Teniendo en cuenta que hace seis meses Vox era un partido casi inexistente, es incuestionable que, en términos absolutos, los resultados que ha obtenido en el último ciclo electoral han sido buenos. Sin embargo, y puede ser que alimentadas por el enemigo, se habían creado unas expectativas completamente exageradas y seguramente infundadas que, al no cumplirse, han dado lugar a unas cierta sensación de fracaso y de frustración. De las expectativas exageradas vienen siempre las grandes frustraciones.

El primer paso ya lo han dado, ya están en las instituciones y con una presencia relevante, pero ahora viene lo verdaderamente complicado, ahora vamos a saber si Vox es otro experimento fallido o, si como muchos deseamos, es un partido que ha llegado para quedarse, para tener una influencia significativa y benéfica en el futuro de España.

Los 24 diputados que Vox ha conseguido en el Congreso, en el que la suma de los “anti España” disponen de una amplia mayoría absoluta, conseguirán que se oiga su voz, ganando mucha visibilidad, dirán –probablemente– “verdades como puños” y sacarán los colores (si eso fuera posible) al resto de los grupos parlamentarios, pero desafortunadamente no tendrán la más mínima capacidad para sacar adelante ninguna iniciativa. Es estupendo que hayan conseguido 24 escaños pero su influencia política será mínima. Igual pasará con sus tres flamantes eurodiputados.

En los parlamentos autonómicos y en los ayuntamientos la situación es, afortunadamente, muy distinta.

En Andalucía ya gobiernan PP y Cs con el apoyo imprescindible de Vox, y en al menos otras tres Comunidades Autónomas, incluyendo la C.A. de Madrid –sin duda la más importante de España-, más Ceuta y Melilla, su apoyo es necesario para que PP o Cs gobiernen. Lo mismo ocurre en numerosos ayuntamientos, incluyendo uno importantísimo como es, de nuevo, el de Madrid y los de otras 15 grandes ciudades, como Burgos o Córdoba, además de los de muchas poblaciones menores.

En esos ayuntamientos y autonomías, Vox tiene tres alternativas básicas, dos de las cuales dependen solo de él y una tercera que depende además de la voluntad de Cs y/o PP. A saber:

  • No apoyar la investidura de PP y Cs en ninguna circunstancia, permitiendo que gobierne el PSOE u otro peor (si eso fuera posible). Creo que sería un error de bulto, que no les serviría para nada y que les pasaría factura entre sus votantes. Descartada.
  • Apoyar la investidura del candidato del PP o de Cs en las autonomías y ayuntamientos donde les necesiten, pero a cambio de contrapartidas concretas, relevantes, tangibles, constatables y garantizadas (contrapartidas políticas en términos de compromisos irrevocables en cuanto a actuaciones del gobierno que se forme con el apoyo de Vox, no –evidentemente– de cargos para sus afiliados o cargos electos) y sin más compromiso adicional a futuro (después de la investidura habrá que negociar los apoyos caso a caso).
  • Entrar en minoría en los gobiernos, si les dejan, formando gobiernos de coalición con PP y/o Cs.

Si realmente Vox quiere cambiar España y cortar esta deriva destructiva a la que nos han llevado UCD, PP y PSOE durante los últimos 40 años (y cuando digo Vox no me refiero a sus principales dirigentes, la media docena de personas que han hecho el partido, empezando por Santiago Abascal, sino a las decenas de cargos electos: 47 diputados autonómicos y 535 concejales), creo que la única estrategia posible es la segunda de las tres listadas anteriormente: negociar caso a caso el apoyo para la investidura –como se ha hecho en Andalucía– a cambio de contrapartidas tangibles y garantizadas –lo que no se ha hecho, desgraciadamente, en Andalucía–, sin más compromiso que ese, y sin entrar en gobiernos de coalición o aceptar cargos distintos a los que les han asignados los electores.

