Si hay algo que tienen en común socialistas, comunistas y separatistas, es que odian a Dios con todo su corazón, con toda su mente y con toda su alma, y que no pierden ocasión de demostrarlo. Lo mismo profanan su casa para desenterrar a un muerto que le honró, que derriban las cruces que recuerdan a quienes dieron su vida por Él, o amenazan con quemar sus templos, como ya hicieron sus antepasados en los años 30, a los que tienen por hombres dignos de veneración. Pero también practican otras ofensas más sutiles que nos intentan  camuflar como si se tratara de simpáticas creaciones artísticas que vienen a aportar algo de modernidad a una vieja tradición cristiana que se supone respetable. Y estoy pensando ahora mismo en el Belén navideño que ha montado la alcaldesa de Barcelona para escarnecer a los cristianos, que consiste en un montón de cajas abiertas y apiñadas como en un desván, que muestran al Niño Jesús junto a unos zapatos viejos y  unas maletas polvorientas, y cuyo mensaje no puede ser más claro: “estas imágenes que adoráis no son más que trastos inútiles y deberían acabar en la basura”. Ante todo ello me pregunto: ¿Cómo puede haber tanto insensato en el mundo?... Porque, adoptando y adaptando el criterio de Balmes, si se considera como probable al 50 % que  Dios exista o que no exista  -y eso que miles de santos, místicos y visionarios a lo largo de la historia afirman haber recibido pruebas de su existencia mientras que nadie ha recibido pruebas de lo contrario- ocurrirá una de estas dos cosas cuando nos muramos: Si le hemos dado culto y resulta que Dios existe entraremos en el paraíso; pero si no existe no nos enteraremos y no tendremos que lamentarnos de haber perdido el tiempo cumpliendo sus mandamientos. Y si no le hemos dado culto -más aún  si le hemos declarado nuestro enemigo- y resulta que existe, entonces iremos al infierno o  recibiremos cualquier otro castigo, que nunca sería agradable; pero si no existe, tampoco nos enteraremos y no tendremos ocasión de celebrar lo mucho que gozamos mientras otros rezaban y se sacrificaban.

Pero el Diablo es tan listo que ha convencido a media humanidad de que no existe nada sobrenatural, que no somos más que pura materia que se extingue con la muerte o se convierte en energía telúrica. Y como es rematadamente astuto, artero, sagaz, cuco, inteligente y ladino, se ha pasado la historia engañando a los hombres más cultos y sabios para para que le sirvan involuntariamente extendiendo con sus escritos sus mentiras por todo occidente; y ello  porque –misterios del más allá- parece que eso de capturar almas le resulta provechoso, aunque no podemos comprender qué puede ganar un ser infinitamente malo torturando a los pecadores a los que atrapa. ¿Acaso si se porta bien ante Dios siendo muy malo podrá ir algún día al Cielo?..¿Y qué pasaría si se rebelara dejando de cumplir su papel de malo y decidiera convertirse en bueno, solo para fastidiarle: entraría en el paraíso o se condenaría a su propio infierno y serían sus demonios los que le torturasen?... Esto es, sin duda, un lío teológico de tres pares de narices que yo no sé desenredar y el Papa Francisco tampoco.

Lo cierto es que el Diablo se desternilla cada vez que lee y relee la obra de tantos pensadores a los que engañó y especialmente la de  Freud, que niega rotundamente su existencia y justifica todas sus manifestaciones en el plano de lo físico con los argumentos más retorcidos e inverosímiles que se puedan imaginar. Pero yo voy a hablar  no de Satanás sino de sus acólitas, las brujas, a las que imagino carcajearse con igual intensidad al manejar, cuando tienen ganas de juerga, un libro del Dr. López Ibor que niega su existencia y explica  su proceso de creación en la mente de los cerebros enfermos. Y es que estas mujeres maléficas son más reales que el palacio de Oriente y se lo pasan bomba engañando a los psiquiatras. Y en sus aquelarres y conciliábulos, tal cual aquí cantamos coplas con una guitarra entre las manos,  ellas se dedican a improvisar poemas mientras ríen, ríen y ríen más que la divina Eulalia de Rubén Darío. Cierro los ojos, me concentro para asomar mi cabeza al inframundo y  no tardo en escuchar como un eco lejano  a cinco terroríficas brujas en plena algazara, recitando sucesivamente versos  que van eslabonando en pentástrofos octosilábicos con rima ondulante. Y esto es lo que oigo:

-Ja,ja,ja,ja,ja… ¡Qué tonto es el ser humano…

-Je,je,je,je,je… que traga nuestro veneno…

-ji,ji,ji,ji,ji…     y así entrega su destino…

-Jo,jo,jo,jo,jo…a Satanás, su patrono,…

-Ju,ju,ju,ju,ju…que es malo como ninguno…

 Ju,ju,ju,ju,ju …y en el momento oportuno…

-Jo,jo,jo,jo,jo… asciende desde su trono…

-Ji,ji,ji,ji,ji…     y se lleva a ese cretino…

-Je,je,je,je,je… a un lugar terrible y lleno…

-Ja,ja,ja,ja,ja… del ambiente más insano.

