, y aceptó la Cruz. Yo sé que usted acepta la suya, y sé también que Dios, en su infinita Misericordia, le premiará como merece. Gracias por su magnífico ejemplo y por enseñarnos que todavía quedan pastores valientes que no nos van a dejar solos en estas horas de tribulación y lucha.