No voy a discutir el indudable derecho de los homosexuales a sentir orgullo por sus prácticas particulares. La homosexualidad –la sexualidad estéril– como tantas otras cosas, existe, existió y presumiblemente existirá siempre, otra cosa es que sea buena  o  equiparable a la sexualidad normal, pero tampoco me opongo a su derecho a creerlo. Opino que la sexualidad es algo personal, y que su exhibición la convierte en algo proclive al chiste, por así decir. Lo digo porque un argumento que usan los homosexistas  es que a quién le importa con quién se acuestan o lo que “coman”. Cierto, no debería importarle a nadie, pero ellos están siempre ostentándolo y jactándose de ello, mientras quieren prohibir a los demás opinar siquiera al respecto.

 

Pero, en fin, lo que no es en modo alguno tolerable es el homosexismo o conversión de una digamos peculiaridad sexual en política.  Y en política que intentan imponernos a todos como un dogma; que nos obliguen a pagar sus jolgorios; que de pronto la veneración de sus dogmas se convierta en piedra de toque de la moral política y social, y de que nos amenacen con penas judiciales por “odio”. La sacralización, vamos, de la sexualidad estéril. No es solo que ellos rezumen odio hacia cualquier discrepancia o discrepante, como he podido comprobar por mí mismo. Es que estamos llegando a la sacralización de una sexualidad cuyo rasgo definitorio es la esterilidad. A un totalitarismo que no se contenta con prohibir el pensamiento disconforme sino que pretende regular hasta los sentimientos de la gente normal.

 

  El homosexismo es una ideología totalitaria y en ese sentido criminal, pero que pretende sacralizarse.  Hoy no pueden hacerse chistes al respecto, salvo en la intimidad , ni emplear términos populares como “maricón” o “tortillera” que “ofendan su sensibilidad”. Hay miles de chistes con la sexualidad normal, los cuernos, el puterío, muchos dichos y actos, libros y escritos altamente ofensivos y a menudo calumniosos contra la iglesia, el franquismo, las ideas liberales, los políticos, etc.; cosa por otra parte normal– si dejamos aparte las calumnias– en una sociedad democrática. Pero hemos llegado a esta situación grotescamente tiránica por la que los homosexistas y sus amigos pretenden dictar la ley, el pensamiento y los sentimientos de la gente, algo sin precedentes históricos. Lo más asombroso es que lo van consiguiendo, sin apenas resistencia, y hoy la UE puede definirse como un gobierno general LGTBI de casi toda Europa (salvo Polonia, Hungría y, ya fuera de su alcance, Rusia. Por lo visto eso es el progreso, aunque no se especifica hacia dónde.

 

   Digamos, en fin, que el homosexismo va unido y reforzado con otras políticas: el feminismo histérico (mi ensayo al respecto,, primero de crítica al feminismo en España, lo titulé, no por casualidad, “la sociedad homosexual”, aunque no tratara directamente de esta), el abortismo, el socavamiento de la familia, un perverso y por su naturaleza totalitario adoctrinamiento desde la infancia, un anticristianismo de base (por lo menos hasta Pancho I de la Pampa,  que parece muy comprensivo con todas esas cosas). También, curiosamente con los intentos de disgregar España o disolverla: todos esos partidos son ardientemente homosexistas y compiten por desfilar en los festejos del “orgullo” y obligarnos a pagárselos.  VOX debería articular un discurso poderoso de conjunto y no meras quejas, contra todo eso. Y exponerlo de manera tenaz y consistente.

 

   Incidentalmente, hace años sostuve una polémica sobre estas cuestiones en Libertad Digital con César Vidal, Jiménez Losantos, José María Marco y algunos más. Creo que gané el debate por goleada, y eso no me benefició finalmente. En todo caso pueden encontrarlos los textos tecleando juntos los respectivos nombres. La polémica empezó por este artículo: 

 

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/soy-homofobo-naturalmente-asesinatos-en-masa-6642/

 

Desgraciadamente la polémica no ha servido de nada: los contrarios a los LGTBI han resultado ser muy “mariquitas” y no han sabido hacer nada práctico.