La dependencia visceral del feminismo de género español al dinero, su razón de ser, porque se gestó y nació con esas miras, bien pudiera servirnos como prueba fehaciente para ir más allá de esa visión etiquetada, triunfalista, acaramelada e irreal, que considera al movimiento feminista como el único e insustituible artífice de la liberación de la mujer, cuando es al contrario: a costa de la mujer.

En España, entre los logros más visibles de las políticas de género están la descomposición de la familia como mini sociedad vertebradora del tejido social; la inducción al suicidio masculino por una persecución sin cuartel al colectivo masculino, en especial al de padres; el aumento de divorcios, cada vez más tempranos; la caída en picado de la natalidad y la sostenida influencia que otras culturas, más dedicadas a la grata tarea de la procreación y que van paulatina, sigilosamente aumentando su número de fieles, adquiriendo éstas cada vez más peso específico en nuestra sociedad, no sólo en la española, sino en las sociedades de todo Occidente.

Para ser más precisos, la voladura sistemática de la familia se realiza en España mediante el basto procedimiento de las denuncias, una indeseable pero eficaz práctica social bienpagá, amparada por leyes hechas específicamente para la mujer, normativa que está causando lo que pretende: la ruptura total de relaciones entre cónyuges y entre padres e hijos, en este último caso vía Síndrome de Alienación Parental (SAP). Se trata de políticas irresponsables de una creciente desigualdad jurisprudencial entre sexos que nos están llevando a una sociedad de individuos aislados: adultos divorciados e hijos con padres vivientes, pero ausentes de sus vidas, son los hijos e hijas del SAP.

La verdadera naturaleza del feminismo no es más que la de ser un producto artificial de ingeniería social fabricado al objeto de rediseñar la sociedad en la que primero se inocula como cáncer y, después, se queda a la espera de una metástasis exponencial que no tiene freno alguno. Porque, ¿cómo revertir el modo de vida de medio país que vive del género, fulanos y fulanas (lenguaje inclusivo) que desde las redes sociales, se lanzan, como rata acorralada, a la cara de quien cuestiona lo políticamente correcto, esto es, su vida de cuentistas y holgazanes?, ¿cómo prescindir de esos millones de votos de tanta agraciada agradecida? y, sobre todo, ¿cómo dar marcha atrás cuando está en juego la supervivencia de un partido político, que lleva, según dicen ellos mismos, el feminismo, grabado en su propio ADN, siendo en realidad una copia del clientelismo andaluz que se llamó PER (Plan de Empleo Rural). La esencia es la misma en ambos casos: yo te coloco, tú me votas, bonita.

Aunque, a decir verdad, todos los partidos, sin excepción buitresca, quiere su porción de la tarta de género, esa que se les obligar tomar, vía jurisprudencia de género, a los padres de familia al objeto de aniquilarlos.

Todos y todas estos y estas que viven instalados en la Industria del Maltrato, esa colosal Administración Paralela de charlatanes-as de feria sin escrúpulos y una casta de políticos que los mantienen sólo por ordeñarles su voto, eso es lo que desgraciadamente nos ha tocado padecer en esta España a la deriva.

No obstante, todo este tinglado del feminismo, por artificioso y carente de sustancia, por su ausencia de principios y razones, al ser sólo un negocio de corruptelas estructurales sostenidas por el Poder Ejecutivo, no duraría ni cinco minutos si se le cerrase el grifo del dinero público nacional y europeo.

 

José R. Barrios