Confiaba que te rescatara en aguas del Atlántico un submarino nuclear, pero al parecer has tenido éxito en tu travesía. Nos cuentan que llegaste el  Martes a Lisboa en el catamarán La Vagabonde. Me gusta la metáfora de verte llegar en un barco con ese nombre.

En España normalmente los chavales como tú, que no van al cole y que se fuman las clases del Insti acaban siendo eso, vagabundos.

Sin embargo tú, muchacha, eres una privilegiada a la que le pagan hasta la comida que come, se cuela de gorra en barcos que no son suyos por ser quien es y le ofrecen coches eléctricos por la jeta los imbéciles de los gobiernos de turno.

Menudo morramen.

Muchos chavales de este país tan contaminante, con tu edad, se ganan los cuartos dando clases particulares, currando a deshora en el Telepizza o repartiendo con la Vespino para poder ayudar a sus padres o para pagarse sus cosas; mientras, algunos de ellos, además estudian y se forman para mantenerse en un futuro y formar una familia. Tú, maja, te dedicas a recorrer el mundo a gastos pagados ordeñando a unos y a otros para tus papás y echando broncas. Tú, que no sabes una caca de la vida ni has trabajado ni, por lo que se ve, tienes intención de hacerlo.

 

Llegas en un catamarán que dicen que coge muy bien el viento de cola del Atlántico, pero que tiene un motor diésel. Osea que tú, chata, que vienes a abroncarnos porque los sucios e ignorantes camioneros parece que eligen un motor ”muy contaminante” por el mero gusto de contaminar (aunque en realidad lo único que quieren es llevar las habichuelas a sus hogares) pretendes ser muy ecológica y tal pero te pegas un rulo por medio Atlántico bombeando aceite desde la sentina mientras piensas en la bulla que nos vas a meter.

Me imagino que la ropa que usas no la fabrican en una nave de Bangladesh un montón de mujeres de piel cetrina esclavizadas que viven entre la mierda. Simplemente porque tienes pasta para pagarte una ropa certificada como proveniente de comercio justo. Una pasta que no es tuya y que sacas de los gobiernos a los que abroncas, es decir, en parte la trincas de mis bolsillos. Pero en España, que lo sepas, la mayoría de la gente no podemos permitirnos vestir a nuestros hijos a la última tendencia ecológica porque tenemos que pagar la sarta de impuestos que los políticos de turno nos extraen de la cartera, sin hablar ya de las tasas ecológicas que tú y gente como tú pretenden imponernos por respirar y emitir CO2 por nuestras fosas nasales. Y quizás por la retambufa, que no sé si eso es CO2 u otra cosa, tú me lo aclararás cuando me llegue la carta de Hacienda con la nueva imposición.

Tampoco tenemos pasta para sentarnos en Estocolmo en casita sobre un sillón de cuero de seis mil euros y diseñador exclusivo (sobre la pellica de un pobre animal, vamos), como hemos visto recientemente que haces tú, (tan seria como siempre) sobre las rodillas de tu avariciosa mami, que no duda en exponerte a los medios con tal de seguir manteniendo su tren de vida supersostenible.

El imbécil gobierno de Extremadura se ofreció a ponerte un coche eléctrico (por la jeta total, como soléis funcionar tú y tu familia), pagado por todos los españoles a los que vas a abroncar, para chuparte los seiscientos kilómetros que hay de Lisboa a Madrid y parecer mucho más ecológica. Pero, chata, estás en un país en el que ser ecológico sólo se lo pueden permitir unos politicastros que nos chupan la sangre y cuatro privilegiados más. Si no fuera así, te habrías encontrado cientos de puntos de recarga en tu camino, y mira que dudo que en Oropesa no te hubieras tenido que coger el ALSA cuando al cacharro ese le empezaran a parpadear los testigos de las baterías. Eso si el chupatintas este que tenemos de presidente no te mandara el Falcon a Talavera para recogerte. 

Pero ¿sabes qué pasa, guapa? Que a los españolitos de a pie no nos llega la camisa al cuello como para gastarnos cinco millones de cucas en un carromato a pilas, y más cuando no vamos a poder ir ni a La Manga en verano sin enchufárnoslo en las narices.

Al final resulta que ayer diste un golpe de efecto al decir que no quieres viajar en un coche con baterías de litio y que mejor te cogías el Trenhotel Lusitania, un medio mucho más ecológico según tu ecléctico criterio. Pero resulta que a los españoles (que tenemos el culo pelao de detectar chorizos y sinvergüenzas) no se nos escapa que a pesar de ser el tercer país del mundo con más kilómetros de AVE, Extremadura is different, y entre la frontera de Portugal y nada menos que Medina del Campo hay más de cien kilómetros que vas a estar metida en un convoy diésel que produce el doble de CO2 que los trenes eléctricos (y no digamos ya que un coche). De modo que se te ve el plumero, maja. Que en lugar de cogerte la mochila y hacerte cien kilómetros a pata (¡eso sí que habría sido ecológico, además podrías haber abonado nuestros encinares!) te agarras el tren con tal de tener tu minutito de gloria. Vaya bazofia.

