He tenido la suerte de recibir como regalo de Navidad las memorias de D. José Utrera Molina, “Sin cambiar de bandera”, y no puedo por menos que dejar reflejadas a vuelapluma algunas impresiones, no ya sobre el libro en sí (imprescindible para entender la cara que no se nos cuenta del final del franquismo, propiciado por una voladura interna a cargo de los hombres fuertes del Régimen más que por la acción de los grupos antifranquistas, ninguno de ellos demócratas) sino sobre la propia figura y personalidad de quien tantos cargos y tan destacada labor desempeñó en el denostado Régimen de Franco.

José Utrera Molina marchó a la casa del Padre hace casi dos años, cerca de las aguas de ese Mediterráneo que configuró su temperamento firme pero suave, leal pero transigente con el discrepante, noble rozando el absoluto desprendimiento de sí mismo en el servicio a España y la lealtad a unos valores que vivió sin componendas ni fariseísmos.

No se desprende en sus memorias ni una palabra de odio, de rencor o de ingratitud hacia nadie. Fue su vida ejemplo de servicio inequívoco a un ideal del que jamás, ni por grandes prebendas (cuenta Don José como un amigo le ofreció su pase al PSOE, para medrar en los pesebres del recién nacido régimen del 78, porque ser leal no iba a vender en los nuevos tiempos), abjuró ni dio un paso atrás. Fue su vida, y así lo reflejan sus memorias, un ejemplo de lealtad, nunca entendida como servilismo, sino como una defensa cabal y caballerosa de los propios principios.

En esta España cainita, donde una izquierda totalitaria ha lanzado una Damnatio Memoriae sobre todos aquellos que, con mayor o menor acierto, trataron de reconstruir un país asolado por una guerra civil que el PSOE y el PCE tuvieron mucha culpa en provocar, y con el silencio e incluso la connivencia de esa derechita cobarde que tiene que pedir perdón por lo que fueron sus padres y abuelos, Don José tuvo que ver cómo se quitaban calles, honores y placas que recordaban la ingente obra realizada en 36 años por unos hombres que, como en su caso, dieron lo mejor de sí mismos para, codo con codo con el noble pueblo español, lanzar a España por la senda de la modernidad.

Don José sufrió en su propia carne la ingratitud de los que otrora le hicieron la pelota en su época de gobernador de Sevilla o Ciudad Real, cuando no dejó de inaugurar obras sociales que elevaron las condiciones de vida de los más humildes. Especialmente en Sevilla, donde estuvo día y noche acompañando a quienes se habían quedado sin casa por la riada del Tamarguillo en 1961, y atendidos en los primeros momentos de angustia y desolación, se preocupó de que se construyeran miles de viviendas sociales que dieran cobijo digno a aquellos hombres y mujeres que lo habían perdido todo, menos la justicia social que hombres como Don José llevaban en el corazón. Don José vio las traiciones de quienes otrora le aplaudían, pero nunca vivió la desafección de aquellos hombres y mujeres humildes que siempre le recordaron con gratitud y afecto, como ha señalado en alguna ocasión su hijo, D. Luis Felipe Utrera.

Don José, que nunca se sintió vencedor de una guerra que no pudo vivir, sino custodio de una Paz conciliadora y que a todos los españoles pudiera cobijar en el Movimiento Nacional, acrisolaba un recto sentido de la reconciliación y la Justicia Social en su corazón. Ese mismo corazón que, estoy convencido, no pudo resistir incólume la riada de manipulación, mentira, difamación y olvido que anegó la obra de todos aquellos que sirvieron a España durante el Régimen del General Franco, y que unos meses antes de morir, estalló en un infarto como triste preludio de la muerte que aguardaba a quien nunca supo de la mezquindad, sino que con su alma clara y limpia buscó los caminos difíciles de una España unida, reconciliada y mejor, sin vencedores ni vencidos, hermanados todos en los ideales de Patria y Justicia Social.

Leyendo las memorias de José Utrera Molina, sueño que acaso algún día, cuando pase esta hora de los enanos y los mentirosos, de los componedores y los ignorantes, de los totalitarios que disfrazan su odio de falsa democracia e hipócrita tolerancia, podamos tener una España clara, limpia y juiciosa, como el corazón de Don José. Una España que reconozca a sus mejores, a todos nuestros muertos, de uno y otro bando , sin distinción, pues todos los españoles tenemos antepasados que se batieron por los campos de batalla; una España en la que las placas a Julián Besteiro, Lorca o Melchor Rodríguez puedan convivir con las de Utrera Molina, Maeztu, José Antonio o Francisco Franco, como un definitivo canto a todos aquellos que, en uno y otro bando, amaron a España y perdonaron mucho antes de que viniéramos nosotros, sus nietos, sin ningún derecho, a hacer trizas ese manto de amor reconciliado que España extendió sobre sus tumbas, bajo la Cruz de Cristo redentor. Que así sea.