No creo que nadie haya votado a Vox en ninguna autonomía ni en ningún ayuntamiento para que no gobierne el PSOE o cualquiera de los otros “anti España”: si fuera así, si ese fuera el objetivo del voto, directamente habría votado al PP o a Cs. Los votantes de Vox les hemos votado porque nos hemos creído que, de verdad, quieren cambiar España, y la quieren cambiar conforme a lo que han anunciado en su programa electoral, resumido en las “100 medidas para una España Viva”, documento que a pesar de dar la sensación de una cierta improvisación me parece que es un vademécum de medidas importantes, útiles y, desde luego, necesarias.

Vox tiene ahora la oportunidad de imponer algunas esas medidas (naturalmente las que afecten al ámbito municipal o autonómico) en cada municipio o en cada Comunidad Autónoma en los que les necesiten para formar gobierno o para aprobar cualquier ley o iniciativa, cuantas más mejor, sin prisa pero sin pausa. Ya habrá muchas otras oportunidades durante la legislatura (aprobación de presupuestos, aprobación de leyes, etc, etc) en las que les volverán a necesitar, y podrán cobrar el correspondiente “peaje” en término de aplicación de otras medidas o, llegado el caso, vetar las leyes que se pretendan aprobar y que colisionen con el programa de Vox; es lo que llevan haciendo durante décadas en el Congreso los pequeños partidos nacionalistas (PNV, la antigua CiU, etc) o regionalistas (Coalición Canaria y otros), con gobiernos de todos los colores y con notable éxito.

Si, en cambio, cometen lo que –en mi opinión– es el error garrafal de entrar en los gobiernos, o de aceptar cargos, poltronas o prebendas distintas al acta de diputado o al acta de concejal, será siempre con una presencia minoritaria, probablemente marginal, y caerán en una trampa mortal: su capacidad de influir será también marginal, serán cómplices (por acción o por omisión) de las acciones de gobierno que no encajen con el programa de Vox, su capacidad de negociación se verá reducida casi a cero (su única arma de presión será que dejan el gobierno) y sus cargos electos que empiecen a “tocar poder” y a notar en sus bolsillos las ventajas de ser un cargo público bien remunerado se “aburguesarán”, pasarán a pensar solo y exclusivamente en su interés personal y en mantener las poltronas (como la práctica totalidad de los cargos públicos del resto de partidos) y se desvincularán del proyecto ideológico de Vox. En definitiva, Vox pasará a ser “engullido” por el Sistema y terminará convirtiéndose de nuevo en un partido marginal o siendo absorbido por el PP.

Las autonomías, desgraciadamente, tienen una elevadísima capacidad de influir en la vida de los ciudadanos, y hay muchísimos asuntos en los que Vox puede ir ganando terreno (i.e., sacando adelante sus propuestas) en cada momento en que el/los partido/s que gobiernan le necesiten: medidas en relación con la mentira histórica, con la ideología de género, la educación, la sanidad, la inmigración ilegal, la cuestión LGTBI, las subvenciones a chiringuitos, el urbanismo, etc, etc. También en los ayuntamientos, aunque los asuntos suelen ser “más pegados al terreno”, hay oportunidades de imponer algunas de las medidas del programa de Vox (lucha contra la venta ambulante ilegal, desalojo de “okupas”, subvenciones a chiringuitos, eliminación de leyes, normas y reglamentos municipales que coartan arbitrariamente la libertad individual, apoyo a la tauromaquia o a las expresiones culturales y religiosas tradicionales, etc, etc).

Confío en que sean inteligentes y sepan elegir la estrategia que más les conviene, en mi opinión la única que les conviene, pues en caso contrario sus cargos electos disfrutarán de cuatro años de bonanza (y muchos se reengancharán después con otro partido, del color que sea, para mantener el sillón) pero el proyecto, el partido Vox como muchos nos lo imaginamos y al que hemos apoyado, se disolverá como un azucarillo. Espero que las declaraciones de algunos de sus dirigentes, por ejemplo la Sra. Monasterio, sugiriendo que Vox entre en los gobiernos que se formen con su apoyo sea solo un arma de negociación y no sea el anuncio de lo que –para mí- sería el suicidio, lento pero inexorable, de Vox.

En las próximas semanas Vox se juega su ser o no ser. Ojala, por el bien de España, que no se equivoquen.