Hace unos días tuve la oportunidad de ver en televisión una película sobre la vida y obra del fÍsico británico Stephen Hawking; en realidad una biografía o un “biopic”, como se dice en el lenguaje cinematográfico que, francamente, me impresionó como hace mucho tiempo no lo hacía ninguna otra. El film, estrenado en 2014 bajo el nombre de “Teoría del Todo” estaba basado en las memorias de su ex esposa,” Mi vida con Stephen Hawking” y cuenta las venturas y desventuras del científico desde sus días en la universidad como destacado estudiante y su pasión por el cosmos, la relación con su primer amor y la detección de la grave enfermedad, que le diagnostican con solo 21años, incidente que no afecta a su capacidad intelectual, lo que le permite convertirse en uno de los genios astrofísicos más importantes del siglo veinte.

Pero lo que me impresionó, aparte la evidencia de su prodigiosa mente, a la altura de cualquier otro investigador destacado de la historia, fue sin duda, asistir a una de las voluntades más fuertes jamás conocida, pues a pesar de su incurable y progresiva enfermedad, la asumió con una entereza y una serenidad propia, a mi entender, de personas muy por encima de lo general. Y, de igual modo, valorar la entrañable y extraordinaria respuesta de su novia Jane, también universitaria, que demostró con un amor profundo y a prueba de sacrificios seguirlo en su complicada vida, ofreciéndose como una verdadera y magnifica compañera. Lo cuento, porque la película, que sobresale por unas interpretaciones magistrales, tanto de Eddie Redmayne en un Hawking increíble, como Felicity Jones, enamorada joven novia y esposa, dirigidos por el maestro James March, veterano en este tipo de cine, es un compendio de incalculable valor moral.

Fue para mi, al menos, un triunfo de valores humanos como pocas veces se contemplan, y los primeros planos, y medios, que nos regala el Stephen Hawking de la película, son de una profundidad emocional realmente inolvidable. Esas conversaciones con su mujer, casi reciente su matrimonio, tras esas gafas que hablaban más que todo un discurso, aceptando sus deficiencias físicas que no intelectuales, esas escenas con sus hijos, y su gotas de humor tranquilo, con su silla de ruedas por ejemplo, o las palabras a sus hijos, me conmovieron de modo absoluto. Confieso que pocas películas biopic (y las hay a granel: Juana de Arco, Toro salvaje, Patton, Laurence de Arabia, Ghandi, Madre Terea, Malcon X, etc), me han llegado con la hondura de esta obra dedicada al autor de “Una breve historia del tiempo”, que me ha devuelto a creer firmemente en las mejores cualidades de la humanidad.

 

La separación y el distanciamiento de Jane, esposa de Stephen, fue más por cansancio emocional y físico, que por ausencia de amor, y que de nuevo, como una catarsis interior el físico inglés- desde mi punto de vista-, asumió con noble entereza, dejándose mecer por la enfermera que, en común, había decidido el matrimonio. Para mi el film, lleno de honestidad, de excelente ritmo cinematográfico, de maravillosa interpretación – premios y nominaciones al Oscar-, y desde mi convencimiento personal, es un cúmulo de mensajes positivos de entrega, de superación, de amor, y de valores que nunca deberíamos perder. Os la recomiendo.

Por Eduardo López Pascua