A ver si con tu viaje bajas al mundo de los mortales y te empiezas a dar cuenta de qué va la vida, maja. Por no ir más lejos, mientras circules por Portugal, mira los miles de hectáreas calcinadas que vas a cruzar hasta entrar en Extremadura y pregúntale a los políticos portugueses que veas en el catering de la Cumbre zampando jamón de Aracena quién de ellos tiene acciones de la principal papelera “The Navigator Company” (antigua Portucel Soporcel), y porqué la peste de incendios que ha asolado medio país apenas ha afectado a los terrenos de eucaliptus de la compañía (dicho por ellos mismos). También puedes preguntarte si es lícito para una ecologista de salón como tú, que el principal accionista de esa empresa sea un fondo de pensiones de carrozas y matusas noruegos (es decir, de los vecinos ecológicos de tu tierra natal sueca), que sacan pasta (y nunca mejor dicho) de lo que arde en Portugal.

También puedes, echabroncas normanda, cuando salgas de Lisboa y entres en España (mi querida España) fijarte un poco en las dehesas por el rabillo del ojo mientras abres a escondidas tu sándwich de pollo de granja intensiva envasado en plástico que acaba de comprar tu padre en el vending del tren. Y, cuando tu papi te diga que es una maravilla de paisaje natural esto de las dehesas españolas, no te lo vayas a creer, porque la dehesa es el paisaje más intervenido del mundo. Es un paisaje más manipulado que tu prosa, niña mía del alma. Un puñetero paisaje de explotación de la naturaleza en el que se ordeña desde el chaparro hasta la pezuña del cochino para sacarle el último cuarto y poder así mantener a la purrela. ¡Bendito paisaje intervenido que os rompe los esquemas a todos los ekolos de salón!

Que no te cuenten milongas, chata, y entérate que sin el hombre las dehesas duran diez años hasta que los chaparros se secan y se quedan como mudos candelabros con todas sus ramas al cielo, llenos de chupones más gordos que tus piernas de niñata vegana de mentirijillas.

También entérate, moza, que desde que la Comunidad Europea nos ha reventado la agricultura y la ganadería con sus asquerosas subvenciones (cambiando trabajo digno por sucio dinero en lugar de mejorar el agro español), y desde que los ekolos como tú se han metido como un quiste en todas las administraciones (ignorantes que no han pisado el campo más que para liarse los canutos mientras llenaban todo de basura y plástico), no nos dejan podar un chaparro; al menos no nos dejan cortar ramas de más de trece centímetros de diámetro. Y entérate de que eso, chata, es como condenar el monte al abandono, porque nos dicen lo contrario de lo que nos decían nuestros abuelos, que era podar lo viejo y dejar lo nuevo. Y que estamos hasta las pelotas de decirles a los forestales de turno (que ya no son los forestales de antaño) que las encinas se secan de no podarlas, y que no pasa nada por cortar ramas gordas mientras sean las adecuadas.

Fíjate, pues, en eso, cuando vengas por la meseta en tu contaminante tren diésel.

Entérate también, amamantada del sistema, que nos han reventado la ganadería con tanta bazofia de normativa europea, y que para mantener un rebaño de lo que sea (elige especie) hay que hacer más equilibrios que tú en la borda del catamarán. Que ser ganadero español hoy día es como ser un kamikaze de esos que gritaban Banzai antes de esmoñarse con el puente de mando de un portaaviones norteamericano (me gusta el símil también por los miles de balas que sorteaban) y que los pocos que van quedando y que no han sido absorbidos por la ganadería intensiva (de la que zampa también tu país, como de los criaderos de bacalao llenos de antibióticos) son auténticos héroes de nuestro agro.

Cuando pases la Raya de Portugal, muchacha, también te puedes empapar de algo de la gloriosa historia de nuestra piel de toro en tu flamante móvil (que a lo mejor en un futuro se nutre del litio de la contaminante mina que quieren abrir en Cáceres con la oposición vecinal) y enterarte de que la Leyenda Negra española es una vil patraña inventada por los hijos de la Gran Bretaña (como los llamamos aquí). Por ejemplo, te puedes enterar de que gracias a los españoles dejamos camino expedito de retirada a Wellington por si se tenía que poner el culo mirando a naciente corriendo hacia Lisboa en la guerra de la Independencia.

