Hace unos días ha circulado en España la noticia de que en 2017 un juez de la Corte de Familia del estado norteamericano de Kentucky, el Honorable (así se llama a los jueces en los EE.UU.) Mitchell Nance, resolvió que en los condados bajo su jurisdicción (condados de Barren y Metcalfe) no iba a admitir ninguna solicitud de adopción por parte de parejas de personas del mismo sexo. Dicho juez motivó su resolución en que no existe el “derecho a adoptar” por la pareja y si el “derecho a ser adoptado” por el niño. En palabras del juez “El niño tiene el derecho superior a recuperar lo que ha perdido en lo natural: un padre y una madre. El niño no es un producto para satisfacer un anhelo emocional, ideológico o político; el niño es el fin supremo de la sociedad y del Estado” que tienen la obligación de “promover el mayor bienestar del niño”.

A cualquiera con un mínimo de sentido común y que no esté lobotomizado por el pensamiento único ni amordazado por lo políticamente correcto, el razonamiento del juez le debería parecer inatacable: por encima de todo, deben prevalecer los intereses del niño y en cualquier circunstancia se debe buscar no solo lo que sea bueno para el niño, sino lo mejor para él. Como es habitual con este tipo de asuntos (y con muchos otros) el ‘lobby’ LGTBIXYZ movilizó a sus sicarios, por todos conocidos, y consiguieron que el juez fuera sancionado.

Con independencia de los aspectos relacionados con la conciencia, con la Fe que profese cada uno (en su caso), este es un debate ético y legal, en mi opinión con una conclusión meridianamente clara, que el hampa del pensamiento único, de la ideología de género y de lo políticamente correcto ni siquiera permite que tenga lugar.

Hagamos los creyentes (incluido el que esto escribe) el esfuerzo de olvidarnos de la existencia de Dios y de abstraernos de cualquier principio moral que proceda de la ley de Dios, o de lo que conocemos como “ley Natural”, y razonemos sobre esta cuestión como un ateo que está convencido que el ser humano no es otra cosa que un ser vivo más, otra especie dentro de las miles que habitan el planeta Tierra, en este caso un animal vertebrado, mamífero, bípedo, del orden de los primates y de la familia de los homínidos, con la característica de tener una capacidad mental superior al resto de los homínidos (y por extensión al resto de los animales) que le permite inventar, aprender conceptos completamente abstractos, desarrollar estructuras lingüísticas y lógicas complejas, escribir, crear la música, desarrollar las matemáticas, la ciencia y la tecnología, planificar su futuro … además de amar (y odiar), sentir la culpa, distinguir el bien y el mal y tantas otras cosas. Es decir, un mono mucho más listo que los demás pero físicamente más débil.

La teoría de la evolución demuestra que en cualquier especie, a lo largo de millones de años, se han desarrollado las características físicas y las pautas de comportamiento que hacen que esa especie tenga mayores posibilidades, primero, de sobrevivir y, después, de imponerse sobre otras especies en la permanente lucha por expandirse y prevalecer sobre el resto de seres vivos. Así, en el caso de las especie humana, desde hace milenios, por un lado los individuos de sexo masculino (XY) y los individuos de sexo femenino (XX) han desarrollado capacidades físicas e intelectuales diferentes (a pesar de que hoy día nos intenten hacer creer lo contrario), de modo que la especie humana posee un notorio dismorfismo sexual, y por otro lado han asumido en muchos aspectos de su vida social (vida social que no es exclusiva de la especie humana, sino que aparece en muchas otras especies, si bien menos desarrollada y menos sofisticada), y en particular en la crianza de los hijos, roles diferentes, con un esquema de funciones, tareas y responsabilidades complementarias. Cualquiera que, como afortunadamente es lo habitual, haya sido criado por una pareja formada por un individuo XY (lo que antes se llamaba un hombre y para un niño “el padre”) y un individuo XX (lo que antes se llamaba una mujer y para un niño “la madre”) sabe que se complementan y apoyan, que cada uno les aporta cosas diferentes que, sumadas, le transmiten el conocimiento y las habilidades sociales de muchas generaciones. Si la Naturaleza, que en esto nunca se equivoca, lo ha dispuesto así, no puede ser por ninguna razón distinta a que esa forma de criar a los hijos es la mejor para la especie humana. Si fuera de otro modo, la Naturaleza habría hecho que, con independencia del puro ciclo reproductivo (concepción, gestación y parto), las “crías” fueran cuidadas por dos individuos XY o por dos individuos XX (o cualquiera de las múltiples combinaciones que, al parecer, se pueden dar: un individuo XY que se comporta como si fuera XX con un individuo XX que se comporta como XY, por ejemplo).

