Como nos dejó escrito el último Papa que ha sido elevado a los altares, San Juan Pablo II, en la imprescindible encíclica Veritatis Splendor, "una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como nos demuestra la historia". Pero ni los españoles leemos las encíclicas de los santos, ni tenemos, como pueblo, mucha más memoria que una sardina. Y la consecuencia de todo ello es que hemos consentido que esta presunta democracia que padecemos hoy sea lo más parecido, en lo institucional, a un circo ambulante por el que desfilan los más pintorescos y extrafalarios personajes, todos además cobrando de nuestros bolsillos.
 
Durante la enésima constitución de las Cortes que hemos vuelto a ver esta semana, en un bucle tan reiterativo como ridículo, han pasado por los escaños del Congreso individuos que difícilmente podrían encontrar trabajo en una pequeña o mediana empresa, no digamos en una multinacional. Algunos parecía como si viniesen de hacer deporte, otros como si fuesen a una manifestación por supuesto antiespañola. La diputada más joven, Marta Rosique, tiene 23 años, pertenece a ERC, odia a España, dice que es antifascista y feminista, y cuando subió esta semana a la tribuna de oradores para leer (como le correspondía en razón de su corta edad), los nombres del resto de los diputados, no tuvo el menor problema en leer los nombres de los golpistas catalanes.
 
Para cuando el simpático émulo de Valle Inclán quiso apercibir a quien podía ser su nieta, ésta ya había deslizado los nombres de los individuos que están en la cárcel (seguramente por poco tiempo), por haber dado un golpe de Estado contra la sagrada unidad nacional. Para esta niña, que evidentemente no ha leído absolutamente nada en sus 23 años de vida (al menos, nada de provecho), los golpistas merecen categoría de diputados. Ella, como su jefe Rufián que gana 85.000 € al año por intentar destrozar España, representa lo más florido y granado de nuestra actual clase política. Acatando la Constitución por imperativo legal, y añadiendo cualquier desfachatez que les apetezca, porque todo se consiente.
 
Y es que, volviendo a nuestra cita inicial, son todavía pocas las desgracias que nos ha acarreado la permisividad suicida que nos caracteriza como pueblo. Dejando que hagan con nosotros lo que quieren, permaneciendo así, cruzados de brazos, ante sus desmanes y tropelías, no hacemos sino agrandar el hoyo en cuyo fondo, no lo duden, irá a parar la nación española si sigue en manos de esta nefanda casta de políticos profesionales. Con Marta Rosique, con Pablo Iglesias, con los proetarras de Bildu, con esta fauna que vegeta en la Carrera de San Jerónimo, llenando sus cuentas corrientes, y las de sus partidos, mientras liquidan lo poco que va quedando de la antigua grandeza de España.
 
Pero si esperpéntica y bochornosa fue la nueva apertura del periodo de sesiones, no lo fue menos la habitual parafernalia constitucional de cada 6 de diciembre, con los topicazos infumables sobre el carácter casi sagrado de la Carta Magna, con el desfile, los postureos y los corrillos que perpetran los plumillas lacayos del sistema. Lo que se dice un memorial de la mentira. Un verdadero homenaje nacional a las trolas de consenso que nos han empujado a donde estamos ahora: una nación ingobernable, en la ruina económica, en manos de nuestros peores enemigos internos, que se encamina hacia una casi inevitable balcanización. En las sonrisas y bromas del cocktail constitucional, los actuales padres de la Patria no parecían especialmente preocupados por ello.
 
Y es que, "una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto", que es donde estamos ahora mismo. En el totalitarismo demócrata. En una apariencia de libertades y derechos que sólo existen en el papel y en el imaginario colectivo, porque la sociedad es cada vez más esclava de los peores vicios, de las actitudes más abyectas, de la mediocridad más insoportable. La tiranía de los inmorales ha sustituido a aquellos antiguos regímenes, ahora escarnecidos sobre los restos mortales de un Jefe de Estado, que sólo pusieron dos cosas por delante de la libertad: la inmarchitable Fe en Cristo Rey, y la sagrada unidad de España. 
 
Hoy necesariamente, en el Día de la Inmaculada Concepción, hacemos como los miembros del Tercio Viejo de Zamora, que vencieron en la batalla de Empel tal día como hoy de 1585. Allí intercedió por España nuestra Madre Celestial, haciendo que las tropas españolas derrotasen al enemigo holandés, que contaba con miles de soldados más. Hoy también, como entonces, la Patria está en peligro, y será oportuno que miremos al Cielo si queremos librarla de esta plaga nacional, acaso más peligrosa que aquella flamenca.