Para un joven español en sus treinta y pocos años, el 23F es más un símbolo que una realidad. Lo poco que conocemos directamente de aquellos sucesos de finales de febrero de 1981 nos viene dado por el testimonio indirecto de diversa índole; de nuestros familiares, de los libros, de los medios o de los testigos directos que aún quedan vivos de aquellos sucesos y que, contando su visión de la realidad, de lo que pasó, nos ofrecen las pocas claves más o menos claras que podemos disponer de ello.

Para un joven español como yo, del 23F queda, especialmente, la bruma de la leyenda, de lo oculto, de lo que no está claro, de lo que no se dice y de lo mucho que se calla acerca de ello. Todos sabemos y conocemos a estas alturas la historia oficial e institucional; un grupo de guardias civiles y militares golpistas, se alzan en armas en el Congreso de los Diputados de Madrid la tarde del 23 de febrero de 1981 a las 6 y media, y liderados por el Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina al mando de unos 200 guardias civiles, irrumpen en el hemiciclo, donde se encuentra reunido todo el gobierno de la nación en pleno y todos los diputados electos, en plena sesión de investidura del político de la UCD Leopoldo Calvo Sotelo, tras la dimisión de su jefe de partido, el carismático Adolfo Suárez.

Inmediatamente después, Jaime Milans del Bosch, al mando de la III Región Militar en Valencia, decreta el estado de excepción ante los hechos gravísimos que se están sucediendo en el Palacio del Congreso, y saca los tanques a la calle, suspendiendo la actividad de los partidos políticos y sindicatos . Al mismo tiempo, en la DAC Brunete sita en El Goloso, al norte de la capital española, el general Luis Torres Rojas y al comandante Ricardo Pardo Zancada intentan sublevar la división a favor de los golpistas y tratan de sacar el armamento pesado de la división más potente del ejército español para llevarla al centro de la capital y tomar Madrid, consumando así el golpe militar.

Por otro lado, y siempre según el relato que se nos ha transmitido en estos últimos 38 años, desde la jefatura del estado, el Rey Juan Carlos I de Borbón, recientemente reinstaurada su dinastía en el trono español apenas 6 años antes después de los 40 años de gobierno militar, orquesta desde su residencia en el Palacio de la Zarzuela de Madrid un contra-golpe, en alianza de Sabino Fernández Campo, ordenando al Jefe del Estado Mayor, el Teniente General José Gabeiras mantener el orden constitucional y el apoyo militar de la plana mayor del ejército, dudoso del papel a tomar en dicha intentona, a favor de la corona y el orden constitucional vigente, e intentando, a través del Teniente General Aramburu Topete, Director General de la Guardia Civil, convencer a Tejero para rendir la toma del lugar.

Según el mismo relato institucional, a lo largo de la tarde-noche, interviene en el lugar el General Alfonso Armada, a la sazón Segundo Jefe de Estado Mayor de la JUJEM, y militar de alto rango implicado en el golpe, para penetrar en el Congreso y lograr forzar la formación de un Gobierno de Concentración con representantes de fuerzas políticas representativas y liderado por militares, intento abortado por la supuesta negativa de Tejero de aceptar un gobierno formado por comunistas y socialistas, entre otros. Finalmente, a la 1 de la madrugada del 24 de febrero, un equipo de TVE logra penetrar en el Palacio de la Zarzuela y graba un mensaje del Rey Juan Carlos, en el cual se ordena la finalización del intento, se deja clara la no participación de la monarquía en el intento y se insta a las fuerzas armadas a respetar y acatar el orden constitucional vigente.

Con el transcurrir de las horas, la no implicación en el golpe de más regiones militares, y el arresto de Milans del Bosch, a la mañana siguiente del 24 de febrero, los guardias civiles de Antonio Tejero y los militares de Ricardo Pardo Zancada se rinden definitivamente y firman el documento de rendición, en el que los militares exigen salir los últimos del lugar en columna motorizada y entregarse formalmente a las autoridades militares en El Pardo, no exigir responsabilidades por los sucesos de Teniente para abajo, y todo ello sin testigos ni fotógrafos, mientras que Tejero exige la presencia del General Alfonso Armada, no exigir responsabilidades a Suboficiales y guardias civiles, la máxima responsabilidad de los sucesos debe recaer en el propio Tejero, y salida en coche y entrega en la Dirección General de la Guardia Civil.

Con el golpe fracasado, se inicia a mitad de camino la verdad y la leyenda; los implicados en el golpe son, lógicamente, detenidos y acusados y propuestos para altas penas de prisión; Milans del Bosch (30 años), Alfonso Armada (30 años), Antonio Tejero (30 años), Luis Torres Rojas (20 años), Ricardo Pardo Zancada (15 años)…que, salvo casos excepcionales (Alfonso Armada, y Luis Torres Rojas, indultados por el gobierno), cumplen su condena y son retirados de su empleo en las fuerzas armadas.

