El pasado martes se celebraron las esperadas elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América. En reiteradas ocasiones he manifestado la vergüenza e incluso el asco que me producen algunos de mis semejantes en general y muy particularmente muchos de aquellos que se dedican a esta bendita profesión que es el periodismo, que es el comunicar, el informar. Llevamos muchos meses de campaña electoral norteamericana. Comenzamos con las primarias de uno y otro partido y desde el primer momento se vio claro cual era la preferencia y la candidata por la que se apostaba. Yo entiendo que cada uno tiene sus gustos, sus tendencias. Es humano, pero esto no te puede hacer perder la perspectiva. A nadie se le escapa que la candidata del mundo mundial era Hillary Clinton, la mujer del ex presidente Clinton, la de la becaria y las felaciones en la casa oval. La locura en defensa de Hilary llegó a su clímax, a su punto más álgido la noche electoral.

 

La madrugada del martes al miércoles. No era bastante con la campaña de acoso y derribo contra Donald Trump, no bastó con exagerar hasta la saciedad sus muecas y comentarios desafortunados, pero sacados de contexto , del magnate estadounidense, no era suficiente con ridiculizarlo y dedicarle todo tipo de calificativos despreciativos ante el aplauso complaciente y generalizado de una sociedad como la española que traga y se cree todo lo que ve en televisión. Faltaba la guinda de un pastel que pasará a la historia del periodismo como uno de los grandes ridículos nunca antes conocidos.

 

Los medios de comunicación españoles se tomaron las elecciones norteamericanas como propias. Era su candidata la que optaba a la presidencia, y toda ayuda era poca. Se tomaron la cuestión tan en serio, que durante toda la noche se convirtieron en sedes, en sucursales del partido demócrata americano en España. Yo no conseguía salir de mi asombro. A todos los que se entrevistaba, a todos los sesudos analistas políticos con los que se hablaba, los contertulios a los que se consultaba, los presentadores que dirigían la farsa, eran todo halagos hacia Hilary. La cuestión de la noche solo consistía en insultar y ridiculizar a Trump y en saber, en averiguar por cuánto ganaría la candidata en cuestión y lo que sucedería después con “el paleto” Trump.

 

Ver la cara de todos ellos cuando la cosa empezó a torcerse es algo impagable. Seguían sin admitir la realidad, sin querer asumir la derrota. Comentarios balbuceantes, ojos vidriosos y ridículas explicaciones que no convencieron a nadie. Que si los blancos habían votado, y no tenían estudios. Como menospreciando al votante blanco, al igual que menospreciaban e insultaban a las mujeres y a los hispanos por haber votado Trump. Todo era de un esperpento maravilloso. No se libraba ni una sola cadena de televisión y ni una sola emisora de radio conocida como generalistas.

 

Cayeron en su propia trampa. Meses desinformando y mintiendo hicieron que se creyeran sus mentiras y acabaron por pensar que Trump no tenía ninguna posibilidad. Esto es lo que sucede cuando solo te dedicas a opinar y no a informar. Te acabas creyendo las mentiras que dices.

Y de la COPE o 13TV mejor no hablamos. La defensa a ultranza de la abortista Hilary nos ha dejado patidifusos a más de uno. Mejor así, que nadie se lleve a engaño. Ahora solo nos falta saber si Sánchez, el arrítmico Iceta o el cineasta Almodóvar se exiliaran a Panamá o Canadá. Ante tanto imbécil solo me queda decir felicidades Presidente Trump.