El célebre poeta Rainer María Rilke afirmó que la verdadera patria del hombre es la infancia, frase que siempre me pareció muy sugerente y que viene como anillo al dedo para el poema que tengo el gusto de presentar. Su autor, Andrés García-Carro, realizó recientemente un viaje muy especial a Buenos Aires, la ciudad en donde vivió su infancia y a la que volvía cuatro décadas después. Era en cierta manera un viaje en el tiempo, un viaje al pasado. No iba en busca del tiempo perdido como Proust, pues él sabe perfectamente que el tiempo es de Dios y que queda impreso en el libro de la vida, pero sí que nos deja en sus versos el sabor del recuerdo, el tierno recuerdo de la infancia que como dijimos es la patria del hombre y más aún del poeta, que tiene el don de evocar. Por otro lado, no se trataba sólo de un reencuentro con su niñez sino también, en cierto modo, de un encuentro con su padre octogenario, aunque lúcido y vital, que fue su compañero de viaje. Nada más añadiré. Dejo al poeta que nos deleite con su bello poema.

 

Buenos Aires cuarenta y dos años después

 

A mi padre

 

El 18 de noviembre de 2019,

en el puerto de Barcelona,

nos embarcamos mi padre y yo

en el crucero Costa Pacífica

rumbo a Buenos Aires.

Era para él, a sus ochenta y siete años,

su enésimo viaje

con ese destino

–ya casi una rutina

desplazarse a la Argentina–;

en cambio para mí

más que un viaje era meterme

en el túnel del tiempo,

pues cuarenta y dos años después

a la ciudad donde había

vivido mi infancia volvía

a reencontrarme con el niño

de nueve años que allá dejé.

Tras dos días de navegación

a Santa Cruz de Tenerife llegamos.

Para entonces ya habíamos

establecido la hoja de ruta

de nuestra vida social:

mi padre con sus amistades

de anteriores cruceros

y yo con un grupo de argentinos

y argentinas de mi edad.

El sol ya pegaba en cubierta

y en las noches le mal de mer,

entre sones de tango y de cumbia,

inducía al laisser faire.

A mitad de trayecto la ardiente

línea del Ecuador cruzamos

ajenos al mundo real.

Brasil al otro lado

del océano nos acogió:

Recife con su linda

barriada de Olinda,

pobre pero llena

de encanto y de color;

Maceiò y su playa

de espeso y cálido mar,

donde comí a dentelladas

un choclo que me supo a manjar;

Salvador de Bahía,

estallido de luz,

agua de coco, samba,

redobles de tambor;

y Río, Río de Janeiro,

desde lo alto contemplado

del monte Corcovado

por su Cristo Redentor.

Con neblina en el Río de la Plata

en Buenos Aires entramos

el 4 de diciembre.

Un taxi nos condujo

al Hotel Claridge, calle Tucumán,

la misma en la que naciera

Borges para la eternidad.

De pasmo fue mi primera

impresión de la ciudad:

por su hechura y su solera

una capital europea

y no americana me pareció.

Por los alrededores del hotel,

en pleno centro bonaerense,

a dar una vuelta salimos

mi padre y yo:

la peatonal y concurrida

calle Florida,

donde estuviera en nuestros días

la Librería Española que él dirigió,

cuyo local desvencijado

tristemente encontramos cerrado;

el hermoso Teatro Colón

en la Avenida 9 de Julio,

a decir de los argentinos

el mejor teatro del mundo.

Unas cuadras más

caminamos juntos los dos

hasta llegar a un restorán

donde paramos a almorzar.

En ese corto paseo

ya pude comprobar

que en contra de nuestro deseo

no hacíamos padre e hijo

para el turismo un buen par.

Su ritmo acelerado,

cual si un lobo lo persiguiese,

incompatible era con el mío

parsimonioso y dado

al deleite de observar.

Decidí pues, sintiéndolo en el alma,

proseguir en adelante

mi periplo yo solo y en calma.

La mañana siguiente en Diagonal Norte

el colectivo turístico tomé

para tener de la ciudad

una visión general.

Me transportó hasta el arrabal

futbolero de La Boca,

donde al ver La Bombonera

mentalmente me enfundé la remera

de Boca que de niño llevé.

Mi tercer día en Buenos Aires

a visitar los territorios

de mi infancia dediqué.

Por mi colegio, el San Martín de Tours,

en la avenida Figueroa Alcorta empecé.

Me bastó el primer golpe de vista

de su fachada para recomponer

los fotogramas que en mi memoria

guardaba de aquel ayer.

La secretaria del colegio

sus dependencias me enseñó.

Habían, me dijo, hecho varias reformas

en su interior,

pero el patio seguía tal cual

estaba en mis tiempos de colegial

y los alumnos uniformados

iban como iba yo.

«Hace más de cuarenta años

–me dirigí a un grupito de ellos–

yo estaba aquí igual que vosotros».

