El paso del tiempo, con todos sus avances tecnológicos, físicos, políticos y sociales no ha modificado en Galicia el móvil del crimen rural: ocupación de fincas, derecho de paso, tala y robo de árboles, aguas de riego, vacas que pastan en parcela ajena. A ello hay que unir los odios heredados, con las inevitables rencillas familiares, alimentadas por historias orales, la mayor parte de ellas tergiversadas; los celos, las envidias por la prosperidad o el simple bienestar ajeno…

No habían pasado seis años del famoso crimen múltiple de «O Garabelo» en el que Marcelino Ares liquidó a cuatro vecinos por la posesión de unos árboles en tierras de Gomesende; o dos años de que en la parroquia de Saviñao, Javier López Andrade matase a su esposa y a la suegra, cuando las tierras de Lugo iban a ser marco de otro nuevo crimen que estremecería a Galicia y a España entera. Seis vecinos, seis, de Adá (Chantada) y Mato (Taboada) iban a ser muertos en el mismo día, y otro que fallecería después, además de otros seis heridos graves, por Paulino Fernández Vázquez.

Esta es la pequeña historia de una gran matanza y de su protagonista «el Paulino» Paulino Fernández Vázquez, de 64 años de edad, documento nacional de identidad 34.172.801, casado hace treinta años con Sofía Ríos, doce años mayor que él, sin hijos de su matrimonio, vecino de Surribas, aldea del ayuntamiento de Chantada (Lugo), pasaba entre sus vecinos por ser un hombre normal, una buena persona.

Tenía sus manías, más bien pequeñas, como la mayoría de los seres humanos. También tenía mala suerte, sobre todo con su familia, pues cinco hermanos de él habían muerto en circunstancias anómalas. Los Fernández Vázquez eran nueve hermanos.

La primera víctima fue un hermano de corta edad que murió hace unos sesenta años al ser picado por una víbora. El segundo fallecido fue Serafín, muerto en la guerra civil en el frente de Zaragoza. Años más tarde se produjo la muerte de Julio, que cumplía el servicio militar en Artillería en un regimiento de Astorga.

El 20 de diciembre de 1965, Javier perecía al sufrir un accidente con un tractor en tierras de Taboada y el 9 de marzo de 1984 fallecía el quinto hermano, Eladio, también como consecuencia de un accidente de tractor. En vista de lo susodicho, Paulino, no sin razón, debió de pensar: «Ahora me toca a mí».

Para los vecinos de Surribas y Queizán, Paulino era un hombre «muy suyo», poco dado a la conversación, pero enemigo de crear problemas a sus vecinos con los que colaboraba en todo lo que hiciera falta.

Paulino tenía catorce vacas y recientemente había adquirido un tractor por el que pagó unos tres millones de pesetas. Asimismo, pensaba sacar el carnet de conducir.

Los vecinos ignoraban que Paulino había sido tratado por un psiquiatra orensano antes de que en diciembre de 1971 acudiese a la consulta de Eloy Montes, uno de los médicos de Chantada. El doctor Montes, internista, le había diagnosticado un síndrome depresivo con un reflejo patológico que le afectaba al estómago y al hígado.

Hace tres años, Paulino había vuelto a la consulta del doctor Montes con el diagnóstico del doctor Villanueva, de Santiago, que coincidía básicamente con el de Montes, aunque él encontraba un reflejo orgánico de la enfermedad de índole reumática.

La última comparecencia de Paulino ante el doctor Montes se había producido a mediados de diciembre de 1988, fecha en que inició un nuevo tratamiento «suave» que, al parecer, no completó, puesto que no volvió más a su consulta.

Paulino tenía el problema de Sofía, su mujer, doce años mayor que él. Sofía estaba prácticamente ciega, sorda e imposibilitada al haber sufrido la rotura de una cadera.

La obsesión

Pero el principal problema de Paulino, que se convertiría en obsesión, era el de sus tierras: alguien indeterminado se las quería quitar. Le preocupaban en especial unas que, según su abogado, había adquirido hace unos años a unos vecinos que estaban en Argentina y cuya documentación poseía en regla.

