Sr. Director:

Mientras la izquierda avanza cada día un poco más, con sus eternos aliados separatistas, el centro progresista sigue escondiéndose bajo el constante mantra de “no vamos a perder ni un minuto de tiempo en discutir acerca de hechos que ocurrieron hace más ochenta años”. Esa odiosa sordina, es lo que ha permitido a la propaganda comunista difundir una interpretación falsa, mendaz, aberrante, sobre nuestra reciente Historia. Una versión que, precisamente por carecer de oposición alguna, ha calado profundamente en una sociedad acomodada y lamentablemente acrítica, proporcionándole una lectura del pasado que distorsiona su comprensión del presente y compromete, muy seriamente, su futuro.

Esa lectura de la historia pasó a recogerse en declaraciones de parlamentos autonómicos, según las cuales el 18 de julio se produjo un golpe militar fascista contra una República legítima, y que no obtuvieron el rechazo de ese centro progresista. Nada les importó que la República se hubiera implantado por la vía de los hechos y prescindiendo absolutamente de cualquier vinculación con el Ordenamiento Jurídico precedente, pues llegó tras unas elecciones municipales y a través del “democrático” sistema, tan querido por la izquierda, de tomar las calles para sembrar el terror y forzar la abdicación de Alfonso XIII, un monarca demasiado influenciado por la suerte que los asesinos de Lenin habían deparado al Zar y a toda su familia (incluida la criada y el perro, por si animalistas y feministas albergaran alguna esperanza acerca de la catadura moral de quienes los manipulan).

Igualmente inocuo, para esos partidarios de “mirar hacia adelante”, les pareció el hecho de que los dirigentes de los partidos de izquierda, con el PSOE a la cabeza y bajo la creciente influencia del Partido Comunista, declararan constantemente, en sus propios órganos de difusión, y ahí están las hemerotecas para comprobarlo, que la república burguesa era un simple paso a superar cuanto antes, para caminar decididamente a la revolución y a la dictadura del proletariado; o que sólo las izquierdas estaban legitimadas para gobernar su idílica, a la par que denostada, república. Ni que esas palabras fueran ratificadas rotundamente con sus acciones revolucionarias, como la insurrección del Alto Llobregat en 1932, la revolución de enero de 1933, o la sangrienta revolución de 1934, las dos primeras lideradas por los anarquistas y la última por el PSOE (aunque los manifestantes de izquierdas combinen las banderas republicanas con las de los partidos que constantemente se sublevaron contra esa república).

Tampoco le dieron importancia al hecho de que las elecciones de 1936 hubieran llegado como consecuencia de una constante manipulación propagandística sobre supuestas torturas padecidas en las cárceles por los golpistas “demócratas” de 1934 (¡menos mal que eso no pasa hoy!), que durante su celebración se practicara una violencia generalizada sobre los votantes, o que se manipularan unas actas y se anularan otras a posteriori, siempre con el objetivo de favorecer una victoria del Frente Popular cuya falsedad se ha demostrado con total evidencia. Ni a las muertes y estragos producidos en la calle ante la pasividad del poder público, cuya actuación se manifestaba como especialmente “proporcionada” cuando sus autores eran las izquierdas, ni a la culminación de todo ese panorama con el asesinato del líder de Renovación Española, Don José Calvo Sotelo, a manos de los guardaespaldas de Indalecio Prieto. Nada de ello impidió que el centro progresista continuase “mirando hacia delante”, mientras, y ruego disculpas por la expresión, los propagandistas de la izquierda les iban “dando por detrás”.

Esa mercancía averiada, esa burra coja, esa impresentable visión de nuestra historia reciente, aunque a los adanistas de ese centrito apocopado les parezca tan remota, se convirtió, además, en la maravillosa llave que abría todas las puertas a su divulgador, permitiéndole, tanto el quedar bien en cualquier tertulia de bar, como acceder a los más altos cargos de la Administración, incluida la Judicatura, que nunca tuvo tanto de “Administración” de Justicia como en los momentos actuales.

