Como todos los buenos oradores una cosa es lo que llevaba preparado y otra, parecida pero distinta lo que al final dijo. Esto era lo preparado por Martín en su discurso contra la Ley de Memoria Histórica y la exhumación de Franco y al final el vídeo completo de lo que finalmente dijo:

El pasado 30 de septiembre se perpetró la penúltima felonía de este régimen, cimentado en la traición, la mentira, el odio, el rencor, la manipulación, la persecución y la destrucción del adversario, por todos los medios a su alcance.

Del régimen del 78, sí, porque pese a que los autores intelectuales – me duele la boca sólo de pronunciar la palabra intelectual referida a cualquiera de ellos - de tal felonía son las dos últimas generaciones de inquilinos de Ferraz (Zapatero y Sánchez y sus respectivas cohortes), los autores materiales son muchos más. Ellos también, por supuesto; los socialistas también. Por eso empezamos hoy aquí, entre sus vómitos de rencor y su exultante sensación de victoria…. sobre un cadáver enterrado hace casi 44 años.

Pero son muchos más:

En primer lugar, todos los representantes del arco parlamentario de la supuesta oposición que, como viene siendo tradicional en la derecha española, desertaron de sus obligaciones morales, de sus principios teóricos y de sus fidelidades familiares e históricas, permitiendo que la miserable, ruin, ilícita, falsa y retorcida Ley de Memoria Histórica saliera adelante sin oposición ninguna. 198 votos a favor. Ninguno en contra, mientras sus padres y abuelos se revolvían en sus tumbas.

Entonces los representantes del PP, los del extinto “centro” incorporado a ese partido y del nuevo centro naranja, se abstuvieron dando carta de naturaleza y supuesta argumentación jurídica al Tribunal Supremo. Se abstuvieron, no sin antes consagrar una segunda traición a perpetuidad: el recurso de inconstitucionalidad que prometieron presentar y que jamás presentaron.

Ellos, los únicos que podían hacerlo como prometieron a sus votantes, desertaron una vez más de sus obligaciones morales y éticas, y de sus supuestos principios y consagraron el mayor atentado contra la libertad, que haya visto “estepaís”, que ahora todos pretenden llamar de nuevo España - mientras dure la campaña electoral, claro - justo cuando prácticamente la han destruido del todo.

Su traición – quede para la historia – dio carta de naturaleza a la Ley de Memoria Histórica que ya no se puede recurrir, pues dejaron tibiamente vencer los plazos en lo que se me antoja un acto criminal - al menos en el terreno de lo moral y lo político - basándose quizá en la creencia de que el rencor y el odio se darían por satisfechos con unas pocas plazas de calles. ¡imbéciles! ¡Cobardes! ¡Desertores! ¡Inútiles políticos!

¿Cuándo la izquierda, desde su existencia, ha dejado de recorrer su camino de crimen, rencor y odio antes de llegar al final? ¿Cuándo? No les importan las etapas, ni los tiempos, ni los métodos a emplear. Ni tienen prisa ni tienen escrúpulos. ¡Jamás abandonan el odio!

Por eso la responsabilidad de su cobardía resulta tan grave y patética.

Ahora, el nuevo frente popular, fiel a su modelo de seguir el rastro de sangre muerta - que la viva les da mucho miedo - promueve una segunda versión de aquella felonía, una segunda Ley de Memoria Histórica. Y en el camino, modifican a su antojo, sin oposición, por decreto, con nocturnidad y alevosía lo que sea necesario para dar apariencia de legalidad a sus vejaciones y profanaciones. ¡Ay cuando descubran que no hay sangre ninguna - ni viva ni muerta – para oponerse a su tiranía!

Cuando descubran que aún sigue habiendo quienes creen que no ha llegado la hora, que hay que esperar, que hay que acatar las resoluciones, aunque sean injustas. Que qué se la va a hacer. Que hemos hecho “todo lo que hemos podido”.

Cuando constaten que, una vez más, la derecha cobarde se alinea con el silencio y calla miserablemente dejando pasar el tiempo para que sea irremediable y no conlleve supuestos costes políticos.

Cuando descubran que los que no somos la derecha, los que descendemos ideológicamente de aquellas organizaciones que hicieron entonces lo que hoy no se hace - lo único que se podía hacer - que era alzarse contra el terror, la tiranía y la muerte, tampoco esté claro que vayamos a ser capaces de estar a la altura de las circunstancias.