 

Y al terminar sus versos, veo a cada una coger su escoba, untarse un ungüento y volar hacia su faena nocturna. Una de ellas, muy conocida por los niños a través de los cuentos infantiles y no tanto por los adultos, que solo sueñan con ella de uvas a peras, se dirige a la cama de un psiquiatra, autor de ciertas publicaciones sobre las alucinaciones hipnagógicas, y en el momento en que se dispone a entrar en la fase REM del sueño  le susurra al oído el siguiente poema:

 

Esto te dice una bruja                 

que en el infierno se aloja               

por ser del diablo hija

y que es fea, mala y vieja                    

y en las tinieblas trabaja:                    

“Toda tu escritura es paja                   

y la ignorancia refleja

de una vulgar sabandija                             

que en un charco se remoja                     

cuando el deseo la empuja.

¿Cómo puedes tú, granuja,

solo porque se te antoja

y de manera prolija

convencer a quien se queja

de que una bruja le ultraja

de que tal cosa no encaja

con la razón y aconseja

un remedio que corrija

una mollera tan floja

que es propia de una maruja?

Como me llamo Piruja

que el día que yo te coja

te tornaré en lagartija,

pues quien de la fe se aleja

al demonio le agasaja”.

 

Y el psiquiatra no se da por enterado y sigue al día siguiente enfrascado en sus escritos con los que pretende volver locos a los que están cuerdos, lo que constituye el principal mandamiento de su código deontológico. Y la bruja ríe, ríe, ríe…

 

Pero claro: hay algunos pecadores que al verse en su lecho de muerte, deciden convertirse, ya sea por si las moscas, ya sea porque en pleno delirio preagónico han visto pasar por su habitación un  ser siniestro con cuernos, o han notado mientras descansaban el tacto de una pezuña larga y afilada rascándoles el ombligo. En estos casos tengo entendido que una voz de ultratumba les recita una quintilla:

 

No seas ahora cobarde

pues siempre fuiste valiente

y para cambiar ya es tarde;

pronto estarás muy caliente

como todo lo que arde.

 

Y es aquí cuando llega el momento sublime de la vida, que es precisamente aquel en el que nos damos cuenta de todo aquello que no deberíamos haber hecho pero que hicimos porque nos convenía. Y entonces tratamos de justificarnos si no de pedir abiertamente misericordia…¡Terrible momento!... Pero no quiero dejarles con mal sabor de boca. Esta historia, que trata de compendiar en unos pocos folios toda la historia del pensamiento filosófico, político y moral de la humanidad, tiene que terminar con una sonrisa. Y para ello he pensado en este “lamento del moribundo”, que espero no tengan que recitar en semejante trance ninguno de ustedes, queridos lectores:

 

En este momento aciago                                 

en que mi vida la entrego,                               

a todos vosotros digo                                      

-aunque al decirlo me ahogo-                          

que mi pena es un verdugo                             

que me oprime como un yugo.                       

Y al destino le interrogo                                 

el porqué de este castigo,                                

mas es sordo, mudo y ciego                            

e insensible a todo halago.                             

Y no penséis que lo hago                               

por tener subido el ego                                     

sino porque así consigo

calmarme, me desahogo                                  

y las lágrimas me enjugo                                

con un pañuelo que arrugo                              

cada vez que me desfogo                                 

contra mi gran enemigo

que es Cronos, ese dios griego

que en el lecho donde yago

me pide que beba un trago

que a tomarlo yo me niego

porque la esperanza abrigo

de que ese gran demagogo

que quiere sacarme el jugo

como un hambriento a un mendrugo

-y a quien yo le catalogo

como un segador de trigo-

no me gane en este juego

y se vaya hacia otro pago.

Y aunque en loas me deshago

para que escuche mi ruego,

por mucho que le bendigo

y que a Zeus le homologo,

con mi fe no le subyugo,

quizás porque no madrugo.

Y aquí mi vida epilogo:

Fui del juego un gran amigo,

alcohólico, mujeriego

drogadicto y también vago.

Y aunque parezca un endriago

por los vicios que despliego,

al confesarlos mitigo

los perjuicios que me irrogo

pues el pecado me plugo

y yo con ello apechugo.

Y ya no más monologo,

solo el descanso persigo;

quejarme es jugar con fuego

y a mí me causa un estrago

que alivio cuando me embriago.

Por ello del mal reniego;

ya el vicio me importa un higo

y por mi perdón abogo

pues no fui más que un besugo.

Y si por ser tan tarugo

la ley del karma derogo

a los listos les fustigo,

y ensalzo a quien es borrego

sin el menor empalago. 

 

Alberto González Fernández de Valderrama