De pronto, hizo su aparición. Una  niña de aspecto frágil con una pancarta plantada días y días delante del parlamento sueco. Se llama Greta Thunberg, 16 años, que se ha convertido en un símbolo del ecoglobalismo mundial.

La adolescente está a punto de llegar a Lisboa para luego trasladarse a la cumbre del clima que se está celebrando en Madrid, después de una larga, demagógica y marketiniana travesía atlántica en catamarán para no contaminar (?).
 
Dentro de nada el aquelarre estará servido, oficiado por unas decenas de miles de asistentes cuya mayoría habrán venido en avión, se ducharán con agua caliente, usarán plásticos, se desplazarán en taxis y autobuses diésel y comerán verde de tierras deforestadas. El cinismo en grado superlativo, del que se aprovecha toda una industria mil millonaria y mediática.

En la escuela le habían enseñado sobre el cambio climático y la destrucción del medioambiente. Según su padre, Svante Thunberg, esa preocupación se quedó en su mente e hizo tanta mella que incluso la llevó a una fuerte depresión cuando tan solo tenía 11 años. Dejó de comer y la sensación de soledad se hizo más intensa. Greta Thunberg es vegana y  sufre del síndrome de Asperger.

Corría el mes de agosto de 2018. Greta Thunberg, anunció a sus padres que haría una huelga en protesta contra la falta de acción ante el calentamiento global. El 20 de agosto, comenzó sus viernes de protesta frente al Riksdag, el Parlamento sueco, aunque fueran días en los que debía ir a colegio.

Poco a poco su protesta se fue dando a conocer, sobre todo a través de las redes sociales. Sus padres la apoyaron, sin imaginar en lo que desembocaría la acción de su hija. ¿O sí? Como lo saben todas las organizaciones que la pasean por medio mundo.

De entonces acá ya ha hecho muchas apariciones en actos públicos, el  primero en un TedTalk, luego, en Katowice, Polonia en la cumbre del clima de Naciones Unidas en diciembre pasado. Ahora, en 2019 dio discursos en Davos y en Bruselas, entre las más importantes asociaciones.

Sus padres y el ecologismo de salón, que a lo que va es a hacer negocios, la pasean por doquier, cuando por su edad debería estar en el instituto, asistiendo a sus clases y formándose para no ser el día de mañana un juguete roto, que es de lo que lleva camino, cuando el globalismo se canse de pasearla y mostrarla y ya no les sirva a sus fines.

Mal le deben de pintar las cosas al argumentario ecologista de salón, para tener que fabricar sus juguetes rotos, pero lo peor es que sus padres se presten a este circo mediático.

Dejen en paz a los niños y respeten sus derechos a ser niños, sin usarlos como reclamos de puro marketing. político e ingeniería social.
 
 
(Manifiesto de 91 científicos italianos sobre el cambio climático)
 
José Enrique Villarino Valdivielso