Sin embargo, y siguiendo la táctica usual de los paisanos, no las había inscrito a su nombre en el registro, pensando en que tendría que pagar bastante dinero. Por ello, los recibos de la contribución seguían viniendo a nombre de los anteriores propietarios. El abogado Sergio Vázquez, que es también alcalde de Chantada, ya le había tenido que tranquilizar varias veces. «Paulino, las tierras son tuyas», le dijo. Y así se llega al 8 de marzo de 1989.

En la mañana de dicho día Paulino se había trasladado a Chantada para hablar, una vez más, con su abogado Sergio Vázquez de la posesión de sus parcelas. Vázquez se encontró con Paulino en una de las calles de la villa y pronto observó en él que estaba más alterado que de costumbre.

Quizás fue por eso por lo que le tranquilizó con más énfasis que otras veces.

Paulino volvió a Surribas en donde comió con su mujer y su hermano Marcelino. El tema de la conversación siguió siendo el de las tierras que «le querían quitar». No obstante sus nervios, comió bien las chuletas de ternera que preparó su mujer.

Al terminar la comida, Sofía y su cuñado Marcelino se fueron a ver a unos amigos, dejando sólo a Paulino, quien se cambió de ropa para ir a sacar el ganado a los prados.

Es entonces cuando le da «el pronto» y comienza la matanza.

Provisto de un cuchillo para matar cerdos, sale de su casa y se encuentra con su amigo y convecino José Gamallo Ramos, que estaba partiendo leña. Le pregunta qué hace un grupo de gente congregada un poco más arriba, a lo que le contesta José que iban a subir a un autocar para asistir a un entierro en la parroquia de Muradelle. Acto seguido, Paulino asesta a su amigo varias cuchilladas, tras decirle: «¿Así que tú quieres echarme fuera de mi casa?».

José Gamallo, 36 años y de complexión robusta, pudo contar afortunadamente lo sucedido.

-Cuando me clavó el cuchillo en la barriga me abalancé sobre él y lo tiré al suelo, pero cuando le tenía abajo me dio otra cuchillada, me desenganché, eché a correr, él detrás, persiguiéndome, yo iba desangrándome y pedí auxilio a la gente que había a unos doscientos metros de allí y vinieron a socorrerme. Él volvió a su casa y a mí me llevaron al médico de Chantada en un coche. La verdad es que yo al Paulino no le había notado nada raro y me llevaba muy bien con él.

Tras ser trasladado Gamallo a Chantada, los vecinos que iban a ir al entierro en Muradelle y que estaban esperando metros arriba se metieron al autocar sin prestar mucha importancia a la agresión, pues creyeron que era algo personal entre los dos vecinos, aunque les creían amigos.

Paulino, tras este primer enfrentamiento, vuelve a su casa y reúne a las vacas, sacándolas a continuación a pastar a una finca de su propiedad próxima al lugar de Quinzán.

Poco después, se encontró en la finca de «A Lamela» con José Lago García, de 59 años, vecino de Surribas; su esposa Celsa Sanmartín Ledo, de 63 años; una hermana de ésta, Aurora, de 67 años, vecina de Villagarcía de Arosa y de paso en el pueblo, y con el propietario de la finca, Maximino Amador Saa, de 72 años, jubilado y cuñado de los anteriores.

Las hoces que tenían algunos de estos cuatro vecinos para cortar el forraje para el ganado no fue impedimento para que el furibundo Paulino arremetiese con un cuchillo contra todos los presentes y con agilidad felina les diese muerte a tres de ellos. La cuarta víctima, Celsa, pudo andar maltrecha unos metros en dirección a Quinzán de Carballo para pedir ayuda, pero acabó muriendo en medio del camino.

Otro vecino, Javier Rogelio Cuñarro Argiz, de 57 años, que pasaba por el lugar con su tractor, quiso dar la alerta pero Paulino le infirió varias puñaladas, que determinarían su ingreso en un centro hospitalario de Lugo.

En su marcha desenfrenada, Paulino se dirige a Surribas, encontrándose en una corredoira y en lugar próximo a las casas con Avelina Moure, de 67 años, casada y vecina de Quinzán, quien también quiso advertir a los vecinos de lo que ocurría, y a Emilio Ramos Blanco, de 76 años, vecino de Surribas. A ambos los acuchilló con la misma rapidez que a los anteriores. Eran la quinta y sexta víctima mortales.

