Los fichajes en la política española se parecen cada vez a los fichajes en el mundo del fútbol. Se hacen por dinero y por el ansia de poder. Cuando la política se queda sin ideas que defender, y los partidos se convierten simplemente en el desagüe de las pasiones de la gente, ver un pleno en el Congreso de los Diputados es cada vez más parecido a ir a un estadio cuando hay un partido. Ser del PP o del PSOE, es como ser del Madrid o del Barça, es solamente una manera de poder pelearse con otros. Verbalmente, o como toque.
 
Ciudadanos, que al igual que Podemos decía que llegaba a la política para limpiarla y regenerarla, es hoy el mejor resumen de la partitocracia española. En los últimos días, ha fichado a dos conocidos políticos del PP, y a otro del PSOE, después de haberse traído para las autonómicas al ex primer ministro de Francia. Lo que hacen Florentino Pérez y Bartomeu cuando llaman a la puerta del Liverpool o el Paris Saint Germain. La tercera pata de la ultraderecha española, como definió Pedro Sánchez al partido de Rivera, pesca igual en las derechas que en las izquierdas. Es la ventaja de no tener ideología.
 
Silvia Clemente no tiene precisamente un CV de relumbrón como destacada dirigente en la Junta de Castilla y León. Celestino Corbacho ha sido, con números en la mano, de los peores ministros de Trabajo que ha habido en España. José Ramón Bauzá tampoco es un mirlo blanco. Pero ninguno ha tenido mayor problema en fichar por Ciudadanos, no sabemos muy bien para qué. No evidentemente para renovar, tampoco para aportar nivel, y menos para dar transparencia. Quizá solamente como forma de poder seguir viviendo del momio del dinero público, ese maná inagotable.
 
Cuando en España existía el concepto de vergüenza en la vida pública, era impensable que un dirigente político pudiese cambiarse la chaqueta así, de un día para otro y sin avisar. Entrando en una reunión siendo de un partido, y saliendo de la reunión ya con la chaqueta puesta del otro, como Figo dejó de ser culé para hacerse merengón. Silvia Clemente ha cambiado su fondo de armario, y donde había azules pálidos y blancos nucleares, ahora impera el naranja, acompañando la llegada de la primavera. Si gana las primarias de Ciudadanos, varios de sus nuevos compañeros de partido ya han anunciado que se marcharán. Les parece demasiado, incluso a ellos.
 
A Albert Rivera, que empezó su carrera política ligerito de ropa, le da repelús que le fotografíen con un facha como Santiago Abascal en la Plaza de Colón, pero en cambio contrata, desconocemos a qué precio, a un desastre de ministro socialista, como Celestino Corbacho, que contribuyó a seguir aumentando las cifras del paro en España, cosa poco original por otra parte. No le hace ascos a nadie, bien porque en su cantera no lo ve muy claro, bien porque en realidad aquello de que deseaba modernizar y limpiar la democracia eran palabritas de esas que se suele llevar el viento.
 
España no necesita ni más partidos, ni tampoco partidos que imiten las taras y miserias del bipartidismo. España no necesita más chaqueteros de los que ya hemos tenido. La nación sufre un desafío golpista que se está juzgando en el Supremo, pero que en la política sigue en marcha, porque nadie se atreve a poner al separatismo fuera del Sistema. De los problemas reales de la gente normal ya no habla nadie, ¿para qué? Ahora las elecciones se ganan a golpe de talonario, un poco como siempre, pero ya sin disimulo.