Juan Jacobo Rousseau
 
Harían bien los dirigentes de los partidos democráticos en leer esta reflexión, no sea que estén fomentando, inconscientemente,  algo que ni ellos mismos quieren ni pueden defender.
 
Liberalismo no es lo mismo que defensa de la libertad. Liberalismo es la forma moderna del "Non Serviam" pronunciado por Satanás al rebelarse contra Dios. Frecuentemente utilizado este término de manera arbitraria e irresponsable por los políticos y creadores de opinión parece no implicar la mayor de las soberbias y herejías contra el Creador del mundo, cuando ésta es su única naturaleza.
 
Cuando la libertad del hombre no se utiliza para hacer la voluntad de Dios se utiliza para hacer lo contrario a su voluntad, porque sabemos por el Evangelio que "Quien no está conmigo está contra mí; y quien conmigo no recoge, desparrama", así que no hay término medio.
 
La doctrina política que incorpora en su esencia el liberalismo es la democracia y ésta, está perfectamente planteada por Juan Jacobo Rousseau, aquel hombre nefasto en palabras de José Antonio, en su libro "El contrato social", donde nos plantea que la sociedad tiene una conciencia propia por encima de las de los individuos, formada por la adición de cada conciencia individual a través del sufragio universal, la cual nos dirá, tras cada votación, qué son el bien y el mal, categorías absolutas reconvertidas así en relativas según esta teoría política.
 
Pero esta teoría adolece de varias hipótesis o premisas falsas. Veamos algunos ejemplos que así lo afirman:
 
¿Quiénes y cada cuánto tiempo establecen esas votaciones? Establecer una norma al respecto ¿no sería negar ya de partida la libertad defendida según esta teoría relativista que, por definición, prescinde de toda categoría absoluta o referente estable en el tiempo? ¿Quiénes y cómo deciden qué personas tienen derecho al voto? Y este derecho ¿es revisable mediante otras votaciones o es estable por un tiempo? Esta estabilidad ¿no iría en contra de la misma esencia del relativismo y, por tanto, de la democracia? ¿Se puede votar sobre cualquier cuestión práctica o moral o no? ¿Quiénes deciden qué cuestiones se pueden presentar a sufragio y cuáles no? Y esto ¿durante cuánto tiempo tendría validez? El resultado de cualquier votación ¿sería de duración y aplicabilidad ilimitada o definida? ¿Quiénes tendrían derecho y autoridad para presentar dichas cuestiones? ¿Cómo habrían sido elegidos? Sus planteamientos y decisiones ¿son susceptibles de votaciones sucesivas? ¿Cada cuánto tiempo? ¿Estarían llamados a votarlas todas las personas o sólo una cuántas seleccionadas? Seleccionadas ¿en base a qué criterios y por quiénes establecidos? ¿Criterios estables o cambiantes en futuras elecciones?
 
Podría seguir planteando cuestiones irresolubles desde el punto de vista liberal hasta el paroxismo, pero creo innecesario insistir cuando el lector atento habrá ya concluido cuál es la falaz esencia y perversa naturaleza de estar continuamente planteándose la relatividad de cualquier cuestión moral o práctica que, por naturaleza, son estables.
 
Se ha de concluir que llevar al límite la filosofía liberal es la única forma de ser auténticamente liberal, pero también de ser absurdo e inoperante. Cualquier límite o condición estable de partida nos presentaría un liberalismo reducido, lo que sería un contrasentido incoherente de por sí con la filosofía e ideología que dice basarse en él.
 
Por lo tanto, si hemos de aceptar ciertos límites a la libertad humana para tener referencias estables e inmutables estaremos diciendo implícitamente que las categorías del bien y del mal han de ser estables de por sí, lo que echaría por tierra toda la ideología liberal antes de empezar a construirla; además, esos límites no habrán podido ser establecidos por el hombre por las mismas razones, así que no cabe otra que concluir que habrán sido establecidos por una categoría superior a la del hombre, y ésta sólo puede ser llamada Dios.
 
Por lo tanto el liberalismo es contrario al concepto de Dios y nunca podrá estar ni recoger con Él. Ahora será el hombre, después de analizar lo dicho, el que deberá decidir, en base a su libre albedrío, si utiliza bien su libertad para hacer la voluntad de Dios o para hacer lo contrario a ella, pues como vimos antes, no hay término medio. Un demócrata nunca servirá a Dios. No puede. Ésta es la única realidad y conclusión posible. El liberalismo es absurdo.
 
Joaquín M. A.