Un Wellington cuya inexplicable estrategia se basaba precisamente en eso, en no cerrarse la retaguardia hacia Lisboa por si tenía que volverse cagando leches. Que te cuente tu padre, al que llevarás sentado al lado, cuando pases muy muy cerquita, en qué consistieron las batallas de La Albuera, la conquista de Badajoz o la operación de Hill en Almaraz para controlar el puerto de Miravete y el puente sobre el Tajo. Que te cuente qué habrían hecho Wellington y los suyos sin esos enanos hirsutos malcomidos de metro sesenta que se dejaron las pestañas guerreando con dos huevos en la sagrada tierra que vas a cruzar sin merecerlo, niña.

Que te cuente también la historia correcta, que de más de treinta mil españoles que se arriesgaron a dejar las tripas sobre la tierra de Talavera (algunos de ellos sin formación militar) sólo menos del 2% fueron los que se retiraron, y el resto mantuvo sus posiciones.

Y ya que hemos hablado de Almaraz, chata, cuando pases por la vía camino de Madrid fíjate bien en lo que vomitan las dos chimeneas de la central nuclear. No vayas a decir que aquí contaminamos, porque sabes perfectamente (no te supongo tamaña ignorancia) que es vapor del agua del Tajo lo que sale por ahí. Vamos, que podrías beberte un vaso de agua mejor que el salitre que te has chupado en el catamarán con lo que sale de esas chimeneas. Eso sí, creo que no deberías bronquearnos mucho por las nucleares españolas, porque desde la moratoria nuclear del 94 los españolitos de a pie estamos pagando en nuestras facturas de la luz los cinco mil setecientos millones de euros que nos supuso la broma de Felipe González. Así que vete a sermonear a tu padre.

Se os hincha la boca, emperatriz de la manipulación, con la sostenibilidad, pero a mí no me cuadran los números. Resulta que alguien ha tenido que pagar el transporte gratuito a los 26.000 chupatintas que habéis aterrizado en nuestra ciudad, mientras hoy mi hijo tiene que aflojar veinte napos por su abono transportes de este mes, habiendo nacido en la corte. Claro que ahora se dice que los cerca de sesenta millones de euros que nos hemos gastado en vuestro zafarrancho climático los vamos a recuperar con creces los madrileños, pero me gustaría saber quién se los ha gastado y quién los recupera. ¡Que ahí está el truqui!  Es decir, que me parece muy bien que los hoteleros, hosteleros, taxistas y demás se lleven la pasta de tanto mangante y vividor como va a asistir, pero parte de los gastos van a salir de mi bolsillo. Y eso ya no me gusta tanto. Porque yo no voy a recibir un puñetero duro y esta mañana me he tragado un buen atasco (contaminante atasco) por tu culpa, niña. No digamos ya nada de las 65.000 toneladas de CO2 que vais a generar con tamaño evento (ahí no se contabiliza el aumento del tráfico, claro), porque nadie sabe ni cómo ni cuándo ni quién va a recuperar esa cantidad que no parece preocuparos. Quizás nos aprieten el cinturón a los madrileños y nos quiten un mes de calefacción para compensar tu puñetero derroche, pequeño diablillo coletudo de cejas arrugadas. Eso si no me obligan a circular en patinete (con la edad que tengo) hasta que la diñe bajo las ruedas de un autobús eléctrico de esos que no hacen ruido.

Seguramente estos días estrecharás las manos de muchos próceres del ecologismo que te deslumbrarán con su labia. No te fíes, pequeñuela. Porque hay más probabilidades de encontrar en esa cumbre fósiles amigos de combustibles fósiles que en una reunión de la OPEP. Quizás ignoras la cantidad de “Al Gores” que están utilizando estas cumbres climáticas para blanquear su fama de ser una puñetera pandilla de ávidos tenedores de petrodólares.

Menos mal que todavía no viajas acompañada de tu hermana menor, a la que tus papás están lavando el caletre para hacerle activista feminazi y así poder seguir trincando pasta mientras os destrozan la vida a las dos. En cualquier caso, quiero que sepas que para cuando venga a darnos la brasa, tendré preparadas otras palabras de bienvenida parecidas a las tuyas o incluso mejores. Si todavía no está prohibido decir lo que uno piensa, claro (cosa que cada día dudo más en esta dictadura realmente repugnante en la que nos estáis metiendo).

Consulto, revoltosa Cruella de Vil del NOM, en la página web de la Confederación Asperger España y pone lo siguiente en su primer párrafo de la página de presentación (atenta, por favor, por si no te lo ha dicho tu médico de cabecera sueco):

“El síndrome de Asperger es un trastorno del desarrollo que se incluye dentro del espectro autista y que afecta a la interacción social recíproca, a la comunicación verbal y no verbal, incluyendo una resistencia para aceptar el cambio, con inflexibilidad del pensamiento y posesión de campos de interés estrechos y absorbentes.”