En cuanto a la enorme distancia entre los momentos actuales y lo que ocurrió “hace más de ochenta años”, quizá deberíamos pensar un poco en la existencia, en ambos casos, de un golpe de estado inadecuadamente reprimido. En el acceso al poder de una izquierda desbocada. En los desórdenes generalizados y tolerados por un gobierno de esa misma izquierda, que alguien podría tomar como colaboración omisiva con los separatistas. En la constante erosión de la clase media, esa obra de Franco que constituye la única diferencia cualitativa de importancia entre aquel terrible pasado y este penumbroso presente.

Para desmentir la distancia invocada por los difusores del estúpido mensaje de “mirar hacia adelante”, basta con acudir al testimonio de los protagonistas de aquél pasado supuestamente remoto, a fin de analizar hasta qué punto carecen o no de actualidad. Por motivos de espacio, voy a limitarme a reproducir algunas frases de Enrique Castro Delgado, comunista renegado (tras contemplar en directo el paraíso moscovita), creador del Quinto Regimiento al inicio de nuestra guerra civil, y que pueden consultarse en su obra clásica “Hombres made in Moscú, Barcelona, 1963. “Hay que iniciar una campaña ininterrumpida por la amnistía. Los presos pueden constituir una base…” (pág. 184, sobre los golpistas de 1934 encarcelados). “Qué nos importa a nosotros que los obreros coman mejor… Cuanto mejor coman más difícil nos será movilizarlos… Necesitamos el hambre y el paro como a dos de nuestros mejores aliados…” (pág. 139, sobre la utilización de aquellos cuyos intereses dicen proteger, y el fomento de la miseria y el descontento como herramientas para lograr sus fines). “Habría que provocar un choque con la Guardia Civil o con alguien, un choque en el que hubiera muertos…” (pág. 102). “ayuda al Partido a desmoralizar al Pueblo, a enfrentar a las dos Españas, a reclutar gentes entre el rencor y la miseria…” (pág. 56). “En esto residía el peligro de la Iglesia… Porque crear ilusiones era reducir el volumen de la desilusión humana, que el comunismo necesitaba para crear sus ilusiones… Había que lograr, al precio que fuera, que millones de creyentes volvieran la espalda a Dios…” (págs.. 70-71). Todo ello debía hacerse, además, con dos herramientas fundamentales, cuales eran la mentira y el asesinato: “-¿Entonces debemos mentir? –Sí. Como debemos matar cuando el matar se convierta en una necesidad para la revolución o de la revolución” (pág. 130). Dos herramientas orientadas, directamente, a la ruptura del Orden Jurídico vigente: “La muerte de la segunda república será el nacimiento de nuestra república” (pág. 113).

“Mirar hacia adelante”. ¿Hasta que un descerebrado, como José Giral, decida “armar al pueblo” para resistir a la reacción?. Por cierto, ¿se han imaginado, durante estos vergonzosos y vergonzantes días pasados, a esos manifestantes, de Cataluña o Madrid, armados con fusiles suministrados por el Gobierno? Yo sí, y comprendo perfectamente el horror que vivieron los ciudadanos de derechas, o simplemente católicos, en Madrid, durante la guerra civil y bajo el terror rojo. Comprendo el horror y, precisamente por ello, me cuesta entender la negligencia, la desidia, la dejadez, de nuestra actual ciudadanía. Ante un horror que pudiera estar mucho más próximo de lo que piensan esos suicidas, partidarios de “mirar hacia delante”. Y ahora no parece haber un ejército dispuesto a evitar que esa media España sea exterminada. Y mucho menos, un General como Franco, capaz y dispuesto para conducirles a la victoria.

Luis Miguel López Fernández

Licenciado y Doctor en Derecho, Abogado, Máster en Derecho y Economía de la Empresa.