Imaginemos la historia de un país presidido por un estafador que desde la oposición llegó al poder con el apoyo de otros tan delincuentes como él, argumentando para ello la corrupción de quien le precedió. Imaginemos a su vez que la mayoría de los funcionarios de dicho país -jueces, espadones, educadores, informadores, etc.- están vendidos a los maleantes, reciben sus dádivas o pertenecen y colaboran con su camarilla.

Es casi seguro que quien conozca o lea una imaginaria historia como ésta, convendrá que tales gobernantes y funcionarios deben ser tenidos por delincuentes y castigados de inmediato con presidio. Y que en un país sano de ninguna manera se deben permitir ladrones -y menos aún en el Gobierno y en el resto de las Instituciones-, los cuales pudiendo ganar su salario con honesto trabajo y poseer hacienda legalmente, prefieren obtenerla robando y engañando, por lo cual es muy justo enviarlos a la cárcel después de reintegrar a los legítimos dueños -el pueblo- el fruto de sus latrocinios.

Así mismo, el supuesto lector entenderá que con la llegada al poder de un Gobierno fraudulento, sustentado por traidores confesos y por unas instituciones no menos desleales y putrefactas, la sociedad implicada ha tocado fondo, y que un nuevo proceso regenerador se ha hecho inevitable. Y acertará deduciendo que si la mayoría ciudadana no ha sabido ser protagonista a la hora de evitar la ruina, habrá de ser comparsa de la catástrofe hasta que consiga la necesaria regeneración.

Porque los ciudadanos de una sociedad inerte, en la que no cuenta la nobleza, y en la que sólo la calderilla tiene posibilidades de uso, han sido sus propios verdugos.

Es obvio que los pueblos aceptan con tanta dificultad como los individuos sus comportamientos pasados cuando descubren que éstos han sido ignominiosos; ítem más en el cuento que nos ocupa, en el cual, colmados de indignidad, no han sido capaces de afrontar una aberración tan manifiesta como es la peste histórica del frentepopulismo. Con casi total seguridad la mayoría ciudadana de ese desgraciado país imaginario seguirá buscando otros culpables ajenos a ella, a la espera de que la minoría altruista y libre le saque las castañas del fuego.

Por supuesto -razonará el anónimo lector- que los principales responsables de tal degradación social han sido los llamados frentepopulistas y sus cómplices y el sistema político, entregados todos ellos a una causa abominable. Pero sin olvidar nunca que ese sistema fue permitido por el llamado pueblo soberano.

Y también el lector habrá de concluir que, establecido ya el desaguisado, esa sociedad va a sufrir los objetivos del sistema comunista y de sus afines, que se extienden sobre todo al intervencionismo estatal en la forma de enfocar la Historia y enseñarla; en la forma de utilizar el lenguaje, manipulándolo; en la forma de manejar la propaganda; en la forma de apropiarse del Estado, ampliar su estructura, aumentar el gasto público y los impuestos, y en la forma de pervertir y derribar los cimientos de la sociedad tradicional.

Y dentro de su neutralidad, el lector de la historia sentirá vergüenza ajena ante las reacciones de muchos palmeros y cómplices del bolchevismo, quienes después de estar durante todos estos años ayudando a éste a llevar políticamente la gasolina y las cerillas o, pudiendo, no se las han arrebatado, ahora se mesan los cabellos y se rasgan las vestiduras ante el desastre. Así como hallará tragicómicas las reacciones de tantos analistas políticos que cuando se les avisaba del peligro respondían con burlas y frivolidades, tachando a los premonitores de escandalizadores y extremistas.

Es justo, pues -se dirá el lector-, que esos bufones ladradores, contertulios que hablan de lo que no saben, reciban el desprecio y la cólera de quienes desde hace décadas venían describiendo un siniestro futuro que hoy ya es presente, sin dejar de obtener como respuesta a su clarividencia las gracietas y desdenes de los colaboracionistas.

De igual modo que, en este sentido, al lector le ha de resultar patético el aborrecible espectáculo del principal partido opositor, el cual pudiendo haber cambiado la tendencia destructiva, gracias a la mayoría absoluta obtenida en su día, se convirtió en el mejor esbirro de los victimarios, alentando la demencial deriva hispanofóbica y sus consecuencias: la presencia de un presidente representativo del fraude, a quien apoyan otros defraudadores de su cuerda y que regirá un Gobierno hipócrita, cosmético y fanático, buenista y políticamente correcto, legitimado por subsidiados, okupas, parásitos, hampones, pervertidos, totalitarios, separatistas y filoterroristas y, en consecuencia, contrario a los valores constitucionales.

No cabe duda, en fin, -seguirá diciéndose el anónimo lector de la historia- que el estáblismen, que constituye la nueva revolución social, sabe elegir a sus agentes, siniestros mandarines de la modernidad totalitaria. Por eso, como, pese a todo lo que ha pasado y está pasando, el fraudulento presidente seguirá en el Gobierno del imaginario país con absoluta impunidad, cabe preguntarse si el ciudadano común no se entera de nada o, por el contrario, sí se entera de todo y, porque le gusta lo que pasa es por lo que repite ración.

Porque es posible que lo que a la minoría avisada le parezcan acciones delictivas suficientes para provocar una profunda reacción social regenerativa, con la exigencia de las correspondientes responsabilidades penales y políticas a los protagonistas, a la mayoría sumisa le resulten convenientes. Y como de ello es consciente el poder dominante, por eso persiste en la técnica de la manipulación psicosocial, en cuyo uso existen verdaderos maestros dentro del frentepopulismo, contando además, como es el caso, con medios interiores y exteriores muy poderosos.

El lector del cuento sabe que con las izquierdas resentidas y con su cohorte de intoxicadores y cómplices, es imposible la convivencia política. Y políticamente han de ser extinguidas. O ellas o la libertad. Es una cuestión de supervivencia, porque sólo una sociedad enferma puede soportar su sectarismo y su perversa retórica democrática.

Al ser humano noble y animoso se lo conoce en la adversidad. Nada de irreflexión ni de desesperación, porque ello son señales de ánimo exiguo, sino frío análisis y convicciones firmes. La minoría de espíritus libres no va a rendirse. Afrontarán el desafío provocado por el infausto Gobierno del cuento y se dispondrán a defender el legado dejado por sus predecesores. En su lucha permanente, están obligados a ser más fuertes cada día; de lo contrario, cada día serán más débiles, como lo han sido hasta ahora sus conciudadanos, que así son las cosas en tiempos como los que vivimos.

Y lo harán sin olvidar que, además de su propia decisión, cuentan con dos esperanzas: la primera consiste en la probabilidad de que los liberticidas se devoren entre ellos por culpa de sus apetitos, porque difícilmente se soportan a sí mismos, dado que su actividad, en el fondo, es una huída, la voluntad de no reconocerse, de ignorarse a sí mismos y a su deleznable naturaleza.

Y la segunda esperanza se refiere a la cuña parlamentaria del nuevo partido, alzado como referente para la indispensable regeneración sociopolítica, y en la actualidad único oponente efectivo a la dominación social-comunista. El anónimo lector espera que a dicho partido los hombres y mujeres de bien lo apoyen con tanta más fuerza cuanto mayor sea la malevolente estrategia con la que tratarán de infestarlo, desde las alcantarillas del Estado y desde los despachos cómplices, para crear contra él un clima de opinión calumnioso en la ciudadanía más ignorante y aborregada.

Jesús Aguilar Marina