Enrique García Martín es profesor de Lengua castellana y literatura desde hace once años y autor de “Historias de nuestra noble lengua: Compendio de relatos, anécdotas y curiosidades sobre el español” (Círculo Rojo, 2017), una obra que ha despertado mucho interés entre los amantes del español y ha recibido muy buenas críticas no sólo en España, sino a nivel internacional.

 

En su libro cita el reciente informe del Instituto Cervantes, según cual después del chino mandarín el castellano es la segunda lengua materna más hablada en el planeta superando al número de los anglófonos nativos. Sin embargo, esa enorme fuerza demográfica del español no se nota en el ámbito científico y empresarial, y cada vez se habla más sobre la necesidad de introducir el inglés como lengua de instrucción en las universidades españolas. ¿No le parece una situación paradójica?

 

Sí, efectivamente. Esta paradoja es el resultado de las políticas lingüísticas que tradicionalmente han llevado a cabo los diversos gobiernos de España en las últimas tres décadas, que van de lo malo a lo nefasto. De un sistema educativo público que introducía el inglés con mecanismos basados en la memorización de formas verbales y vocablos, sin apenas práctica comunicativa real, hemos pasado a un sistema actual donde se promueve que el inglés se asiente como lengua vehicular de la cultura en el ámbito académico y el español quede reservado para lo familiar. Esta situación es especialmente sangrante en España. Pese a ser el país hispanohablante con mayor PIB y contribuir con un 5% a la producción científica mundial, los textos en español difundidos por buscadores especializados en el mundo científico, como PubMed, no llegan al 1%. ¿Cuál es la razón? En mi opinión, el desinterés de los grandes partidos por promover el uso del español en campos técnicos y científicos. En el extremo contrario se encuentra el gobierno chino, que con sus luces y sombras, lo cierto es que está procurando que todos los estudios científicos realizados en su país o con participación de fondos estatales se publiquen también en chino. Gracias a ello, su lengua avanza con fuerza en el mundo científico.

 

China es un gigante, capaz de promocionar su lengua y cultura a través de políticas vinculadas a su expansión económica, política y militar. En cambio, los hispanohablantes nativos viven en una veintena de países, y cada una de esas naciones tiene sus propias políticas lingüísticas y culturales. Pese a la existencia de organismos de carácter panhispánico -como el Instituto de Cervantes, que desempeña un papel clave en la promoción global del español como lengua extranjera- parece que falta un proyecto común para posicionar el castellano como lengua de la ciencia y el conocimiento. ¿Qué se podría hacer para remediar esta situación?

 

Cambiar la política lingüística del Gobierno español. Si queremos que el mundo hispano, sin renunciar a las características propias de cada pueblo, busque los cauces necesarios para defender intereses comunes en lo social, lo político y lo económico, necesitamos gobernantes que se planteen ese empeño común como una prioridad. Es una tarea ardua, pero se puede lograr. Un ejemplo estupendo lo tenemos en la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), constituida por las 23 academias de la lengua española existentes en el mundo bajo el lema «Una estirpe, una lengua y un destino». Las 23 academias, coordinadas desde la sede madrileña de la Real Academia Española (RAE), trabajan en igualdad y continua colaboración, y este trabajo conjunto ha dado ya grandes frutos en forma de publicaciones, congresos, estudios filológicos, programas de formación… Por desgracia, no parece que los gobiernos españoles hayan tenido hasta ahora el mismo empeño que la RAE en propiciar la unidad de rumbo del mundo hispánico sobre la base de la lengua que nos une. Porque para eso, nuestros gobiernos tendrían que haber hecho lo mismo que hizo la RAE hace más de 60 años: mirar a los ojos a los países hispanoamericanos, de frente, como hermanos, para construir con ellos un proyecto común.

 

En “Historias de nuestra noble lengua” usted menciona unos datos muy sorprendentes que ponen en otra perspectiva la reciente polémica generada por la subtitulación al español peninsular de la película mexicana “Roma”. Por ejemplo, que las películas hispanoamericanas en 2014 no llegaron al 0,2% del total recaudado en las taquillas españolas. También he leído que los editores de los dos lados del Atlántico se lamentan de que los autores españoles no interesan allí y de que los latinoamericanos, más allá del boom, no interesan en España. ¿Ese desinterés mutuo no pone en peligro la unidad del español como lengua?

