En el libro de Rafael García Serrano, que recibió el premio Espejo de España en el año 1983, titulado La gran esperanza, dice el autor que fue Eugenio Montes quien propuso para Navarra esa frase feliz que describe el comportamiento navarro en la guerra civil española del año 1936.

 

“Navarra, esa Esparta de Cristo.”

 

No está, sin embargo, esa frase referida únicamente al valor con que los navarros entraron en combate una y otra vez, porque por encima de ese hecho indiscutible, hace referencia a la razón en que se basaba ese valor: la profunda religiosidad de los combatientes.

 

A los espartanos se les cita una y otra vez por su valentía pero no por lo que sustentaba ésta: la fe que tenían en unos dioses a los que alababan constantemente – hasta el punto de ser objeto de burla por parte de sus vecinos griegos por ese motivo - y a los que creían que había que respetar y obedecer sin la menor vacilación.

 

Así, los espartanos nos enseñan que sólo es duradero el valor del que sabe que lucha por algo que va más allá y es más importante que la misma lucha.

 

Y que sólo es imbatible el combatiente que sabe que por eso por lo que lucha merece la pena darlo todo, hasta la propia vida.

 

El esfuerzo de don Fermín Yzurdiaga y del grupo de falangistas que colaboraron con él, entre los que se encontraba el propio García Serrano, fue esencial para profundizar, primero, y divulgar después, la noble inspiración de su lucha. Esa inspiración fue más allá de defender unas ideas, incluso de defender una patria, pues por lo que realmente lucharon aquellos falangistas fue por defender una fe.

 

A esta misma inspiración en el combate contribuyeron también, y en gran medida, las ideas tradicionalistas de los requetés. Estos llevaban bordada sobre su pecho la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, el popular “Detente bala”, pero no lo hacían tanto, como muchos creyeron, con un sentido de protección personal, sino, sobre todo, para proclamar la fe por la que entregaban sus vidas.

 

Para falangistas y requetés había una razón que justificaba morir por España, y los intelectuales de ambos grupos así lo explicaron, con palabras propias en cada caso, una y otra vez.

 

De esta manera, a golpe de palabras creyentes y de acciones heroicas se forjó esa Navarra que fue la Esparta de Cristo.

 

¿Por qué merece la pena recordar esto hoy?

 

Porque si cada día vemos más ejemplos a nuestro alrededor de cómo se derrumban impunemente los símbolos materiales y espirituales de una fe que ha inspirado a nuestra civilización desde hace siglos, no tenemos más remedio que abrir los ojos a la lucha que nos espera, y de prepararnos para ella.

 

Por eso debemos recordar hoy el ejemplo de la Esparta de Cristo.

 

  • Porque sabemos que nadie va acudir a salvarnos y que nuestro destino depende de nosotros mismos,

 

  • Porque sabemos que el tiempo que tenemos para reaccionar se está acabando,

 

  • Porque el valor de los españoles sigue intacto,

 

  • Porque ese rescoldo de fe que conservamos los españoles apenas necesita de un soplo para convertirse de nuevo en una inmensa hoguera,

 

  • Porque España siempre ha impulsado y protagonizado el rescate de la civilización occidental cuando ésta se ha visto amenazada.

 

Necesitamos recordar y emular el ejemplo de esa Navarra que fue la Esparta de Cristo.

 

Entraremos en el nuevo combate mirando arriba, siempre arriba, con la cara al sol y con una pequeña estampa sobre nuestro pecho que anuncie a todos por qué entregamos nuestras vidas sin temor.

 

¿Qué poeta cantará en el futuro que España entera, sintiéndose dueña y orgullosa de su propia historia, para salvarse a sí misma y para salvar una fe y una civilización, se convirtió en pleno siglo XXI en la Esparta de Cristo?