Al ser dada la voz de alarma de la locura del Paulino, varios vecinos trataron de desarmar a éste y en el enfrentamiento resultaron cinco nuevos heridos, algunos de gravedad. Se trataba de Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, vecina de Surribas; Francisco Quintana Sáa, de 20 años; Raúl López Varela, de 50 años; Manuel Fernández Moure, de 64 años, y Milagros Sáa Otero, de 43 años.

Incendio y suicidio

Según parece, Paulino fue desarmado por Milagros Sáa en el domicilio de ésta, donde consiguió arrebatarle el cuchillo. De todas formas, el homicida usó también un hacha con la que agredió a Manuel Fernández y a Raúl López, causándole a este último un traumatismo craneal de carácter gravísimo por lo que tuvo que ser trasladado a la residencia «Juan Canalejo» de La Coruña.

Tras haber cometido la matanza y ser desarmado, Paulino, cual fiera acorralada, vuelve a su madriguera, esto es, a su casa, en donde no había nadie, pues su esposa Sofía seguía en Chantada.

Allí, tras prender fuego a la vivienda, rociándola con el gasóleo que empleaba en el tractor, se encerró en su dormitorio, esperando a que el fuego llegase a la cama, en la que se postró aguardando con frialdad a que el fuego llegase al lecho. Se cree que posteriormente se precipitó a la cuadra situada en la planta baja del edificio al producirse los primeros derrumbes como consecuencia de las llamas.

El edificio, al que los vecinos llamaban «la casa de Agosto», ardió en su totalidad, además del tractor que acababa de comprar, junto con los aperos de labranza. Sólo quedaron en pie las paredes, que a última hora de la tarde amenazaban con derrumbarse. El cadáver calcinado de Paulino apareció en la cuadra.

Algunos vecinos, entretenidos en sus quehaceres, no tuvieron conocimiento de la masacre hasta que oyeron una fuerte explosión, que identificaron después con la del depósito del tractor. Al salir, vieron la casa del Paulino ardiendo por los cuatro costados, saliendo posteriormente a enterarse de lo ocurrido. Quedaba como mudo superviviente de la catástrofe el perro de Paulino, un mastín color canela, que paseó con tristeza por los alrededores de la casa creyendo que su amo iba a salir en cualquier momento.

Escenas de dolor

Las escenas de dolor que protagonizan los familiares de las víctimas son terribles. Una de las más impresionantes es la protagonizada por José López Moure, de 32 años, vecino de Surribas. Este joven se había ausentado del lugar de los hechos para trasladar al hospital, en un coche, al primer herido, José Gamallo, sobrino de una de las víctimas mortales.

Cuando regresó al lugar de los hechos, bajó rápidamente del coche y empezó a preguntar cómo se hallaba su familia, interesándose especialmente por su madre, Avelina Moure. Para tranquilizarle, en un primer momento, le dijeron que estaban todos bien. Fue precisamente Marcelino, el hermano del homicida, el que le dijo: «Sí, algo pasou».

El joven, preso de gran excitación, se dirige al lugar en donde estaba el cadáver de su madre. Cuando llega allí, algunos vecinos lo intentan sujetar para que no se echara encima del cuerpo de aquella, tapado con una manta. El muchacho, presa de grandes convulsiones, estaba fuera de sí. Sólo sabía decir: «Miña nai, miña nai».

La distribución de los cadáveres hace difícil establecer una película certera del desarrollo de los hechos. Mucha gente no se explicaba cómo las cuatro personas que estaban en la finca «A Lamela» no hicieron frente al Paulino, máxime cuando disponían de hoces. Otra de las preguntas es por qué José Lago no redujo al homicida. «O Pepe Lago -dicen- si colle a Paulino o esfola. Non era home para él. Colleuno á falsa».

Pepe Lago y su esposa estaban en una finca cedida por Máximo Amador Sáa, que estaba jubilado. El Máximo tenía tres hijas ya casadas que vivían en Barcelona, Vigo y Venezuela. Su casa era conocida como «a do cuartel» por haber alojado durante algún tiempo a la Guardia Civil. Pepe Lago, conocido corno «O Lamelas» y Aurora Sanmartín, dejan dos hijos, que residían en Lugo y Suiza.