 

Creo que detrás de ese aparente desinterés hay potentes intereses. Para que los libros, las series y las películas de un lado del Atlántico alcancen el otro lado, no basta con la voluntad de autores y guionistas. Quienes deciden son las productoras y, de manera decisiva, las distribuidoras. Las diez mayores distribuidoras del mundo son estadounidenses. De hecho, muchas distribuidoras en España distribuyen únicamente material procedente del mundo anglosajón. Basta fijarse precisamente en Netflix, la responsable de ese asunto de los subtítulos de Roma. Netflix es una empresa anglosajona de entretenimiento con sede en California y que factura anualmente cerca de 7 mil millones de dólares. ¿Realmente nos puede sorprender que sus responsables subtitulen en español una película que ya está en español? ¿Es posible que no entiendan que, con las particularidades de cada variante, el español de México y el de España son el mismo idioma? No creo que sea algo que entre dentro de sus preocupaciones. Es más, creo que sus dueños aplaudirían a aquellos que dicen que “lo mejor es verlo todo en inglés”. Al fin y al cabo, más del 60% del entretenimiento que consumimos en España es de factura anglosajona. Las distribuidoras no parecen muy interesadas en acercar la cultura hispanoamericana al ciudadano español. Lo que importa es difundir el producto anglo con campañas virales de publicidad. A este paso, acabaremos viendo dobladas en inglés las películas que vienen de la América hispana.

 

También resalta en su libro que en los Estados Unidos, que desde mediados del siglo pasado es la fuerza motriz detrás de la pujanza económica, política y cultural de la lengua inglesa, hay más hispanohablantes que en la propia España. Sin embargo, allí también se nota cierto desprecio hacia el espanol. Como hace poco dijo el escritor Manuel Vilas “el castellano en Estados Unidos es una lengua susurrada”, un idioma hablado por mucamas y jardineros. ¿Se puede cambiar esa percepción negativa?

 

Mi experiencia con la presencia del español en EE.UU. es algo diferente. Se trata de un país con una gran extensión, y sin duda las vivencias de los más de 58 millones de hispanohablantes serán muy variadas, pero lo que yo he identificado en mis visitas es que el español, lejos de susurrarse, sirve como elemento de cohesión de la comunidad hispana. Una de las razones de que el español tenga tanta fuerza en EE.UU. es, además de la conocida inmigración llegada desde el sur, el hecho de que las familias hispanas usan habitualmente esta lengua en sus hogares. No renuncian a ella, sino que procuran que sus hijos y nietos la conozcan y la conserven. No es raro encontrar hispanos que llevan décadas en EE.UU., se han integrado completamente, pero mantienen un fortísimo acento al expresarse en inglés. ¿Acaso no son capaces de ocultarlo? Claro que sí, pero a menudo no les interesa hacerlo. Ese acento hispano es un rasgo de identidad del que a menudo se sienten orgullosos y que los acerca a otros hispanos, miembros todos de la minoría que crece con más fuerza en el país. Sospecho que somos precisamente los españoles los que más nos esforzamos en disimular nuestro acento. Aún no somos conscientes de que en el año 2050 alrededor de la mitad de la población estadounidense hablará español, y gran parte de esa población ocupará puestos clave en la sociedad estadounidense.

 

Los hispanohablantes ocuparán puestos clave en EE.UU., China va introduciendo el castellano en su sistema educativo, y varias organizaciones internacionales pronostican que el conocimiento del español será de importancia estratégica en un futuro no muy lejano. Sin embargo, las lenguas de trabajo de la Unión Europea siguen siendo el inglés, el francés y el alemán. ¿Cree que el brexit puede alterar esta situación a favor del español?

 

Nada cambiará mientras España no cuente con un gobierno que haga de la promoción del español el pilar central de su política lingüística. Si se consuma la salida del Reino Unido de la Unión Europea, únicamente dos países tendrán el inglés entre sus idiomas oficiales: Irlanda y Malta. La población de ambos ronda los 5 millones. Esta cifra no llega al 1,5% de la población total de la UE. Por tanto, si hablamos de lenguas maternas, no parece que el inglés forme parte indiscutible de la tradición cultural de los países de la UE. ¿Eso significa que va a perder presencia y peso? Posiblemente. El propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, lleva tiempo diciendo que el inglés, de manera lenta pero segura, está perdiendo importancia en Europa. Este lugar lo están ocupando el alemán y, sobre todo, el francés. ¿Y qué ocurre con el español? Que se elige a menudo como lengua extranjera por los estudiantes continentales, que es la primera lengua más estudiada en el Reino Unido después del inglés, pero que, por desgracia, para su promoción política en el seno de la UE depende de una clase política que ni siquiera tiene interés en asegurar el derecho de un niño español a recibir su educación en español en la propia España. El español es un idioma muy vivo, pero la fuerza vital del español no está en España.