Al mismo tiempo, surge la leyenda; una historia de cuento, una historia a lo Jacques Bossuet de buenos y malos, héroes y traidores, golpistas y constitucionalistas, fascistas y demócratas, con un jefe del estado, el Rey Juan Carlos I, como héroe, salvador y artífice de la democracia, salvada a última instancia por su mano certera, al estilo de los reyes taumaturgos medievales de los que hablaban Freud y Bloch, y una clase política valiente, secuestrada contra su voluntad en los pasillos y escaños del hemiciclo y desconocedora de todo cuanto un grupo de traidores contra la patria y la democracia estaban fraguando y planeando desde hacía meses, e incluso años.

Este es, pues, el relato oficial. El relato mediático, político, judicial, institucional y hasta historiográfico. Como joven español estas  obligado a creerlo, ridiculizado si dudas de él (hasta el punto de elaborar falsos documental en tono jocoso mofándose de quienes crean otra versión de los sucesos), y duramente castigado con el ostracismo institucional si se ofrecen explicaciones o testimonios alternativos. Al fin y al cabo, el papel del historiador no debe ser, nunca, juzgar la historia, si no transmitirla tal y como nos ha sido legada. El historiador francés Georges Duby dijo que “el historiador tiene la obligación de olvidarse, de acallar sus prejuicios y sus pasiones”,  y Lucien Febvre  que “el historiador no es un juez, la historia no es juzgar, es comprender y hacer comprender”.

Y en efecto, sin quitarle ni un ápice de razón al fundador de los Annales, la misión de la historia no es juzgar, si no comprender. No vale con juzgar los hechos que, hace casi 40 años, cometieron unos centenares de guardias civiles y militares, si no que nuestra misión es comprenderlos y entenderlos, nunca justificarlos.

Comprender la situación económica que vivía el país en los duros años de la transición, como he estudiado en mi libro “La construcción del Régimen del 78”, con una inflación próxima al 40%, aumento del paro, y déficit exterior galopante.

Comprender la situación política que vivía el país, con un gobierno de la UCD en descomposición, un Adolfo Suárez cuestionado por su partido y liquidado, dimitido de su cargo de Presidente del Gobierno menos de un mes antes del estallido golpista, con una clase política, a 4 años de su resurrección política, más cuestionada y desacreditada que nunca, algunos de ellos más que posiblemente implicados, y desde luego perfectamente conocedores y sabedores de lo que se estaba fraguando bajo cuerda en los meses anteriores al golpe, e incluso algunos de ellos reunidos en alguna ocasión con Alfonso Armada.

Comprender la situación de orden público y seguridad, con un terrorismo nacionalista e izquierdista liderado por ETA y los GRAPO, que desde la recuperación de la democracia en 1975 arrojaban ya un saldo de más de 300 asesinados entre civiles y cuerpos armados en tan solo 6 años, generando un ambiente y un clima irrespirable que provocó que hasta la izquierda moderada condenara duramente estas acciones como sospechosas y provocadoras.

Comprender, en definitiva, que quien salió ganando de toda esta operación no fue la democracia, ni los españoles, ni el ejército duramente desacreditado desde entonces, ni si quiera los partidos políticos, si no la figura del Jefe del Estado, el rey Juan Carlos, cuyo trono no estaba asegurado ni por una derecha que aún no había olvidado los 40 años de Franco ni por una izquierda que, en el fondo, no olvidaba su pasado republicano, ni si quiera por su propia dinastía de los Borbones que, empezando por su padre Don Juan y terminando por su primo Alfonso de Borbón, jamás creyeron en su derecho al trono.

Como afirma el periodista Alfredo Grimaldos en entrevista para mi trabajo, “al final el golpe triunfó, y el objetivo se cumplió, con el 23F y la idea de que el Rey Juan Carlos había salvado a la democracia”, o la periodista y escritora Rebeca Quintáns, en su libro, “El 23F triunfó de cualquier modo, no solo por la sesión de maquillaje a que fue sometida la versión oficial. El cenit fue el 23F. Unos días después, hubo una multitudinaria manifestación en Madrid que inauguraba la nueva etapa política, con los héroes del 23F encabezando la concentración y dando vivas al rey”.

Así pues, y sin pretender juzgar, este joven historiador español concluye que, a casi 4 décadas del fracaso (o éxito, según se mire y según se crea quien lo organizó realmente y quien se benefició realmente de él) del golpe militar del 23F, Tejero, Armada y hasta Milans del Bosch no fueron, quizá, si no más que una parte, y no precisamente la mayoritaria ni la dirigente de una operación mucho mayor que se nos ha ocultado, que las altas responsabilidades de la maniobra aún no están claras y que, al final, los hechos históricos deben ser juzgados y analizados, en base a quien se beneficia y quien se perjudica de ello, y lo cierto que basta echar un simple vistazo a la historia para poder comprobarlo y contrastarlo.

¿Fue la historia del 23F como se la han contado a los jóvenes historiadores como yo? La historia, el tiempo histórico y quizá la valentía y tenacidad de los nuevos historiadores podrán desvelar con pruebas documentales lo que es, a estas alturas, una evidencia.