Aún recuerdo cuando, hace ya muchos años, se nos pedía continuamente, desde nuestro supuesto arco ideológico, que no hiciéramos esto, que no hiciéramos lo otro, que nos iban a cerrar el Valle, a desenterrar a Franco y a José Antonio, a ilegalizar, en definitiva. ¿Alguno de aquellos taimados, quizá hoy aquí presentes, sabe qué dice la segunda Ley de Memoria Histórica ahora en proceso y cuáles son sus pretensiones? ¿Alguno tiene dudas hoy de cuál es el destino que espera al Valle de los Caídos, a nuestros muertos y a nosotros mismos, si no somos capaces de plantarles cara?

¿alguno ignora que esto no ha hecho más que empezar?

¿alguno cree aún que aquella falta de respuestas firmes y contundentes en el pasado sirvió para algo? ¿para evitar lo que está finalmente pasando?

Pero citaba desde el principio entre los responsables a izquierdas, derechas y taimados, pero advertía que no eran los únicos.

En segundo lugar, está la cúpula de la Iglesia, como institución, y su actitud, una vez más, no solo cobarde sino miserable y estúpida. Quizá crean que la próxima vez no asesinarán a sus obispos, a sus monjas, a sus sacerdotes. Quizá crean que con la profanación de la sepultura del Generalísimo ya no habrá más violaciones, más exposiciones públicas de féretros y cadáveres de creyentes y religiosos. Que se darán por satisfechos. Que ya no tendrán que hacerse perdonar nada.

Estúpidos. La ministra Calvo tuvo mucho más coraje – y más bilis – al recordar a la curia, ante las palabras del nuncio apostólico saliente, cuáles eran las “responsabilidades” de la Iglesia. Mucha más que la Iglesia en defender a su nuncio y, de paso, en recordarle a la ministra las razones que ligaron la Iglesia al Régimen antes de que, como todos, empezaran a desertar como ratas.

Y digo “responsabilidades” porque así se las deja imputar Roma y la Conferencia Episcopal Española. No razones, no. “Responsabilidades indecentes” de apoyo a un régimen que, por arte de malabarismo histórico y ante la deserción mayoritaria de todos, pasó de ser guía de la cristiandad y reserva espiritual de occidente a sistema opresor, clerical y malvado, digno de reprobación pública. Una amenaza que no pasó desapercibida en Roma.

Así, aquel que comandó la rebelión contra el exterminio físico y el genocidio de creyentes, perpetrado por el Frente Popular, homólogo al bloque de izquierdas ante el que nos manifestamos hoy, que fue bendecido por los papas, hecho caballero de la Orden de Cristo y a cuyo levantamiento denominó Cruzada la Iglesia con el beneplácito del predecesor de Francisco en la silla de Pedro, según nos recordaba hoy Sertorio desde las páginas de El Manifiesto, se ha quedado solo, abandonado por todos ellos mediante la indiferencia, el silencio y la deslealtad.

Incluso se nos anuncia desde el vertedero de opiniones de algunos de los medios del actual Frente Popular, que este sábado ha sido derribado el último escollo de dignidad – que digo el último, ¡el único! – que no es otro que el Padre Santiago Cantera, prior de la Abadía como todos saben y que, con un arrojo, una decisión y un valor encomiables, ha impedido hasta ahora la ejecución de la profanación. Pues bien, si la información es correcta, Dios no lo quiera, el Abad sería apartado de un modo u otro, sancionado y expulsado incluso de la orden si se mantienen en su firme voluntad de no ceder a las amenazas ni permitir la felonía. Y sería Roma quien tendría que hacerlo.

Vaya desde aquí, pater, nuestra admiración, nuestro respeto, nuestro apoyo y nuestra incondicional disposición a ayudarle, a protegerle, a combatir a su lado en la forma que usted nos permita, pater. A pegar nuestra espalda a la suya hasta donde nos pida. Sin límites.

Pero no terminaríamos este repaso de traiciones gruesas, notables, obvias y de máxima responsabilidad, si no hiciéramos una referencia clara a la judicatura, que no a la Justicia.

Porque, en tercer lugar, está la responsabilidad del Tribunal Supremo que es, con mucho, probablemente la más grave. El odio y el rencor en la izquierda se presuponen e imprimen tanto carácter en la misma como al Padre Cantera el sacerdocio y a la derecha amplia, la cobardía.

Pero ¿Qué esperanza queda en un supuesto Estado de Derecho, si la separación de poderes - esa que la propia sentencia achaca al régimen anterior - y el imperio de la ley para perseguir fines justos y legítimos son dinamitados desde la más alta magistratura jurídica del estado, sobrepasando todas las fronteras y dictando resoluciones políticas, sectarias y manifiestamente injustas?