 

 

 

Mientras tanto en España se observa la proliferación de los colegios bilingües, preferidos por muchos padres pero también criticados por aquellos que no están convencidos de las habilidades lingüísticas de los profesores. ¿Se puede enseñar historia o matemáticas con un nivel B2 de inglés, que es el requisito mínimo en varias comunidades autónomas?

 

Ser capaz de comunicarse en varias lenguas (no sólo en inglés) es algo positivo y que enriquece a una persona. No obstante, lo que vivimos en España con los colegios bilingües está, en mi opinión, muy lejos de constituir una verdadera formación en el aprendizaje de lenguas. Las administraciones autonómicas, con esa querencia tan típica hacia los titulares rimbombantes y las cifras aparentes, han querido colgar rápidamente en multitud de centros públicos el cartel de “centro bilingüe” y se han preocupado poco de la verdadera magnitud de la cuestión. Los centros se han apresurado a ser calificados como bilingües para no quedarse atrás, pero apenas se ha tenido en cuenta la preparación y las necesidades del equipo humano. Por poner un ejemplo, hasta hace tres años los profesores que impartían enseñanzas bilingües en Andalucía contaban con reducciones horarias que hoy han desaparecido. Ya no tienen ese tiempo extra para preparar sus clases. Se ha querido convertir a todos los grupos en bilingües, con lo que encuentras alumnos que apenas entienden los textos en español y mucho menos en inglés. Esto provoca que no pocos profesores estén solicitando plazas no bilingües para escapar de un tipo de enseñanza mal planificada por la administración. Y, por otra parte, se llegan a plantear situaciones tan paradójicas, que yo mismo he vivido, como el hecho de que los alumnos reciban la lección sobre los Reyes Católicos en inglés y con un texto sacado de un libro publicado en Inglaterra. Considero que la enseñanza debe mantener asignaturas tradicionales como el inglés y el francés, e incluso acercar al alumnado la posibilidad de conocer otras lenguas pujantes, como el chino, o también las otras lenguas cooficiales en España. Sin embargo, considero que en España la lengua vehicular de la cultura, y la principal de la enseñanza, es y debe ser la de Cervantes.

 

En España, la lengua del manco de Lepanto no se enfrenta sólo con la creciente dominancia global del inglés, sino que también hay cierta tensión y conflicto lingüístico en las regiones con idiomas cooficiales. Como ha mencionado usted, en algunas comunidades los niños castellanoparlantes prácticamente no pueden estudiar en su lengua materna. ¿Es inevitable el conflicto entre la lengua nacional y los idiomas regionales?

 

El artículo 3 de nuestra Constitución recoge la necesidad de proteger la diversidad lingüística de España, tanto en las lenguas cooficiales como en lo referido a las modalidades del español. No obstante, en su apartado primero explicita claramente que el español es la lengua oficial de toda España y todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. No existe conflicto entre lenguas, sino entre personas y políticas lingüísticas. En Cataluña, por poner un ejemplo, se ha pretendido convertir en enemigas dos lenguas que son hermanas, el catalán y el español, ambos idiomas de una riqueza extraordinaria, con un gran pasado literario y esa elegante belleza propia de las lenguas herederas del latín. Son lenguas hermanas, pero no iguales. El catalán es oficial en parte de España y en Andorra. El español lo es en 22 estados y territorios repartidos por todo el mundo. El catalán cuenta con algo más de 10 millones de hablantes, mientras que el español supera los 575 millones. Privar a un niño catalán de la posibilidad de aprender adecuadamente el español, es condenarlo a conocer a medias una lengua de uso internacional (y lo que es aún peor, haciéndole pensar que la domina). Los niños educados en el radicalismo excluyente acaban hipotecando su futuro por culpa de aquellos que quieren convertirlos en instrumentos de sus intereses. Es poner a la infancia al servicio de una doctrina, y eso me parece imperdonable. Y si esto es imperdonable, lo es más aún el negar a una familia su derecho constitucional a que sus hijos sean educados en español. Las lenguas de España deben convivir y ser respetadas, e incluso conocidas fuera de las regiones donde son cooficiales, pero sin olvidar que la lengua que nos une, y de la que depende nuestra propia existencia como estado, es el español.

