El anuncio de doña Adriana Lastra acerca de la inclusión como delito en el Código Penal de la apología y exaltación del franquismo, ha hecho temer lo peor -y razonadamente- a quienes vemos acercarse una reedición del 1984 profetizado por Orwell, con el Ministerio de la Verdad trabajando a destajo.

Sin embargo, para quienes guardamos al Generalísimo Franco el agradecimiento propio de los bien nacidos, esta criminalización de las opiniones no debería revestir ningún peligro de acabar en la cárcel por pensar, delito tan común en las dictaduras comunistas. Y ello, por una simple y evidente razón: que lo que normalmente contamos acerca del Excelentísimo Sr. D. Francisco Franco no es ni apología ni exaltación, sino simplemente hechos ocurridos y demostrados. No son, por tanto, opiniones, sino realidades.

Que Francisco Franco fue el Comandante -así como sucesivamente Teniente Coronel, Coronel y General- más joven del Ejército en su época no es exaltación, sino un hecho documentalmente demostrado. Que fue el cofundador de La Legión, así como el primer Comandante de la Primera Bandera, no es apología, sino realidad histórica. Que fue el artífice del Desembarco de Alhucemas que puso fin a la guerra de Marruecos, tanto intelectualmente como dirigiendo la vanguardia que estableció la cabeza de playa, no es apología ni exaltación; es un simple hecho.

Que fue el creador de la Academia General Militar de Zaragoza es un hecho. Que los visitantes extranjeros la consideraron una institución ejemplar y modélica es un hecho. Que obedeció las órdenes del Gobierno Republicano en 1931, en cuanto se las hicieron llegar de la forma correcta, es un hecho. Que obedeció las órdenes del Gobierno republicano en 1934, para contrarrestar el golpe de Estado socialista y separatista, es un hecho. Que escribió al Ministro de la Guerra republicano informándole del malestar del Ejército por las arbitrariedades del poder, del peligro que podía suponer y de las medidas para evitarlo, es un hecho. Que sólo se sumó al Alzamiento organizado por el General D. Emilio Mola Vidal -el Director-, cuando ya las aberraciones criminales del Gobierno republicano hicieron imposible otro camino, es un hecho.

Que en plena Guerra se ocupó de establecer para los españoles -en el Fuero del Trabajo redactado por D. Pedro González Bueno- los derechos fundamentales que nadie antes les había reconocido, es un hecho. Que continuó y amplió la política social iniciada por el General Primo de Rivera hasta culminar con el establecimiento de la Seguridad Social, es un hecho.

Porque aunque hay incultos, indocumentados, idiotas y gilipollas varios, con máster o sin graduación, que afirman que la Seguridad Social la creó Felipe González, es un hecho que fue establecida por José Antonio Girón de Velasco bajo el mandato de Franco. Lo que si fue cosa de Felipe González y de todos los tontos que le acompañaron y sucedieron, fue la extensión de las funciones de ese organismo a muchas cuestiones para las que no había sido creada, sin la correspondiente ampliación de presupuestos, que es el origen de la desastrosa situación que padece ahora.

También es un hecho que bajo el mandato de Francisco Franco se crearon decenas de pantanos y obras hidráulicas, que son las que todavía -cuarenta y cinco años después- permiten beber a los habitantes de España. Muchos graciosos le llamaban Paco rana -por cierto, sin terminar en la cárcel-, pero esa política hidráulica es la que permitió entonces que en los hogares españoles hubiera agua corriente -un lujo hasta entonces inédito en muchos sitios-, y la que nos permite disfrutarla aún hoy, puesto que el último pantano de dimensiones significativas se terminó el 1976.

Y es un hecho que cualquiera puede comprobar que bajo el mandato de Franco se construyeron cientos de miles de viviendas de protección oficial, que pese a los años transcurridos -sesenta o más- ahí siguen, ya sin las placas que recordaban su origen, pero dando cobijo a millones de personas. Viviendas que con sus 60, 80 ó 100 metros cuadrados -según las familias que las iban a habitar- hay quien ha llamado chabolismo vertical, cuando han considerado como solución habitacional las cajas de cerillas de 30 metros cuadrados propugnadas por una señora Trujillo que fue Ministra encargada del asunto con Zapatero.

No es apología, ni exaltación, sino hechos acontecidos, que Franco les dio sopas con honda a todos los militares republicanos, a sus amigos internacionales y a sus asesores soviéticos, y que bajo su mando España es el único país que ha derrotado militarmente al comunismo invasor.

No es apología, ni exaltación, sino hechos acontecidos, que bajo el mandato de Franco no se persiguió la utilización de ninguna de las lenguas habladas en España, y en contra de la falaz propaganda están las hemerotecas, donde cualquiera podrá comprobar -si la Ley de Hideputez histórica no las ha purgado- la existencia de premios literarios y de publicaciones en catalán o gallego ya en los primeros años cuarenta. Otra cosa es el vascuence, idioma en el que era imposible que se entendieran los habitantes de Vascongadas al estar formado por multitud de dialectos, distintos de un valle al siguiente, y que sólo valía para entenderse en cada caserío. De ahí que en los años 60 -con subvención estatal- una comisión de expertos lingüistas estableciera una cierta uniformidad, un idioma artificial y prefabricado al que denominaron batúa, que es lo que los separatistas y los gilipollas -condiciones en modo alguno excluyentes- imponen desde hace décadas como euskera.

Y otra cosa es que la burguesía catalana considerase el catalán como lengua aldeana, inculta, paleta, y se negara a utilizarla hasta que les sirvió como reclamo de un hecho diferencial que echar por delante en sus tejemanejes económicos. Quizá porque los tres por ciento con lirismo de barretina duelen menos a los esquilmados.

También es otra cosa que, en los primeros años de la posguerra, los que habían sufrido la tiranía de los separatistas catalanes se revolvieran contra sus perseguidores. Pero esto terminó -véanlo, como queda dicho, en las hemerotecas- a los dos o tres años.

En resumen, si estuviéramos en un Estado de Derecho, todo esto que llevo escrito no podría suponer ningún problema para quien recuerde los hechos, la realidad, lo que está documentado, por mucha ley que se saquen los socialistas, comunistas, progres y demás ralea. Esa misma gentuza que -como dijera hace ya muchos años D. Alfonso Guerra- contra Franco vivía mejor.

Por cierto: ¿no es esa frase una apología y exaltación del franquismo? Pues ándese con ojo don Alfonso, que lo mismo le entrullan, al final, sus compañeros Pedro y Pablo.

Lo malo es que en España ya nadie se cree que vivamos en un Estado de Derecho, y todos estamos al cabo de la calle de la absoluta inseguridad jurídica que nos atosiga y que, en consecuencia, cualquier cabrón –o cabrona- con pintas –o con pintos-, cualquier hideputa o hideputo, cualquier sinvergüenza o sinvergüenzo, clame en su cerrilidad inculta contra quien diga la verdad y los bien mandados fiscales y jueces le hagan el juego.