Después del batacazo electoral del PP en las elecciones del pasado 28-A hemos asistido a uno de los episodios más bochornoso de la forma de entender la política de los partidos que nos desgobiernan.

A la vista de los resultados de las elecciones, con un aumento inesperado e inexplicable del voto marxista, independentista, terrorista y golpista, con un desplazamiento desolador del electorado hacia la izquierda, los señoritos del PP, con el inefable Casado a la cabeza han tardado décimas de segundo en anunciar a bombo y platillo que ellos también se desplazan a la izquierda, lo que eufemísticamente llaman “centro-derecha”, y en intentar insultar a los 2,7 millones de españoles que han votado a Vox, el 60% de ellos antiguos votantes (incluso afiliados) suyos, llamándoles “extrema derecha”, calificativo que para las babosas del PP parece ser un grave insulto, pues no saben que eso para muchos votantes de Vox es una auténtica medalla.

De este lamentable episodio (uno más) de travestismo político, de transfuguismo en masa, se pueden sacar –al menos– tres conclusiones:

 

Primera: Al PP le importan un bledo los 4,4 millones de ciudadanos que les votaron el pasado 28-A, creyéndose de buena fe su programa, su discurso, sus mensajes y su posicionamiento ideológico. Antes de que los 66 diputados elegidos en esos comicios hayan tomado posesión del escaño, los “ideólogos”, estrategas y asesores electorales del PP han decidido que esos votos ya están “en la saca” y que ahora hay que decir y hacer lo contrario para intentar engañar a otros. Si antes convenía sacar a pasear a la momia de Aznar, ahora conviene meterlo de nuevo en el refrigerador y sacar al socialdemócrata y nacionalista Feijó (si, el amigo del narcotraficante). Se están riendo de sus votantes, una vez más. Deben pensar que son imbéciles.

 

Segunda: El PP no es un partido, es una organización diseñada, solo y exclusivamente, para conseguir que el mayor número posible de sus miembros vivan plácidamente a costa del contribuyente, consiguiendo para ellos cuantos más puestos, cargos, poltronas, chollos y canonjías sea posible, sin importarles lo más mínimo el bienestar de los españoles y el progreso de la Nación, y no digamos los valores y principios que sus incautos votantes pensaron que iban a defender, y para lo que les votaron.

Un partido, al menos en teoría, es un grupo de personas que comparte una ideología, un esquema de valores y unos objetivos comunes en cuanto al tipo de sociedad que desean para su país, al cuerpo legislativo que consideran más adecuado para el bienestar de sus conciudadanos, al papel que debe jugar el Estado, a los derechos y libertades que hay que proteger y garantizar, etcétera. En base a esos principios y objetivos elaboran un programa, que comunican a los electores, e intentan convencerles de que eso es lo mejor para la mayoría, con objeto de que les den su voto para poder ejecutar lo contenido en su programa. Si tienen éxito, y convencen a muchos, pasarán a gobernar y tomarán las medidas que habían anunciado. Si no es así, lo volverán a intentar en la siguiente cita electoral, si acaso haciendo algún ajuste en su programa, o modificando la forma de explicarlo, pero sin cambiar en lo esencial y, por supuesto, sin renunciar a sus grandes principios ideológicos.

En España al menos, especialmente en el caso de los que se autodefinen como “partidos de masas”, y muy en particular el PP (el PSOE tiene el ancla del marxismo, que le impide alejarse demasiado de su ortodoxia), nada de eso es verdad. Los grandes partidos, y sobre todo el PP, razonan exactamente al contrario: (a) Tengo que llegar al poder a toda costa, y si ya estoy mantenerme lo máximo posible; (b) Para ello me debe votar el mayor número de personas posible; (c) ¿Qué debo decir para que me vote el mayor número de personas posibles?; (d) Eso digo, aunque no me lo crea y aunque sea exactamente lo opuesto a lo que he venido diciendo hasta ahora; (e) … y cuando llegue al poder haré justo lo contrario, si me conviene. Jamás dicen lo que piensan, y nunca creen en lo que dicen. Se limitan a decir lo que la mayor parte de la gente desea oír (o ellos creen que desea oír). Han corrompido el sistema de partidos (que, dicho sea de paso, es fácil de corromper) y han encontrado el chollo del “sufragio universal” para dar cobertura a sus ilegítimos propósitos. Se han convertido en unos simples parásitos, que se adaptan sin el más mínimo pudor a las circunstancias y los deseos del cuerpo que parasitan (en este caso, la sociedad en su conjunto).

 

Y Tercera: Aunque el ciudadano español ya ha empezado a darse cuenta del fraude, todavía hay un porcentaje relativamente alto que está dispuesto a que le engañen una y otra vez. Muchos de los que votaron al PP el pasado 28-A les volverán a votar el próximo 26-M, aunque ya les han dicho que lo que les dijeron durante la campaña del 28-A era mentira, y que ahora conviene hacer lo contrario. Y otros que no les votaron el 28-A, porque el discurso de la campaña del 28-A no les convenció, es posible que ahora, con el nuevo discurso más “progresista”, les voten, sabiendo que, si les conviene a los parásitos, volverán a cambiar de discurso y, desde luego, con seguridad, no harán lo que les han prometido.

Conclusiones aparte, el problema de fondo es que a los españoles nos han narcotizado, nos han lavado el cerebro con la mentira de que esto es lo que más nos conviene; que esta democracia “no representativa” (pues los dirigentes y cuadros de los grandes partidos no representan a nadie más que a ellos mismos, a sus familiares y sus amigos) es el mejor sistema, el único legítimo; que somos muy afortunados de poder votar cada cuatro años, sabiendo que no sirve absolutamente para nada, y que tenemos que dar gracias al “gran hermano” por vivir en un país “democrático”, con un sistema que está destruyendo poco a poco los cimientos de nuestra civilización, de nuestra forma de vida y de nuestro esquema de principios y valores.

Y algunos seguirán votando al PP.