Sin entrar a listar las diferencias físicas (en ciertos aspectos superiores en los XY y en otros aspectos superiores en los XX), mentales (ídem) e incluso psicológicas (ídem) -que existen aunque se empeñen en hacernos creer que no existen-; sin necesidad de sesudos argumentos éticos y antropológicos -que los hay- para justificar la conveniencia de que a los niños los cuiden y los eduquen parejas de diferente sexo, con un simple razonamiento evolucionista, darwiniano, resulta obvio que para un niño es mejor ser criado y educado por una pareja heterosexual que por una pareja homosexual. Entonces, si -como debería ser- el derecho y el interés del niño prevalece sobre cualquier otro, resulta evidente que mientras haya una pareja heterosexual que quiera adoptar a un niño, debe tener preferencia sobre cualquier pareja homosexual.

Antes de que empiecen a insultarme, por favor noten que hasta ahora no he dicho que sea malo para el niño ser adoptado por una pareja homosexual.

Pensemos ahora como es un proceso de adopción en España, al menos si los potenciales adoptantes son una pareja heterosexual, y no digamos ya si son unos retrógrados que creen en Dios, que creen que su hijo –Jesucristo- se hizo hombre para salvarnos y que procuran vivir de acuerdo a sus enseñanzas. El proceso, como debe ser, es exhaustivo. Se comprueban, se investigan a fondo, todos los aspectos que pueden afectar al bienestar y al desarrollo del menor. Desde asuntos económicos, hasta las relaciones de la pareja, la estabilidad de la misma, el perfil personal y psicológico de los futuros progenitores (no me atrevo a escribir la palabra “padres” por si me denuncian por un delito de odio “heteropatriarcal”), su estabilidad emocional, las circunstancias de la pareja que pudieran ocasionar que el menor sufriera discriminación de cualquier tipo, las adicciones o hábitos presentes o pasadas de los potenciales padres (lo siento, se me ha escapado), cualquier comportamiento inadecuado presente o pasado, etc, etc. En definitiva, cualquier factor, del tipo que sea, que suponga un riesgo para el menor impide la adopción. Así, muchas parejas que ansían adoptar un hijo, en muchos casos porque después de intentarlo por todos los medios no han conseguido concebirlo, ven frustrados sus deseos por razones que a los legos en el tema nos parecen nimiedades pero que, con seguridad, son razones relevantes para asegurar que el niño recibe lo mejor.

Entremos ahora en asuntos más espinosos.

Aunque es una estadística que está prohibido no solo publicar sino ni siquiera elaborar, está comprobado que en el mundo occidental un alto porcentaje de los abusos sexuales sobre menores de sexo masculino es llevado a cabo por varones homosexuales; algunos criminalistas que se han ocupado de este tema lo sitúan por encima del 80%, esto es, por cada caso en el que un heterosexual abusa de un niño hay al menos cuatro casos en los que el abusador es homosexual. Esto es un dato, no es una opinión. Por otro lado, y aunque esta es una estadística muy complicada de hacer con precisión, se estima que en el entorno del 8% de los varones (uno de cada doce o trece) son homosexuales. Otro dato. Combinando ambos datos en un sencillo ejercicio aritmético resulta que la probabilidad de que un varón homosexual sea un pederasta es cuarenta y seis veces mayor que la probabilidad de que lo sea un varón heterosexual. ¿Significa esto que por ser varón y homosexual eres un pederasta? Absolutamente NO, de ninguna manera. ¿Significa que por ser varón y homosexual la probabilidad de ser un pederasta es alta? Tampoco, para nada. Simplemente significa que la probabilidad es mayor, aunque puede seguir siendo baja o muy baja. Para entenderlo: supongamos (es un ejemplo) que si tomamos un colectivo de 10.000 varones heterosexuales la esperanza matemática fuera que entre ellos haya un solo pederasta; pues bien, en este ejemplo hipotético, si tomamos un colectivo de 10.000 varones homosexuales la esperanza matemática sería que entre ellos haya 46 pederastas, todavía un porcentaje bajo (0,46%) pero muy superior al del colectivo de heterosexuales (0,01%).

Volvamos al asunto de las adopciones. Como se ha dicho, el criterio fundamental para aprobar o no una adopción debe ser buscar el mayor bienestar de la criatura, minimizando los riesgos. Asumiendo que los datos anteriores son totalmente fiables (pues si no son exactamente esos serán muy similares), el riesgo de que un niño que convive con dos varones homosexuales sea abusado sexualmente es noventa y dos veces mayor que si convive con un varón heterosexual y una mujer. Siendo así, y olvidándonos de cualquier consideración moral o religiosa, ¿está justificado permitir la adopción de niños por parejas de varones homosexuales?. Respondan ustedes mismos.

No tengo más que añadir. Pueden empezar los insultos.