¿Qué espacio nos deja eso a nosotros, los ciudadanos a los que nos secuestran los cadáveres de nuestros muertos, se nos obliga por la fuerza de la ley a ocultar o abjurar de nuestros principios, nuestras ideologías, nuestros credos y nuestra fe, y se nos priva de la posibilidad y la decisión de enterrar y custodiar a nuestros muertos como mejor nos parezca y se nos niega incluso el derecho a rendirles tributo, si ese es nuestro parecer?

El Tribunal Supremo, en un alarde que algunos tildan de prevaricación manifiesta, se ha pronunciado de forma unánime y sin fisuras, en contra de la libertad y del derecho. En su sentencia reconoce sin rubor las características ideológicas y políticas que mueven al Consejo de Ministros para llevar a cabo la profanación de los restos del Generalísimo, sin atender a que ello está expresamente prohibido por la Constitución que tanto veneran.

Más aún, saben y manifiestan que se trata de una decisión de caso único, en contra de los fundamentos jurídicos más elementales, y en ello apoyan su decisión. En ello y en la coartada facilitada por la derecha de no oponerse a la Ley que lo hace posible, ni recurrirla hasta darle firmeza.

En esa sentencia, además, se arrebatan derechos fundamentales como el de custodiar y enterrar a tus muertos donde quieras; por tratarse de Franco – y supongo que de cualquier persona excepcional, según sus propios criterios. Supongo que la excepcionalidad vendrá dada por la pertenencia a un grupo ideológico determinado, de esos que ellos llaman con verdadero abuso y hartazgo fascistas. Ahí, sí, ahí los derechos con respecto a los deudos se los pasaran por el forro polar.

El Tribunal Supremo, además, ha privado a la Iglesia de su derecho a la inviolabilidad de los lugares sagrados, de las tumbas y los restos mortales de sus hijos. Y aunque nadie le ha preguntado por ello, ha resuelto asuntos fuera de su competencia, como una simple licencia de obra, imponiendo o tratando de imponer su criterio al juez del caso y ha pretendido hacer decaer por la vía de los hechos consumados, lo que en derecho no solo no ha decaído, sino que ha sido ratificado “senso contrario” ayer mismo, por el Prior: la negativa de otorgar permiso de entrada para llevar a cabo la profanación.

Por eso hoy, en otro alarde de independencia judicial y ante la prisa electoral del Gobierno, ha pretendido zanjar asuntos tan elementales planteados por el prior, como la necesidad de respuesta a su recurso, antes de suspender las medidas cautelares, que sin embargo ha suspendido sin dar explicaciones.

Y por supuesto ha rechazado las aclaraciones de sentencia solicitadas por la familia, ha obviado el anunciado recurso al TC, ha dado al gobierno permiso expreso para entrar por la fuerza – puesto que consta la negativa del prior - y solo le ha faltado gritar, al conductor de la excavadora, que encienda las máquinas.

Una auténtica vergüenza que nos trae una cuestión que nos toca a todos resolver:

¿En qué momento se puede o se debe alguien declarar en rebeldía ante la ilegitimidad, la ilicitud, la ilegalidad manifiesta de la manipulación, primero, y la interpretación, después, de una ley, contra las resoluciones que violan derechos fundamentales, desentierran muertos en contra de la voluntad de sus familias, profanan, vejan y roban cadáveres e irrumpen en los templos por la fuerza?

¿En qué momento es legítima la resistencia? ¿a qué hay que esperar? ¿Cuál es el momento oportuno? ¿Dónde está el límite, cuando dichas resoluciones son irreparables? ¿No sirve para nosotros el manido texto del clérigo luterano Martin Niemöller? ¿solo sirve si no se trata de fascistas?

Quizá algunos piensan que se trata de Franco, y que con Franco termina la cosa. Que se darán por satisfechos con su vejación pública y que podremos pasar a otra cosa.

Quizá haya incluso para quien pase desapercibido el hecho de que, si es con Franco, pase. Hágase, viólese, violéntese, profánese, prívese de derechos a su familia, porque solo afecta a Franco, “el dictador”. Él no tiene derechos, y su familia menos.

¿Han oído lo que acabo de decir? ¿han oído la barbaridad con la que se nos pretende hacer comulgar con ruedas de molino? ¿depende de a qué muerto está bien profanarlo, exponerlo, secuestrarlo y volverlo a enterrar en un lugar de titularidad pública, lejos del posible homenaje y de la voluntad de la familia? ¿No hemos quedado – lo dice la sentencia vertedero – que el sentir mayoritario del pueblo español no aprecia a Franco? ¿qué miedo tienen?

Pero déjenme que les diga una cosa, por si aún no se han enterado: Esto no va de si Franco sí o Franco no. Franco ha sido elegido porque representa un símbolo: el del Nuevo Estado, el que se revolvió contra la atrocidad del Frente Popular, se alzó en armas, lideró a los combatientes y ganó una guerra terrible entre hermanos, para darle a España el período más largo de la historia reciente y no tan reciente, de Paz.