La viuda del Paulino

No menos desolada que los familiares de las víctimas está la viuda del múltiple homicida, Sofía Ríos. La pobre mujer, tullida, casi ciega y sorda sólo puede decir, en medio del llanto: «En son inocente. Que nadie vexa en mín culpabilidade algunha».

Sofía recuerda como hace ya más de treinta años conoció a Paulino en la fiesta de la Asunción, que se celebraba en Gordón, parroquia de San Vicente. Recuerda, también, la desconsolada viuda que el día del crimen Paulino regresó a las dos de la tarde de Chantada con su hermano Marcelino. Dejaron sobre la mesa de la cocina carne de ternera y varias costilletas ya cortadas. Sofía, tras dejar parte de la carne en la nevera, le preparó las chuletas con unas patatas.

Durante la comida no advirtió nada extraño en él. Después de comer, y en contra de lo que se creía, Sofía se quedó en casa con su cuñado, mientras Paulino salió. La primera noticia de la matanza la tuvo por aquél cuando entró en casa diciendo «¡Ay Sofía, o que está facendo o meu irmán!». Es cuando Sofía se va con su cuñado a Chantada en un coche para avisar a la Guardia Civil. Al regresar a Quinzán, sólo le dio tiempo de ver su casa ardiendo por los cuatro costados.

Recuerda, asimismo, Sofía que de pequeño Paulino tuvo un arrebato de locura, que no volvió a repetirle. Dice que era muy trabajador, que muchas veces se pasaba la noche trabajando la tierra. Era -añade- «un home caladiño, pero bó» que no tenía enemigos. Tampoco era bebedor ni se le conocía vicio alguno. Sí tenía alguna manía y Sofía recuerda una de ellas: sobre la mesita de noche tenía muchas imágenes de santos. «Cada vez que aparecía algún papel encima delas -recuerda- non lle gustaba nada».

«El espectro de Paulino lleva cuchillo», escribiría José Hermida en El País, Sofía llora y llora desconsolada por la ruina que se le ha venido encima.

Miles de personas de toda la comarca asisten el viernes 10 de marzo al entierro de las víctimas. En el cementerio de Adá reciben sepultura los cadáveres de José Lago, Celsa Sanmartín, Aurora Sanmartín, Emilio Ramos y Avelina Moure.

Ante un improvisado altar al aire libre, el obispo de la diócesis, José Gómez, oficia una misa y pronuncia una homilía en la que manifiesta su profunda tristeza ante los hechos. Un familiar de una de las víctimas sufre un desmayo. Al término de este sepelio colectivo tiene lugar el enterramiento de Maximino Sáa, en Queizán do Carballo.

Horas antes, tras efectuársele la autopsia, acompañado sólo por dos cuñados y un grupo de periodistas, tuvo lugar en Adá el entierro de Paulino. El acto tuvo dificultades, incluso físicas, ya que era más ancho el ataúd que la entrada del nicho por lo que hubo que estrechar la caja a hachazo limpio. Tras sacarle astillas y tras no pocos esfuerzos por parte de los empleados de la funeraria, se logró introducir el ataúd.

La séptima víctima

De los heridos causados por Paulino ingresados en diversos centros sanitarios, el más grave fue Amadora Vázquez Pereira. Según un parte facilitado el jueves en Monforte -luego sería trasladada a Lugo-, la señora presentaba rotura esplénica-hepática pulmonar, gástrica y yeyunal. Asimismo le fue practicada una gastrectomía total, esplenectomía, resección intestinal amplia, sutura pulmonar, hepática y diafragmática. Durante la operación a que fue sometida presentaba un shock hipovolémico y traumático y fue necesaria la reposición de gran cantidad de líquido.

Amadora Vázquez fallecería días después en el Hospital de Lugo, convirtiéndose en la séptima víctima mortal de Paulino. Los otros heridos evolucionarían favorablemente.

Los periódicos y revistas gallegas y nacionales dedican grandes espacios a la información de la matanza de Chantada. Surgen, asimismo, las opiniones más diversas sobre el hecho. El médico forense ferrolano, Jaime Quintanilla, experto en suicidios -sobre ellos ha escrito un voluminoso trabajo-, comenta en La Voz de Galicia que en estas ocasiones la víctima primera es la «buscada» por el asesino y las demás caen víctimas de un «calentamiento» de aquel, de un «imparable frenesí homicida». Sin embargo, no parece ser este el caso del Paulino. Respecto al arma homicida, señala Quintanilla:

«Cuando alguien decide matar, mata con lo que tiene más a mano y en una casa rural lo que hay a mano son hoces, hachas, cuchillos, “forcas” y similares».

