Con la inminente reforma de la Ley de Memoria Histórica que el gobierno revanchista que tenemos tiene intención de aprobar próximamente, que modificará el Código Penal, comenzará una etapa nueva en la historia de la España democrática: la de la persecución encarnizada contra todos los disidentes del pensamiento progre que la izquierda ha conseguido imponer en toda la sociedad. Empezaron a adoctrinar  a los niños en los colegios con su filosofía marxista, controlaron los libros de texto, la enseñanza en las universidades y los medios públicos  de comunicación, y con eso fueron preparando el terreno para que ahora, Pedro Sánchez, nos acabe de dar la puntilla a los que no pensamos como él ni como sus amigos de la derechita cobarde. Verán ustedes como esta nueva ley, más propia del estalinismo que de un régimen democrático, obtiene todos los parabienes de Pablo Casado y Alberto Rivera; que cuando se le pregunte a uno de ellos qué le parece que a una persona la multen o encarcelen por haber manifestado que vivió feliz en la época de Franco o por haber cantado el Cara al Sol, dirán que tienen otros problemas más importantes de los que ocuparse, como el paro o la cotización de los autónomos. Es de verdad un asco esta degeneración de la moral que se ha asentado en España en los últimos años, especialmente desde la época de Zapatero, porque el propio Rajoy  mantuvo las leyes inicuas que se encontró al entrar en la Moncloa teniendo la capacidad suficiente para haberlas derogado.

 

Ante este panorama desolador temo que esta ley me saque  de mi casa y me haga pasar unas vacaciones en la cárcel de Alcalá-Meco, porque no comulgo con ninguno de los mantras que defiende el socialismo y los combato ardientemente desde estas páginas. Mi única esperanza es que cuando me detengan y me acusen de ser facha por haber dicho, por ejemplo,  que con Franco se vivía muy bien, al menos me condenen a cadena perpetua revisable. Porque, eso sí, mientras sea revisable yo tendré la esperanza de salir de la cárcel una vez el sistema penitenciario me haya reeducado y convertido en un ciudadano progre, multiculturalista, europeísta, feminista, animalista y elegetibo. He pensado en esta posibilidad y he llegado a la conclusión de que, por gozar de ese tesoro impagable que es la libertad, yo acabaría derrumbándome transcurridos algunos años desde mi encerramiento y le haría un panegírico a Sánchez que adulara sus oídos con tal de que me liberase. Y pensándolo bien creo que se lo haría no en prosa sino en verso. Esto es lo que podría decirle; es todo lo que mi patriotismo me permitiría restar a mi dignidad en pro de mi libertad:

 

“Señor Sánchez, Presidente,

eximio y docto varón:

Ya que me da la ocasión

vengo a pedirle perdón

por haber sido inocente.

Y no es que alegue eximente

para la vil actuación

que me trajo a esta prisión

por expresar mi opinión

a la suya diferente.

Es que yo no era consciente

-tal era mi confusión-

de quitarle la razón

a un ser de tal condición,

tan culto e inteligente.

Pero al momento presente

afirmo con convicción

no tener más que una opción:

ser de izquierdas o masón

para ser hombre decente.

Y por eso sea clemente;

sienta por mí compasión

y deme la absolución

quitándome este baldón

de haber sido disidente.

Mas si eso no es suficiente

para mi liberación

porque tiene la intención

de que yo le dé jabón

puesto que soy elocuente

recitándole vehemente

poemas como Nerón

mientras arde la nación

y usted sigue en su sillón

tan pancho e indiferente,

conmigo, Sánchez, ¡no cuente!”

 

Alberto González Fernández de Valderrama.