En un país como España, donde no estamos acostumbrados a dimisiones o abandonos políticos, el gesto de Albert Rivera, renunciando a su escaño y dejando la política, es algo digno de alabar, aunque también, no nos engañemos, algo esperado, después de los pésimos resultados electorales obtenidos. En esta vida, la valentía tiene premio y la cobardía un coste, aunque una u otra cosa, tarde en llegar. Albert Rivera y su organización han jugado a varias bandas, han creído que eso de considerarse de centro les daba impunidad para jugar con el elector, pactando con unos y otros, con principios y valores flexibles y moldeables ajustados a la necesidad coyuntural del momento. Esa indefinición, esos malabarismos, por mucho que se quieran disfrazar de moderación, acaban dejándote en evidencia. El centro es la excusa perfecta para decir una cosa y hacer la contraria.

La soberbia y posiblemente la prepotencia de la que ha hecho gala Albert Ribera, junto con una alta dosis de autoestima, le ha llevado a una errática estrategia política, pasando de disputar el liderarazgo de la oposición a Pablo Casado, a conducir a su formación a la irrelevancia política, perdiendo 47 escaños en apenas unos meses. Ciudadanos se gano a pulso la denominación mas que merecida, de "la veleta naranja". Recordando en todo a su admirado Adolfo Suarez y a las aventuras políticas que este también llevo a cabo. Ambos con un triste final y forzados a dimitir de las propias organizaciones que ellos mismos fundaron.

El centro político español es el viaje hacia ninguna parte, emprendido por caraduras y oportunistas de salón. Es la renuncia explícita a cualquier tipo de principios y valores, consistente en aceptar y dar por buenas las políticas implementadas por la izquierda. Ciudadanos abuso de la paciencia de sus votantes. Es un partido de centro izquierda liberal, al que votaba el sector más a la derecha de la sociedad española, pues es cierto que en un momento de zozobra y vaciamiento ideológico del Partido Popular, Ciudadanos era bastante más claro y contundente en la defensa de la unidad de España que los populares. Ciudadanos caía bien hasta que decidió salir de Cataluña y le tocó mojarse en gobiernos y acuerdos locales. Por la mañana apoyaban a los corruptos socialistas de Susana Díaz en Andalucía y por la tarde al gobierno de Cifuentes o Angel Garrido en Madrid.

Si a todo esto le sumamos la nefasta política de fichajes, de viejos dinosaurios ya amortizados en sus partidos de origen y que buscaban en Ciudadanos su nuevo acomodo, vemos que la regeneración prometida nunca llego. Nos deja Rivera, abandona la política, o la política le da la espalda, siguiendo los pasos de su admirado Adolfo Suarez. Ambos con un final similar, ambos defenestrados por casi todos, compañeros de partido, electorado y medios de comunicación. Albert Rivera debe encontrar consuelo en la esperanza de que en un futuro muy lejano, seguramente se reescriba la historia y se hable de él en términos muy diferentes de los actuales. Esta es una de las características del pueblo español, que suele enterrar muy bien y a olvidar con facilidad los errores cometidos, una vez que uno ya no es nada.

He de confesar que en su nacimiento político en Cataluña, sentí cierta seducción por Albert Rivera y su organización, posiblemente motivada por la connivencia generalizada de todos los demás partidos para con el independentismo catalán. Lo cierto es que nos conformamos con poco, sobre todo cuando venimos de muy atrás y cualquier muestra de cariño y cierta valentía, nos hace sentirnos agradecidos. El idilio duró poco y la decepción no tardó en llegar. Ciudadanos nunca supo y creo sigue sin saberlo, lo que deseaban ser de mayor. Albert Rivera y su megalomanía condujo a su partido del cielo al infierno en tiempo record, lo que demuestra que eso de ser de centro es algo efímero y pasajero, es una ilusión, un espejismo, una entelequia inexistente, un recurso al que acuden aquellos charlatanes de feria que no tienen nada que ofrecer.