Nuevo año, nuevos propósitos. Te pido que dediques solo unos minutos a leer esta reflexión. Querría comenzar estas líneas presentándome. Soy un chaval como otro cualquiera de 20 años, estudiante de Medicina en Madrid. Me considero una persona normal, sin gustos ni personalidad extraña. Amigo de mis amigos y con ideas claras. Trataré de explicar ciertos hechos que actualmente, yo al menos, no he leído, pues en la actualidad aún se considera un tema tabú. Sí, así es, el tema de las llamadas drogas. Habría que empezar diciendo, ¿qué es una droga? Dice la OMS: "droga" es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, produce una alteración de algún modo, del natural funcionamiento del sistema nervioso central del individuo y es, además, susceptible de crear dependencia, ya sea psicológica, física o ambas. La pregunta ahora es, ¿qué considera la sociedad que es droga? He aquí el problema. Suele considerarse droga a las sustancias ilegales, en un intento de autoconvicción de que lo legalizado no tiene tantos riesgos. Subiendo un poco el listón, puede llegar a considerarse el tabaco como droga también, y así colocarse la “etiqueta” de “malo, perjudicial”, un logro sin duda, que ha parado algo, solo algo, su inicio de consumo precoz. Estamos en lo cierto, aumento del riesgo de cáncer, EPOC, afecciones cardíacas y del sistema cardiovascular, etc. Mucho por hacer queda, poca publicidad se hace de estudios como que más del 60% de los jóvenes que dan 1 sola calada a un cigarro, acabará fumando en su vida. Por probar, no pasa nada, eso “se dice”. Yo no he parado de ver amigos que han ido cayendo uno a uno en su consumo, tras “probar”.

En esta carta, no profundizaré sobre este tema, pues es largo de tratar, y querría centrarme en algo sobre lo que nunca se habla, en dos sustancias concretas. La nula percepción del alcohol (sobre todo) y cachimba en nuestra sociedad como drogas es flagrante. Me detengo un momento a observar mi alrededor. Toda la juventud bebe excepto contadas excepciones. Se ha hecho de la anormalidad la regla, conllevando que quienes no queremos beber seamos considerados los “raros”. ¡Qué paradoja! Continúo analizando y veo que todo el aparato mediático y social lo tiene aceptado como un hecho, no pasa nada por beber, más allá del alcoholismo o comas etílicos, evidentemente alejados del día a día, alejando aún más el temor de daño de la sustancia (nada del riesgo de cáncer asociado a varios tipos de tumores, daño hepático, elevación de GGT, esteatosis hepática, cerebro en formación hasta los 22 años, etc.). ¿Cómo empieza todo? La presión de grupo es evidente (durante años, a partir de la segunda década de la vida), es algo generalizado, típicas frases que aunque sean políticamente incorrectas en un medio de comunicación, suelen ser: “no seas maricón”, “que no pasa nada”, “vaya pringao, venga una sola”, “que te lo pasas mejor”; siendo frecuentemente mofa el tema, haciéndose bromas sobre ello y subestimándolo. Beber o ir de malote es “ser guay”, es la realidad actual en el mayor porcentaje social de mi franja de edad. Y se acaba cayendo, uno sigue fijándose y es así. Vamos a lo importante. ¿Qué es “beber”? No se debe criminalizar el consumo responsable de alcohol, tomarse una cervecita de vez en cuando, una copita de vino a veces, no sucede nada, siendo mayor de edad y sin patologías que lo contraindiquen. Pero, ¿qué busca la juventud al beber? Este tipo de consumo no es; sino que se busca en un inicio la desinhibición a nivel neuronal, para intentar socializar mejor, pasárselo bien, quedar bien, no ser “un rancio” o ser aceptado en un grupo. Pero este consumo es a base de cantidades muy superiores a las comentadas anteriormente y recomendadas, con las consecuencias sistémicas a largo plazo. Ya no es una cervecita o un vinito sino bebidas destiladas de alta graduación mezcladas con bebidas gaseosas azucaradas (con efecto de euforia al cerebro para contrarrestar la depresión alcohólica), una tras otra hasta acabar contento o un su caso borracho. Es decir, lamentablemente se usa como “medio” necesario el alcohol para un “fin” de relaciones sociales. Y así activamos el mecanismo de retroalimentación en el cerebro, con la autorrecompensa que subconscientemente lleva a repetir y acabar saliendo realmente para “pasárselo bien bebiendo”. Se pasa de “quedar para pasarlo bien” a “quedar para beber pasándolo bien”. Depender sin darse cuenta de él para pasárselo "mejor". Con una copa sola se empieza. ¡Qué movida, eh! Si aun así quieres beber, bebe por tu propio raciocinio, no por quedar de guay entre tus amigos.