En el párrafo siguiente, pone:

“Utilizan el lenguaje de una manera levemente rara y toman a menudo significados literales de lo que leen u oyen. Son más felices con rutinas y un ambiente estructurado. Cuando encuentran dificultad en decidir qué hacer caen en sus actividades preferidas. Aman la alabanza, ganar y ser primeros; pero el fracaso, la imperfección y la crítica les resulta difícil de sobrellevar. El mal comportamiento proviene a menudo de la inhabilidad para comunicar sus frustraciones y ansiedades. Necesitan amor, dulzura, cuidado, paciencia y compresión. Dentro de este marco realizan grandes progresos”.

Esta página, que no parece precisamente tendente al desconocimiento de lo que es un Asperger, creo que te ha descrito punto por punto sin conocerte.

 Mira a ver si todo esto de tus bronquitas no es consecuencia de tu padecimiento. Hazte ver (si logras salvar la desmedida ansia de dinero que tienen tus papás) si tu pánico al cambio (climático, añado yo) no es consecuencia de tu cabecica y no del clima. Hazte revisar, si no es molestia, si tu inflexibilidad y tu obsesión con este tema no podría serlo por cualquier otro que tus papás hubieran puesto en tu mollera. Imagínate que te hacen obsesionar por ser una buena estudiante, o por trabajar tu empatía por los demás, o por abajar tu desmedida soberbia de niñata bien a la que le han dado la comodidad y el bienestar a esgalla desde los primeros biberones.

No vaya a ser que todos estos amigos del millonario húngaro que se frota las manos en su mansión mientras te ve por la tele de 262 pulgadas te estén cebando con frasecitas que interpretas literalmente, con datos pseudocientíficos sesgados sacados de contexto que tu almendra procesa escasamente y vomita tal cual le han entrado por la oreja derecha.

Piensa (ya que tu padre no lo hace) si le viene bien a tu padecimiento tanto jaleo fuera de casa, tan poca rutina, tantísimo ruido, y tanta desestructuración familiar. Encuéntrate una labor más sosegada (aunque sea ponte a escribir, chica, que puede que te asiente el seso). Porque, según leo, tu mal comportamiento (y lo es abroncar sobre lo que no conoces a quienes no conoces) puede ser la consecuencia de tu profunda frustración. Pues sólo frustración e ira es lo que destilan tus gestos y tus palabras, pequeña.

 Porque yo conozco a un chaval con Asperger que es un sol, un currante y un tío esforzado, que llena de felicidad a sus padres y al cual tú, con tu actitud, estás ensuciando. Y me imagino que, como él, habrá miles que dedican su vida a (al menos) no ir por ahí dando lecciones cuando ni tú misma las respetas.

Si estas palabras llegaran a tu oído (cosa que dudo seriamente), plantéate qué es mejor para ti, si la alabanza con la que cebas tu desmedida soberbia, o la crítica de alguien que te dice que el rey está desnudo.

Porque la vida de la gente normal, monita mía, está llena de frustraciones, reveses y contratiempos. Hay algunos que aprenden a llevar las cruces de este valle de lágrimas con una sonrisa en la boca, acordándose de Aquel que lo dio todo por nosotros. La gente normal, chata, tiene tantas frustraciones, reveses y contratiempos que aprende también a disfrutar de lo bueno que nos rodea. Aprende a sonreír (aunque sea un poquito), con un simple celaje de una puesta de sol de este mundo tan horripilante que te hemos legado los mayores, pero que sigue teniendo hermosura para parar un tren y para tapar la boca a tanto gilipuertas que anda suelto.

Esta Creación infinita que ni tú, ni yo, ni ningún humano podríamos llegar a destruir nunca, aunque nos lo propusiéramos. Porque (quiero que lo sepas) el fin de esta Creación no lo vamos a decidir nosotros por mucho que te empeñes, sino que ha de llegarnos de lo Alto el día menos esperado. Eso no quiere decir que podamos maltratar al mundo, antes bien hemos de ser responsables de la herencia recibida, pero vete a abroncar a tu padre, maja, porque aquí todavía sabemos cuidar de lo nuestro y decir “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por esta Creación tan maravillosa”. Y nuestro corazón se llena de alegría, y desfruncimos el ceño y quizás miramos al prójimo sin tanta ira y tanta mala leche acumulada, chata.

Dedícate, Greta, a dar gracias por lo que tienes. A mirar este mundo maravilloso y a aprender a dar gracias al Altísimo por tanta bondad y tanta misericordia al ponernos a cargo de su magna obra. Con eso como partida, quizás podrás empezar con mejor pie en esto del ecologismo, aunque sea de salón. Porque para venirte conmigo a tronchar jaras y enterarte de qué va esto en realidad, todavía no te veo.

Miguel Pastor Serrano