Si nos tomásemos la molestia de llamar al Palacio de La Moncloa, probablemente nos encontraríamos con que está vacío. En la práctica, es efectivamente así. No gobierna nadie o al menos no hace lo que cualquier español normal espera que haga un gobierno cuando la violencia se desborda por las calles de una de sus principales ciudades. Pedro Sánchez no está ni se le espera, salvo el próximo 10 de noviembre. Ese día sí le veremos, luciendo palmito, mostrando la mejor de las sonrisas, para decirnos que el PSOE ha ganado las elecciones y que nos preparemos para más democracia y más libertad socialista.
 
Háganse la siguiente pregunta: ¿cuánto tardarían nuestros legionarios, comandados por un Millán Astray por ejemplo, en reducir a migas a los terroristas que han convertido Barcelona en un campo de batalla?, ¿cuánto tardarían dirigentes de otros países del mundo, como Vladimir Putin, Bachar al Assad o Xi Jinping, en reestablecer el orden y la paz en las calles donde hoy gobiernan estos pequeños cafres, capaces de levantar el asfalto para poder lanzar miles de adoquines a la policía, y prender fuego a coches, contenedores, y todo lo que encuentran a su paso? Es más, ahora que quieren profanar sus restos y está de nuevo de moda: ¿cuánto tardaría el general Franco en disolver a esa chusma nauseabunda? Pues les diré cuánto tardarían: lo que se tarda en levantar un teléfono y dar una orden. Es decir, mucho menos de 24 horas.
 
Porque lo que algunos no parecen querer entender es que el ejercicio del poder, para un gobernante, no está encaminado a glorificar la democracia, sino a servir a los intereses de su pueblo. No está destinado a ganar el Premio Nobel de la Paz, sino solucionar problemas y desfacer entuertos. No está destinado a que la prensa progre te pase la manita por el lomo y te diga lo demócrata, lo contenido, lo proporcional, lo moderado que eres aplicando la legítima fuerza del Estado, sino lograr que la gente normal pueda pasear tranquilamente por la calle, ir a su trabajo, abrir su comercio, desplazarse a donde quiera, o en fin, ejercer sus derechos y libertades como le plazca. Eso es lo que diferencia a un verdadero gobernante de un cantamañanas, por muy demócrata que sea el cantamañanas.
 
Es muy probable que España, a lo largo de los siglos, no haya tenido jamás a tantos inútiles llevando el timón del Estado. Un ministro de Interior que aconseja a los turistas de todo el mundo que vengan a Barcelona, porque la normalidad reina por las calles. Un presidente del Gobierno en funciones incapaz de ir a la Ciudad Condal a apoyar a la Policía y a la Guardia Civil, que se están jugando la vida literalmente, sin poder defenderse de cientos, de miles de terroristas que les lanzan piedras de hasta dos kilos de peso. Como les decía anteriormente, enfrente de esa chusma no hay nadie. Han abandonado a los españoles, como hizo el Gobierno de la República en 1936, cuando tuvo que salir por patas hacia Valencia, cuando el Frente Popular, una criatura suya, asesinaba a inocentes todos los días por decenas.
 
Solamente VOX, con su evidente sentido común, ha dicho lo que todos pensamos: es necesario aplicar el Estado de Excepción. Es evidente que la policía y los mozos de escuadra no pueden con una turba de maleantes, algunos de los cuales vienen incluso desde otros países, posiblemente financiados, pagados, por los dirigentes separatistas para hacer el mayor daño posible. Es una vergüenza que el Estado español, la nación más antigua de Europa, se vea doblegada por una ralea de adolescentes manipulados, envilecidos, llenos de un odio que ni siquiera comprenden. Empujados a un holocausto de llamas en el que ellos son los brazos ejecutores, mientras los cerebros están cómodamente sentados en sillones de orejas, con buenos whiskies y mejores puros.
 
España tiene derecho a defenderse. Tiene el derecho y el deber de defenderse. Y si los jueces y los políticos no lo hacen, que es evidente que no lo están haciendo, lo tendremos que hacer nosotros mismos. España, nación eterna, el sitio de todos, la herencia de nuestros antepasados, no va a sucumbir ante el asalto de sus enemigos internos, por mucho que estos políticos felones nos den la espalda. Si ellos se cruzan de brazos, nosotros no. Si ellos huyen acobardados, nosotros daremos la cara. Porque Cataluña no es de ellos, sino nuestra, y nadie nos la va a robar. Esa es la enseñanza que nos deja esta semana de caos y violencia, eso es lo que debemos aprender. Que el timón de nuestras vidas, y el timón de España, lo tenemos nosotros, no ellos.