Pasamos a la cachimba. Conocida por todos los jóvenes, omnipresente en discotecas, pubs, botellones, colegios mayores, capeas… ¿Qué creen que es? Vapor de agua, ya que el resto “se creen” que es filtrado. ¿Cómo es realmente? Las hay con y sin tabaco. Sea como fuere es más perjudicial que el tabaco, con mucho mayor contenido en CO, productos de combustión, añadido a sustancias saborizantes con posibles efectos cancerígenos (como los famosos cigarrillos electrónicos) a nivel pulmonar (sin olvidar que pasan a torrente sistémico). Interesados en más información pueden consultar en cualquier buscador, publicación científica o PubMed. Pues bien, en los últimos años se ha presenciado, con muy poca información difundida sobre ella, al consumo generalizado, como en el caso del alcohol, de estas “pipas de agua”, incluido en interiores. ¿Qué hace Sanidad? Nada. ¿Qué nos lleva a todo esto? Las redes sociales, los famosos influencers, las modas y cómo no “el postureo” (igual que con los cigarros). Todo ello hace pensar en la gente que consumirlo te hace más “guay”, queda bien en una foto o ante el resto de gente. Es infraestimado su potencial dañino.

Mientras tanto el actual Grupo de Trabajo del Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad, se mantiene adyacente, sin conocer realmente la situación tangible, sin trabajo de campo y sin campañas serias de concienciación. Soy estudiante y jamás he tenido ni en el colegio, instituto o en la actualidad ninguna charla o información localizable a mano sobre los verdaderos riesgos del consumo de estas sustancias, que como bien decía, no suelen considerarse muchas de ellas realmente drogas entre jóvenes. Nada más allá de: “el alcohol es malo”, “fumar mata”, “drogas malas”, “aprende a decir no”, “da cáncer”, etc. Este tipo de publicidad podría tener cierto efecto en menores de edad en la primera década de vida, pero es nulo a partir de adolescentes. Son cosas que todos conocemos. Es preciso dar datos concretos, objetivos, técnicos que permitan discernir realmente el por qué. Nunca hay que olvidar que el ser humano posee la característica del razonamiento, pero para poder razonar, precisa de datos que muchas veces no están muy a mano que se pueda decir. Si no es así, cualquiera pudiera decir, como ya sucede, “de algo hay que morir”, “por pillármela de vez en cuando no pasa nada”, “todo es malo en esta vida” y demás expresiones que ya habréis oído. Hay que comenzar a plantearse. ¿La estrategia actual no ha fallado? ¿No habría que plantearse un cambio de 180º en sus acciones? ¿Están ahí? Está claro, el riesgo de desarrollo de enfermedad en base a factores de riesgo es estadística, pero, para qué comprar una canasta de papeletas. El problema no es la muerte, sino la que se pasa hasta morir. Y aunque en un contexto diferente, también sería aplicable la locución médica “Primum non nocere”, primero no hacer daño, no hagamos daño al organismo. Nunca olvidéis, sed vosotros mismos, tomad las decisiones de la vida con autoconciencia, no porque nadie te lo diga, ni tus amigos. Si queremos formar a la gente a que realmente diga NO, no puede ser un NO porque lo dicen tus padres, unos señores del Ministerio u otros ejemplos similares. Debe ser por convicción personal y razones que conocéis a fondo reales, haciéndoos llegar el por qué, o acabaréis probando. Qué importante, no dejarse influenciar. Cuánta ética, racionalidad y pensamiento crítico-autónomo hace falta en esta sociedad con tan gran pérdida de valores.