¿Alguien cree de verdad que Sánchez distingue en absoluto entre franquistas, falangistas, requetés o simples católicos cuando empieza y ejecuta esta perversión? ¡No distingue nada! Franco es el principal símbolo de su victoria. “La primera de los vencidos” como no han tardado en decirnos hoy desde ahí enfrente!

Franco es la encarnación de lo que ellos detestan. ¡No importa si es verdad o no! Es la encarnación, porque así no los han presentado, porque así lo han manifestado, porque su maldita ley está plagada de mala intención, porque se consideran testimonios de exaltación, las cruces de los pueblos, los nombres de los falangistas asesinados o caídos en el frente, las carmelitas violadas y asesinadas en sus conventos, los militares por el hecho de serlo o los intelectuales no afectos al frente popular, mientras levantan monumentos a Prieto, a Negrín, a Iglesias, a la pasionaria y nombran hijo predilecto de su ciudad al carnicero de Paracuellos, Santiago Carrillo.

Porque esto va de otra cosa: va de la dictadura de las mayorías exiguas frente a los cobardes; Va de la destrucción de los rescoldos del Estado de Derecho, si es que alguna vez tuvimos uno. De acabar con la división de poderes de la que dicen presumir mientras se ciscan en ella.

Va de acabar con los derechos y libertades individuales y colectivas de las personas por su adscripción ideológica; va de condenar, por la vía de la imposición, lo que ni la historia, ni los tribunales, ni el concierto de las naciones condenó jamás. Va de blanquear los crímenes de esos miserables y convertir a las víctimas en verdugos y a los verdugos en víctimas….

Va de eliminarnos a todos y cada uno de nosotros estigmatizando, prohibiendo, persiguiendo, multando y encerrando si se nos ocurre disentir y va de borrar de la historia más reciente, las páginas más gloriosas de nuestra historia y también los crímenes más horrendos. Nuestras gestas y sus checas. Va de ir desenterrando uno a uno cada uno de nuestros héroes – ya lo verán – para esconderlos en los rincones más oscuros de sus checas ideológicas.

Va, finalmente, de acabar con la fe y de derribar los símbolos que representan el sustento moral y de valores de toda nuestra civilización y particularmente de nuestra patria, para convertirlos en mausoleos del horror y de la mentira. Va de demoler la Cruz de los Caídos y cualesquiera otras, como ya nos han anunciado los socios del frente Popular, dando por hecho que ya cuentan con todo lo que necesitan para hacerlo.

Y seguramente tienen razón. Tienen voluntad, tienen medios y apenas tienen adversarios. El padre Cantera tal vez sea el último.

Así que sí. Hoy es el día de preguntarse qué hacemos, cuando en dos semanas o menos, entren las máquinas en Cuelgamuros.

Hoy, claramente, manifestar nuestra adhesión y nuestro total apoyo al Prior Cantera. Hoy manifestarnos y proclamar la ilegalidad, la injusticia y la inmoralidad de la profanación. Hoy, proclamar nuestra predisposición a la denuncia y a la resistencia. Y también tratar de construir desde ADÑ el marco jurídico necesario para derogar la miserable ley de Memoria Histórica, forzando a quienes tienen el poder, la potestad y la responsabilidad de hacerlo dentro del Congreso.

Pero no nos engañemos. No será suficiente. Porque lejos de lo que algunos ilusos han pensado - que esto es un ataque al régimen del 78 y a la Monarquía y que esos serán sus próximos objetivos - hay que decir que esto es responsabilidad directa de ese Régimen, de sus protagonistas y de esa desagradecida corona que recibió su poder, precisamente, de las manos de aquel al que hoy pretenden profanar, mediante su beneplácito o su silencio. Si es un ataque al régimen y a la corona, se lo tienen bien merecido.

Quiero repetir, para terminar, que entramos en un momento crítico. Que esto no ha hecho más que empezar, que tras las fosas de Franco y casi con seguridad inmediata la de José Antonio, vendrán otras, y vendrá la Cruz. Y que puede cogernos sentados y lamentándonos o de pie dispuestos a pelear. Nada más fácil para Sánchez que tendernos el puente de plata.

Nada más difícil pero más necesario para nosotros que no aceptarlo. Cuando la retórica al uso hablaba de los tiempos difíciles por venir, no os quepa duda: se refería a estos.

Desde aquí no me queda más remedio que pedir, a cada uno en la medida de sus posibilidades,

¡R E S I S T E N C I A!