El profesor, de origen gallego, Mandianes Castro, investigador en el CSIC en Barcelona, dijo en el curso de una conferencia pronunciada en el III Curso de Antropología Social celebrado en Orense durante los días de la matanza de Chantada:

«Los errores políticos y las continuas transformaciones ecológicas y sociales no explican en particular casos como el asesinato múltiple de Chantada, la conflictividad en Cangas o los continuos actos de violencia que por mar y tierra se registran en Galicia. No se pueden explicar estos casos individuales, pero sí tenerlo en cuenta para solucionarlos y no deshacer la mentalidad de las gentes porque quedan en vacío y no se tienen donde agarrar».

Añadiendo:

«La matanza de Chantada no fue justificada por los vecinos del lugar, pero puestos en las mismas circunstancias del homicida igual hubieran actuado de la misma manera, pues “un mal momento lo puede tener cualquiera”».

El psiquiatra Manuel Siotta, exdirector del Psiquiátrico de Toén, manifestará a El Progreso de Lugo: «Se trata de un estallido de violencia que parece tener un motivo que no es otro que la invasión del propio territorio. El drama de vivir en una comunidad pequeña es la defensa de la intimidad; algo muy difícil en un pueblo de Galicia. En la paranoia, tu intimidad se ve amenazada y crees que los demás te persiguen. Yo soy lo que tengo y mis propiedades y si alguien intenta rebasar los límites de éstas, atenta contra la identidad y antes de que le aniquilen, los aniquila. Así funciona la mente del paranoico».

José R. Vilamor, en un artículo titulado «Galicia, la sombra del cuchillo», publicado en el diario Ya, dice: «Al margen de connotaciones específicas de estos sucesos, sería muy difícil de entender ciertas conductas desviadas y extraños comportamientos si no se conoce la sociología y la psicología de las gentes del mundo rural gallego. Para algunos criminólogos hasta es probable que la matanza de Chantada sea “típicamente” gallega. Conviene aclarar que se trata de reductos aislados, pero son brotes de usos y costumbres que embargaron a ese mundo hasta hace un cuarto de siglo».

Tras hablar del papel relevante del hábitat en las conductas de los gallegos, añade Vilamor: «Creencias, herencias, casamientos entre consanguíneos, clima y cultura configuran a los hombres y mujeres de estas tierras, donde todavía el curandero es el mejor médico; el aficionado, el mejor veterinario; la bruja, la mejor consejera y extraños ritos, los mejores rezos».

Tópicos

Más tópico es el enviado especial de la revista Interviú, para quien el culpable no es Paulino sino «la puñetera tierra». «Se cuenta que Paulino es culpable -dice-. Mentira cochina: ha sido la tierra venerada, la tierra arada, la tierra acariciada, la puñetera de la Galicia rural. Y los perros sin amo, a la deriva y ladrándole a la luna igual que lobos».

Finalmente, Xosé Hermida, que titula su crónica en el diario El País: «El espectro de Paulino lleva cuchillo», escribe, tras decir que en Sórribas sólo queda estupefacción y un terror casi atávico: «¿Por qué ocurrió esto? se preguntan todos. “Lo que no pasa en mil años pasa en un día”, contesta un hombre en una conversación en la taberna».

El cómo sucedió la matanza de Chantada ya lo hemos explicado en esta pequeña historia. La cuestión estriba ahora en saber el porqué. ¿Por qué sobre todo en el medio rural? ¿Por qué en Lugo más que en las restantes provincias gallegas? ¿Por qué el Paulino en contra de las tesis del doctor Quintanilla, se suicida después de matar? ¿Por qué -como decíamos al principio- el paso del tiempo, con todos sus avances tecnológicos, físicos, políticos y sociales, no ha modificado los móviles del crimen rural?

Algo habrá que hacer para que Galicia no siga dando ese espectáculo de tierra de odios y enfrentamientos que se asemeja más a la Sicilia italiana que a esa «Suiza española» de la que habló la escritora Aneatte Meakin en un viaje famoso a nuestra tierra allá por los comienzos de este siglo.