Tres hechos incontestables parecen coexistir en la coyuntura actual de la multimillonaria hucha que esconde en numerosos países el honorable Jordi Pujol, padre de la patria catalana de última generación: unos es que supo poner una vez más en el escenario de la historia de esta región el ilusionismo de una independencia cerca de la mano, que además de engañar a parte de la población le serviría a un tiempo de comodín con el que chantajear durante décadas a los distintos presidentes que le tocó, nunca mejor dicho, lidiar. Sacándoles ingentes cantidades de millones con los que supuestamente invertir en Cataluña a costa del resto de España, un gitaneo de votos a cambio de dinero en el que Pujol ha sido un número uno en su especie; otra es haber separado el sistema educativo catalán del sistema educativo nacional para ponerlo a toda máquina a ideologizar, esto es, a embrutecer al alumnado, los ahora quema contenedores, una fuerza animalesca que inocentemente cree que España les roba –¡pero si el que te roba es Pujol, alma de cántaro!– y además en la utopía de que Cataluña llegará a ser el reino que nunca fue, pues a todo los más que llegó esta esquina del noreste de la Península Ibérica es a un puñado de condados a los pies del Pirineo Oriental, condados que se anexionó, vía enlace matrimonial, el reino de Aragón, y otro es que mantiene un enconado pulso tanto con el Tribunal Supremo como con la Audiencia Nacional, porque con el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña juega en casa y tiene el partido ganado de antemano.

           

Dos hipótesis estrechamente ligadas a estos hechos apuntalan la intocabilidad de este singular y ahorrador personaje: Una es que de tanto trapo sucio en comisiones, regalías y trampeos pudiera haber salpicado a los distintos presidentes con los que trató, de ahí que en sus momentos más duros haya espetado aquello de tirar de la manta. En esto es harto complicado que los enredara a todos y cabe descartar, por ahora, tal suposición; otra es que con su incalculable fortuna, si se viese amenazada gran parte de su buchaca, entonces decidiera quemar sus naves y dedicar esos miles de millones –se habla de más de 3.000 millones de euros– a espolear el independentismo salvaje e incendiario, una forma de terrorismo que usa mecheros en vez de pistolas 9 mm parabellum, aquellas de la ETA.

 

Sea como sea, la Agencia Tributaria debe dar cuenta de este pájaro y dedicar cuantos millones se le incauten a más medios para los cuerpos y fuerzas de seguridad, porque nunca antes brilló tanto Barcelona, ahora a la primitiva luz de las llamas a manos de tanto jipi viciado a conciencia, jóvenes confundidos, esos que manejan como títeres los del 3%, 4% y 5%, es decir, como parapeto, los mismos del Procés,  una cortina de humo, tras la que esconder, en el caso del honorable presidente Jordi Pujol, una fortuna personal y familiar para caerse de espaldas.

 

¡Jordi te roba, so carajote!

 

José R. Barrios