Me lo temía. No ha pasado mucho tiempo desde que se publicaran dos artículos míos: “Una tragicomedia llamada España” y “España camino del abismo” para que un buen amigo, entre otros que seguro piensan igual, me llame para calificarlos de pesimistas cuando no de catastrofistas y fuera de lugar.

 

Este buen amigo es persona cabal y de ideas que en absoluto se pueden entender como lo que la izquierda española llama de “progreso”, eufemismo que en realidad lo que significa es sectarismo y pensamiento retrógrado. Mi buen amigo se autocalifica de pragmático, de vivir en el presente y de mirar para el futuro, más para mí la realidad es otra y es que esta persona es el ejemplo vivo de la aplicación pura del relativismo moral: una cosa es buena o mala según como me afecte o no. Y he aquí el verdadero problema de la sociedad moderna en general y la de la española en particular.

 

A mi amigo, por extraño que parezca, de estirpe familiar tradicional, la verdad es que la situación en Cataluña o en las provincias vascongadas no le importa en absoluto. Defensor de la unidad de España, no obstante, mantiene que sostener esta contra marea y contra los aparentes deseos del pueblo en las urnas es empeñarse en batalla inútil. Por supuesto que no comulga con el lobby LGTBI presente hoy en Madrid pero mantiene al mismo tiempo que con no pasarse por donde se manifiesta este, asunto resuelto. No tiene clara una posición moral respecto al aborto pero hace oídos sordos cuando se le demuestra con datos los miles y miles de inocentes masacrados al amparo de la presente ley en vigor. Mi amigo al que se le presupone un nivel cultural elevado por su formación es permeable en grado máximo a la influencia mediática que se expande en televisiones, radios, digitales y redes sociales. Me increpa por empeñarme en la defensa del Generalísimo Franco y de lo que significó para España : ¡Que más te da donde esté enterrado si ya murió hace más de cuarenta años! Me apunta.

 

Cuando le pregunto su opinión por la ausencia del Rey Felipe VI en el cerro de los Angeles en el acto de consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, al contrario de lo que hicieron en su día Alfonso XIII o el Generalísimo Franco, me responde con rotundidad : el Rey representa a todos los españoles y a la mayoría de los españoles es un asunto que le trae sin cuidado. Le digo que el Rey de España es desde tiempo inmemorial Su Majestad Católica, más ante este aserto su respuesta es que eso es anacrónico. Reconozco que no le he entendido bien si se refiere como anacrónico al apelativo de “católica” o a la propia monarquía en sí si esta se desprende de su historia. Aquí me ha confundido ciertamente.

 

En realidad a mi amigo lo único que le interesa es vivir en calma y sosiego y que le dejen en paz. Le da igual lo que pase en Cataluña pues él vive en Madrid y ya camino de su paraíso veraniego vive instalado en el relativismo al que antes hice referencia.

 

¿Cuántas personas conoce Vd. parecidas a la descrita en estas líneas?

 

Seguro que más de una. Pues bien, esto es seguramente un reflejo de la España de hoy al igual que sucede en el mundo occidental. No es un fenómeno exclusivo de nuestra sociedad española.

Hoy, los principios, los valores, por los que no hace tanto tiempo había muchas personas dispuestas a dar su vida están en entredicho. Se ha impuesto lo que se conoce y ya he citado aquí como relativismo moral.

 

Y es una sociedad campo abonado para la expansión al más puro estilo “gramsciano” de la revolución marxista. Pocas son las instituciones que se mantienen al pie del cañón firmes en la defensa de principios como la lealtad a nuestra reciente historia, la que personificó Francisco Franco, o la fidelidad a lo que siempre significó la doctrina católica de la Iglesia hoy supeditada a cambios no asimilables por muchas personas de profunda fe. Resulta incomprensible la postura de la Jerarquía católica manteniendo una postura no clara y decidida en defensa de la dignidad de quien fuera su principal valedor en momentos de persecución, tortura y asesinatos en masa. Dicha Jerarquía es incapaz de reconocer cuánto le debe a Francisco Franco sin cuya protección simplemente la Iglesia católica no existiría en España.

 

Esa equidistancia ante los intentos de exhumación y humillación de sus restos es pura aplicación del relativismo moral del que la propia Iglesia es sujeto principal. Tienen que ser pequeñas organizaciones como la propia FNFF, entre otras, las que mantengan el espíritu de resistencia ante la ofensiva malvada que pretende minar los valores antes citados.

 

Mi querido amigo, a quien dedico estas líneas, estará en estos momentos disfrutando de unas merecidas vacaciones allá por los mares del sur. De corazón le deseo que así sea, más no dejaré de advertirle que se aplique al “Carpe Diem” no sea que de seguir así las cosas no pueda hacer lo mismo en un mediato futuro.

Y si por acaso me lee que no se preocupe. Seguirá contando con la amistad de su amigo recalcitrante como una vez me denominó.