 

Aparte de las lenguas cooficiales, es decir el gallego, vascuence, catalán y valenciano, hay otras hablas en España, cuyos defensores pugnan por el reconocimiento oficial. Esos movimientos parecen ser especialmente fuertes en el Principado de Asturias y en Aragón. Sin embargo, también se oyen muchas voces contrarias: algunas afirman que el asturiano (o bable) y el aragonés no son idiomas sino dialectos del español, mientras otras cuestionan la demanda social por la oficialidad. ¿Cuál es su opinión al respecto?

 

Aquí hay dos asuntos distintos, aunque relacionados: la lingüística y la política. El asturleonés y el aragonés son lenguas romances que, aunque mantienen muchos puntos en común con el español y han recibido su influencia, no pueden considerarse dialectos del mismo. Son idiomas distintos que, por cuestiones históricas y políticas, no han alcanzado el rango de oficialidad. Con esto no quiero decir que quienes reclaman su oficialidad tengan razón. En política lingüística, como en casi todo, hay dos extremos. Cuando hablamos de convivencia de dos lenguas en un territorio, tenemos a los que afirman que las lenguas minoritarias diferentes al español son superfluas y no merecen atención, y aquellos que consideran el español como lengua invasora que ha subyugado con violencia a la lengua tradicional y auténtica del lugar, sea el asturleonés, el aragonés o el catalán. Detrás de ambas posturas hay poca lingüística y mucho interés ideológico y de búsqueda del rédito político. Yo abogo por una postura intermedia y equilibrada: reivindicar el idioma español como lengua común de todos los españoles y de una comunidad internacional que supera los 500 millones de hablantes, y ofrecer la protección necesaria para que las lenguas minoritarias que se hablan en España no se pierdan y sigan formando parte del extraordinario patrimonio cultural de todos los españoles. ¿Y eso significa hacer a cada una de estas lenguas oficial en un territorio según su Estatuto? En principio no vería problema, siempre que realmente tal deseo responda a la voluntad de la población de ese territorio y que su oficialidad sea equilibrada. Por desgracia, la experiencia nos ha enseñado que los políticos tienden a romper este equilibrio en detrimento del español para, con una política excluyente y en algunos casos filofascista, convertir la lengua minoritaria en una supuesta seña identitaria contra el invasor. De ahí a que un maestro niegue a un joven su derecho de ir al baño si lo pide en español, hay un paso. Pero esto no es culpa de las lenguas. Ellas no saben de política.

 

Usted ejerce como profesor de Lengua y Literatura en un colegio público de Córdoba. ¿Es más difícil enseñar gramática y ortografía o transmitir el canon literario a los adolescentes de hoy, que ya apenas escriben a mano y se comunican por WhatsApp?

 

Es cada día más difícil, pero no por el WhatsApp. La configuración biológica del ser humano no ha cambiado en el último siglo. Los cambios sociales, sin embargo, se han disparado. Los chavales siguen siendo más o menos los mismos al nacer, pero al crecer viven una experiencia extraordinariamente diferente a la que los adultos conocimos a su edad. La tecnología digital lo ha cambiado todo rápidamente. Muchos padres ponen el móvil en manos de sus hijos desde que los llevan sentados en sus sillas de paseo. Los acostumbran a mirar fijamente pantallas de cristal líquido donde se reproducen series de dibujos con colores brillantes y un ritmo frenético que capta su atención. Ese es el ritmo con el que a menudo crecen con el propio móvil ya siempre en la mano o debajo de la almohada por la noche, pendientes de cualquier vibración. La soledad no es posible, pues permanecen siempre acompañados con sus grupos de WhatsApp, y el descanso y la calma se reducen o desaparecen. La propia individualidad se diluye y son ya siempre parte de un grupo que observa, juzga y fotografía o graba cada una de sus experiencias y sus momentos. Así van haciéndose mayores a menudo en familias rotas, con padres enfrentados y sin saber muy bien qué dirección poner en la ficha que les pasa el profesor de Lengua, porque muchos no tienen muy claro ya dónde está su hogar. Y tras recibir decenas de charlas en la escuela, los chicos se sienten machistas y acosadores si les atrae una chica, se culpabilizan a sí mismos por ser hombres, y las chicas acaban convencidas de que aceptar un poema romántico de un chico es someterse al heteropatriarcado, que ser dulce y vestir de rosa es propio de mujeres antiguas y dominadas, y como reacción se vuelven agresivas, siempre en guardia, enfadadas, violentas. Hoy es más difícil enseñar a los jóvenes, pero es mucho más difícil ser joven. No envidio sus vidas. Las hemos convertido en algo muy difícil de vivir.

