Que en la España de nuestros días conviven dos tipos de mujeres, dos modelos de feminismo, eso se muestra en evidencia. Otra cosa es denominarlo según la afiliación política, que por supuesto es un criterio válido y además se atiene a la realidad, como otra es referirnos, por una parte a un feminismo sectario, anacrónico y radical, por otra a un feminismo sensato, moderado, moderno y equilibrado.

 

La feminista radical, bien socialista bien podemita, ve en el hombre a un enemigo al que vencer y a ser posible destruir, porque desde el tiempo de las cavernas el hombre ha oprimido a la mujer y ahora es el momento de hacerle pagar de golpe todas sus deudas. El hombre, además, es un sujeto agresivo, un violador potencial de cualquier hembra del reino animal en todas sus especies, ya sean cabras, gallinas, vacas, pavas, burras, ovejas… y no digamos una mujer. Un sujeto de tal calaña, que lleva en cada uno de sus cromosomas tal potencial de aniquilación debe ser controlado por un Estado represor con leyes hechas a medida, a ser posible Leyes Orgánicas como es la LIVG 2004 que en su artículo 1 define que «el hombre es un ser violento por el hecho de ser hombre». Una vez engañadas las votantas rojas y moradas con este interesado y falso perfil de los varones heterosexuales españoles en pleno siglo XXI, éstas pasan a formar un colectivo social dependiente del Estado, un clientelismo más de los varios que mantiene la izquierda rojimorada. Sus inocentes maridos a los que arrebatan los hijos comunes, su vivienda y rentas de trabajo con la pleitesía de un Poder Ejecutivo de Género se convierten en ciudadanos de segunda clase y son arrojados a las calles sumidos en la miseria, humillados por una jurisprudencia feminista que causa su desesperación y autodestrucción, 16.000 hombres se han suicidado en España desde la entrada en vigor de la LIVG 2004. Las feministas de izquierda, pues, dedicando su vida a una lucha fanática y vengativa contra un patriarcado antediluviano e inmaterial, tiran su vida a la basura, porque el Estado las quiere así, varadas en un mar de odio hacia ese ser superior e inalcanzable que es el hombre, el macho ibérico. El dinero se destina a mantener la cadena del odio a lo masculino o también llamada Industria de Género, a promover la homosexualidad y a frenar en todo lo posible el avance de la mujer que ahora pasa a ser dependiente y concubina del Gran Macho Estado que las satisface a placer vía pagas, cursos de género, chochocharlas y demás despilfarro del dinero público que para nada se destina a potenciar e independizar a la mujer, sino a entretenerla, enredarla y engañarla, este es el feminismo de izquierda al que se le promete, en palabras de Irene Montero (Ni Juntas Podemos), el «paraíso morado».

 

Por el contrario, frente a estas guerrilleras metidas hasta las cejas en una guerra contra el varón, una guerra entre sexos que en realidad es una guerra contra ellas mismas, están las feministas moderadas, sensatas, equilibradas. Se trata de mujeres de su tiempo que ven en el hombre un ser igual, nunca superior. Hablamos de mujeres independientes y femeninas que se mantienen a ellas mismas, mujeres libres que en absoluto dependen del Estado de Género para subsistir, porque entienden que las leyes no deben tener color según sexo y que los hombres también tienen derecho a convivir con sus hijos, de ahí que vean en la custodia exclusiva materna que defienden con unas y dientes sus homólogas socialistas y podemitas, porque con ella va la casa, como un freno para su avance y progresión social, dado que los padres deben colaborar al 50% en la crianza y educación de sus hijos vía custodia compartida, liberándolas así de un tiempo para su formación y ocio. La feminista equilibrada es una mujer cuyo voto no está hipotecado, ella no ha vendido su voto en una corruptela clientelar de Estado, no, porque su voto va entrelazado con su dignidad, porque sin dignidad entienden que dejan de ser mujeres y se convierte en un objeto de usar y tirar, algo así como un clínex en manos de un partido político.

José R. Barrios