Son las nueve de la noche del día 24 de diciembre y me dispongo a escuchar el discurso del Rey con escepticismo. Cuando acaba, sólo pienso en el vacío de una monarquía que, ante el tiempo turbulento que en este presente sobrecoge a los espíritus libres, y con la aparente autosatisfacción del actor con oficio, saluda y felicita a sus súbditos leyéndolos un texto anodino. Una plática trivial y complaciente en la que el esqueje del buenismo más rancio, de la corrección política más dañina, se halla absolutamente injertado en la conciencia de la Casa Real.

 

Tras una alocución plagada de lugares comunes, sin credibilidad ni vigor, sin ningún guiño capaz de alertar contra la intolerancia frentepopulista y su secuestro de las instituciones, la atmósfera regia nos mostró de manera inapelable lo superfluo de su existencia y, más aún, de su razón de ser. Seguir hablando de diálogo en estos momentos indica que nuestro rey o está en Babia o aparenta residir allí. ¿Cómo es posible hablar aún de diálogo con las espadas de los victimarios ya desnudas y prestas a seccionar cabezas?

 

De ahí que, oyendo su alocución, es consecuente pensar que Felipe VI parece haberse acomodado con indulgencia al frentepopulismo, del mismo modo que su predecesor supo ensamblarse en la corrupción felipista y en la alucinada hispanofobia zapateril. Es lógico, y lícito, creer que un rey es un hombre poderoso. Sin embargo, supone un infortunio para los destinos humanos cuando los poderosos de la tierra sólo son hombres principales en lo material, no respecto al espíritu. Si aquellos a quienes las circunstancias les han puesto en lo más alto no poseen un alma dispuesta para el sacrificio, ni hallan nada con qué saciar su ambición o su acomodo, aparte de considerarlos pobres de solemnidad, éticamente hablando, todo en la sociedad que rigen llega a hacerse falso y grotesco y a marchar torcidamente.

Los tiempos son muy duros. Sin embargo, es algo hermoso ser rey -decía un faraón de la XI dinastía, instruyendo a su hijo-. ¿No ha creado Dios a los jefes para que sostengan a los débiles. Álzate, pues, con todas tus fuerzas contra el desorden, y los hombres que pongas a tu servicio, elígelos sólo por sus méritos.

Esta filosofía, que siempre se ha visto como natural en las gobernanzas clásicas, no apareció, por desgracia, en la prédica real del pasado día de Nochebuena. Más allá de un insípido enunciado de buenas intenciones y algodonosos significantes, no pudo interpretarse nada semejante a un temblor verdadero; ninguna preocupación tangible por las denuncias de los agraviados ante tanta vileza y tanto abuso como los hombres y mujeres de buena voluntad vienen padeciendo por culpa de los dementes y los delincuentes que se pasean por nuestras instituciones.

 

¿Y qué decir de quiénes aconsejan a SM? ¿No es lógico, y lícito, preguntarse también por aquellos a quienes presta oído, y si es capaz de establecer diferencia entre las almas nobles y las de los villanos? ¿Por qué ninguna referencia a la Justicia, ni a la Educación, las dos columnas vitales de cualquier Estado? ¿Por qué no clama el Rey de los españoles ante la devastadora evidencia de que la espada de la justicia lleva décadas quebrándose contra los broqueles del poder? ¿Por qué tanta consideración hacia unos jefes de Gobierno socialistas cuyos abusos de poder derivan siempre en presidencialismo? ¿Por qué tantas obsequiosidades con un PSOE -y con sus cómplices- cuya historia constituye un retablo siniestro de crímenes contra España?

Si ya son detestables de por sí los ciudadanos reacios a ayudar a su patria, diligentes en hacerla daño, hábiles para el propio interés y torpes para los del Estado, ¿qué pensar de aquél que entre ellos es el más preeminente, al menos en teoría? Porque aunque se arguya que las funciones del Rey en una Monarquía parlamentaria son limitadas, SM tiene entre dichas funciones la de sancionar y promulgar las leyes aprobadas por las Cortes Generales, y nadie en posesión de escrúpulos de conciencia otorgaría su beneplácito a una legislación despótica y aberrante a la que pertenecen, por ejemplo y entre otras muchas, las leyes LGTBI y de la Memoria Histórica.

Y es bueno recordar de paso que también entre las funciones del Jefe de Estado se halla el mando supremo de las Fuerzas Armadas. 

Tras lo antedicho, si al pueblo miserable no sólo hay que defenderlo de los explotadores y de los perjuros, sino que sobre todo hay que defenderlo de sí mismo, ¿quién va a ampararlo de su propia miseria si los gobernantes que se dirigen a él como sus protectores o salvadores son insustanciales, demagogos o insidiosos? ¿Quién va a educarlo y prepararlo para que pueda defenderse? De ahí que los escépticos puedan decirse: ¿quién puede reinar o gobernar, sino el desleal, el necio y el corrupto, allí en donde todo lo que brilla no es sino traición, ignorancia y delito?

Recién iniciado el invierno, con sus oscuridades tenebrosas envolviendo a la sociedad española -permítanme utilizar la climatología como metáfora política-, la disertación regia no quiso, no supo o no pudo aportar ninguna luz para que los españoles consigan atravesarlas con una mínima esperanza. Sin embargo, a muchos millones de españoles les hubiera gustado escuchar de labios reales otro tipo de exhortación. Máxime teniendo en cuenta que nuestro Gobierno es una auténtica catástrofe, que los prevaricadores judiciales se empeñan más en alcanzar el plato de lentejas que en impartir sentencias justas, y que los educadores, los militares, los periodistas, los intelectuales y los chicos de la cultura son, salvando las excepciones de rigor, conserjes y subsidiados al servicio de los Poderes Oscuros.

El caso es que apareció el Rey, miró el papel, leyó con buena dicción, fuese y no hubo nada. Es decir, seguimos sin luz. Si a algún español de espíritu libre le quedaba alguna duda, ya sabe que la solución ha de buscarla en su propio esfuerzo y en el de aquellos que como él odian la esclavitud y aman la libertad, porque más allá de ese objetivo de libertad que abraza sus ánimos, el resto es pura devastación, y la tierra gloriosa de antaño es hoy un aprisco de ilotas y de eunucos.

Y añado una vez más: desgraciados los pueblos que necesitan héroes.

Jesús Aguilar Marina