 

Hace unos meses la exministra y dirigente del PP Isabel García Tejerina afirmó: “Lo que sabe en Andalucía un niño de diez años lo sabe uno de ocho en Castilla y León". Usted, que trabaja en Andalucía pero es originario de Zamora, ¿ha notado esa supuesta deficiencia del sistema educativo andaluz?

 

Es cierto que mi caso es peculiar. Como dice, soy profesor en Andalucía, pero como zamorano fui educado en centros públicos de Castilla y León. Mientras que Andalucía se encuentra a la cola de España en las pruebas PISA, Castilla y León encabeza esa lista. Concretamente, Zamora obtiene una puntuación de las más altas de España, similar a la media de Finlandia. ¿Cómo son posibles estas diferencias? Se lo voy a decir en pocas palabras: cesión de competencias a las Comunidades Autónomas. Con la cesión de la Educación a las Autonomías, se abandonó la unidad de criterio y actuación que aportaba la organización desde el Estado central. Cada Comunidad ha seguido su camino de acuerdo con la política y los intereses de sus gobernantes, y Andalucía se ha llevado una de las peores partes. ¿Son los niños andaluces menos inteligentes o espabilados que los zamoranos? En absoluto, eso se lo garantizo. Su potencial es el mismo. Por desgracia, se encuentran inmersos en un sistema en el que la Administración autonómica ha cuestionado tradicionalmente la labor del profesorado (recordemos que el gobierno socialista votó en 2017 en contra de considerar autoridad pública al profesorado). En Andalucía el principal esfuerzo de la Administración en los últimos diez años, que son los que yo he vivido como profesor, han ido dirigidos a subir los porcentajes de aprobados rebajando el nivel de exigencia y a reducir el absentismo convirtiendo los centros escolares en algo parecido a zonas de recreo donde lo importante no es estudiar, esforzarse, aprender ni crecer como persona, sino “echar el rato” y pasarlo bien. Esto ha hecho caer en picado la motivación de la mayoría del profesorado. ¿Cómo se va a quedar una profesora de Filosofía cuando uno de sus alumnos suspende en Bachillerato con un 1, reclama a Delegación y a los pocos días el centro recibe una llamada indicando que ese alumno está aprobado? ¿Y qué puede pensar un profesor de Lengua cuando un inspector le dice en una reunión formal que bajar nota a los alumnos en los exámenes por faltas de ortografía es “coercitivo y manifiestamente ilegal”? Son casos que he vivido de cerca. No obstante, y aunque parezca paradójico, también muchos chavales acaban decepcionados con este sistema. A medida que crecen, se van dando cuenta de lo poco que les ha servido todo el tiempo empleado entre las paredes del instituto.

 

Una nueva reforma educativa presentada por la ministra Isabel Celaá permitiría pasar de curso con una asignatura suspendida. Según el Gobierno socialista, esa medida es necesaria para no herir la autoestima de los alumnos.

 

Es una medida que entra dentro de la política de ausencia de exigencia que caracteriza a los últimos gobiernos en nuestro país, da igual el color. La autoestima de los alumnos es herida cuando llegan mal preparados a un mundo laboral duro, exigente, competitivo y que pocas veces perdona los errores. Los diversos gobiernos han querido convertir paulatinamente la escuela pública española en una burbuja donde no puede existir el fracaso ni la frustración, donde lo importante no es adquirir conocimientos o habilidades, sino que el niño esté a buen recaudo durante unas horas. Y ni siquiera esto ha salido bien. Porque al final lo que se están creando son adultos que quieren ser permanentemente niños y huyen de las responsabilidades y las obligaciones. No obstante, la ministra Celaá conoce muy bien las repercusiones de esta medida, por ejemplo, que los alumnos pasarán de curso e incluso podrán titular con la asignatura de Lengua castellana suspensa. Combinen esto con la enseñanza supuestamente bilingüe y tendrán casos como los que ya se están viendo en algunos centros: alumnado inmigrante que apenas sabe hablar español y que, al menos para tener su título oficial, nunca se verá obligado a aprenderlo.