«¿Sos español?», uno rubito me preguntó.

Del San Martín de Tours fui a nuestra casa

de la avenida Libertador

esquina Coronel Díaz,

que a unas pocas y arboladas

cuadras de distancia estaba.

También ante nuestro edificio

mi memoria se actualizó.

Me parecía haber estado

allí el día anterior,

como si presente y pasado

fuesen un plano desdoblado

y yo actor en uno

y en el otro, espectador.

No me habría extrañado

que salieran del portal

mis padres y mis hermanas

y yo mismo en un flashback.

Alzando la mirada

de balcón en balcón

conté hasta la undécima planta

en la que vivíamos nosotros.

Justo en el balcón de encima

había un cartelón

de SE VENDE desplegado.

Al portero en la entrada

de Coronel Díaz le pregunté

el precio de ese piso,

mas os quedaréis como yo

con la curiosidad defraudada,

pues no disponía el buen hombre

de tal información.

Doblando la esquina el colegio

al que fueron mis hermanas

seguidamente visité:

un blanco palacete

con verjas de hierro negro

que de inmediato recordé.

De ahí me fui caminando

por nuestra avenida Libertador

al parque de Palermo,

que allá bosques lo llaman

y que yo por su belleza

lo llamaría vergel.

Frente al estanque rememoré

mis paseos con Junker,

nuestro perro-lobo,

al que me encantaba ver saltar

al agua para perseguir a los patos.

Mi tournée retrospectiva

concluí en Avenida Alvear

esquina Callao,

en la zona más exclusiva

y copetuda de la ciudad.

Allí vivimos nosotros

recién llegados a Buenos Aires

en un elegante inmueble

de corte clásico y galerías

con toldos azules en el portal;

pero así como de nuestra segunda casa

me acordaba perfectamente,

esta primera de Alvear

casi por competo la había olvidado

(yo apenas tenía cinco años

cuando dejó de ser nuestro hogar).

El día siguiente lo pasé

con una de mis amigas

argentinas del crucero.

En La Brigada, “un clásico de Buenos Aires”,

almorzamos

y después nos pateamos

barrios nuevos para mí,

parando en Puerto Madero

unas cervezas a tomar.

Para acabar recalamos

en la Plaza de Mayo,

donde por sorpresa nos encontramos

con una multitud

de gente con banderas

albicelestes en la despedida

de Mauricio Macri como presidente

de la República Argentina.

El himno argentino sonó

y a Macri en el famoso balcón

de la Casa Rosada lo vimos

asomado presto a decir adiós.

El quinto y ya último día

de nuestra estancia rioplatense

a mi acelerado padre recuperé

como compañero bonaerense.

Era el 8 de diciembre,

Día de la Inmaculada,

que además en domingo cayó.

A misa por la mañana

asistimos en la capilla

de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

en el barrio de Montserrat

y luego a la procesión

que en las calles del mismo barrio

se celebró.

A mi padre le presenté

al Padre Canale,

querido sacerdote y amigo

con quien en su país me reencontraba

tras su fructuoso apostolado en España.

Del barrio de Montserrat

a la Feria de San Telmo

fuimos mi padre y yo,

donde entre otras cosas compramos

medallas para nuestra familia

de la Virgen de Luján.

De San Telmo un taxi tomamos

en dirección a La Recoleta,

otra vez zona Alvear.

El cementerio visitamos

y en la Iglesia de la Virgen del Pilar,

de níveo frontispicio, entramos,

deteniéndonos en el altar

en que fue bautizada mi hermana Pilar.

Al salir me indicó mi padre

la placita a la que mi madre

a mis hermanas y a mí nos solía llevar.

Cuando vi el portentoso gomero

de formidable tronco enrevesado

que inmune al paso del tiempo

ahí seguía plantado,

de pronto los recuerdos

de aquellos días remotos

a mi memoria afluyeron

y nítida apareció en mi mente

la imagen del pequeño Andresito

encaramado a una de sus ramas

balanceándose con los pies

no muy lejos del suelo.

«Este gomero –le dije a mi padre–

es mi magdalena de Proust».

Después nos fuimos a almorzar

al restaurante La Biela,

donde nos esperaban Borges y Bioy.

Por la noche a otro lugar

también muy literario fuimos a cenar:

el Café Tortoni.

Caminando hasta allí desde el hotel

por la 9 de julio y la Avenida de Mayo

mi padre me fue contando,

con buena cadencia narrativa,

el por qué, el cómo y el cuándo

del comienzo de nuestra historia

y relación con la Argentina.

Había que remontarse

a 1957,

cuando él por vez primera

cruzó el charco por la herencia de unas tierras

en Pilcaniyeu y Balcarce,

de las que debía hacerse cargo.

Pero esto ya sería

materia de otro poema,

que este ya es bastante largo.

 

Andrés García-Carro