 

El Ejecutivo de Pedro Sánchez también está a favor del lenguaje de la ideología de género. La vicepresidente del Gobierno incluso encargó un informe a la RAE con el objetivo de reescribir la Constitución en “lenguaje inclusivo”. Usted en su libro arremete contra los desdoblamientos innecesarios y otras extravagancias lingüísticas promovidas por el feminismo radical. ¿Cómo explicaría su postura a una mujer que se siente discriminada por lo que percibe como machismo lingüístico?

 

El uso de la lengua por parte de un individuo puede ser machista, pero la lengua, tomada en general como la suma de los usos que los hablantes hacen de ella, no lo es. La RAE, como todos los que nos posicionamos contra eso que se ha llamado “lenguaje inclusivo” se ha limitado a recordar que nadie particular, ni siquiera la RAE, fija el uso de la lengua. El uso lo fijan los hablantes. Uno no escucha en la calle decir “Hoy he quedado con mis amigos y mis amigas” ni “Se me ha hecho muy pesada la reunión de vecinos y vecinas”. El masculino se usa en español como género no marcado, por lo que engloba a personas de ambos sexos cuando estamos ante un grupo mixto. De hecho, es una característica muy inclusiva de nuestro idioma, pues incluye a mujeres y hombres. Este uso no se puede cambiar de la noche a la mañana por una imposición ideológica basada en los dictados de la corrección política, según los cuales (así se dice desde las filas extremistas) las mujeres se sienten invisibilizadas cuando no se las nombra en femenino. Esto, en mi humilde opinión, es tomar a las mujeres por seres débiles e indefensos que creen que si no se las nombra explícitamente es que no existen, y necesitan esa reafirmación. Yo no creo que las mujeres sean así. Tampoco creo que el interés de quienes defienden esta forma de radicalismo lingüístico sea defender a las mujeres. Defender a las mujeres es procurar que todas tengan un sueldo y una vivienda digna, que puedan conciliar una vida laboral plena con la maternidad si así lo desean, que no tengan que irse a otro país para encontrar oportunidades laborales dejando a sus familias atrás, que quienes las agreden o delinquen contra ellas (como contra cualquier otro ciudadano) cumplan duras penas de prisión. Sin embargo, en vez de afrontar estas cuestiones, parece más fácil hacerles pensar que son seres débiles, que están oprimidas por el heteropatriarcado y que necesitan un gobierno radical para que las proteja. Es una forma de conseguir votantes y subvenciones. Un extraordinario ejemplo lo tenemos en Andalucía. Cuando la Junta de Susana Díaz se empeñó en obligar a los docentes a usar el “lenguaje inclusivo”, no tardaron en contratar expertos afines que cobraban miles de euros por dar cursos y redactar guías sobre el uso inclusivo del lenguaje. Miles de euros sacados de nuestros impuestos. En Francia lo han tenido más claro. En 2017, la antiquísima Academia Francesa emitió un informe en el que alertaba de que la llegada del “lenguaje inclusivo” a las escuelas pondría a la lengua francesa en peligro de muerte. El gobierno francés no tardó en emitir una orden prohibiendo el uso del lenguaje inclusivo en cualquier texto oficial. Aquí, mientras tanto, el gobierno socialista de Pedro Sánchez acosa a la RAE para que esta eminente institución ceda ante su adoctrinamiento lingüístico. De locos.

 

En “Historias de nuestra noble lengua” usted trata temas tan diversos como el “lenguaje inclusivo”, los orígenes y variedades del español, así como el presente y el futuro de la lengua, mientras a través de anécdotas y relatos interesantísimos evoca diferentes personajes históricos y obras literarias. Sin embargo, el español es un tesoro inagotable y no cabe todo en un solo volumen. ¿Habrá segundo tomo?

 

Confío en ello. Por lo que sé, quienes han leído el libro han disfrutado tanto con su lectura como yo al escribirlo. Cada día reviso la prensa y las redes sociales para reunir nueva información interesante sobre el español. Yo creo que ya podría hacer tres o cuatro libros más, pero cuando llegue el momento seleccionaré lo más destacado y prepararé una segunda parte. Sin embargo, eso tendrá que esperar. Ahora mismo lo que tengo entre manos es la publicación de una nueva novela. Entre eso, mi trabajo como profesor y mi niña de cuatro meses, estoy más que entretenido.