Fotografía: monseñor Athanasius Schneider.

Lo acontecido en el Instituto Juan Pablo II nos indica que los miembros de la jerarquía actual ya no pueden asegurar sus puestos mostrando prudencia, que es la palabra que se utiliza para no pronunciar la que mejor describe ese empeño en no dar la cara, que es la de cobardía.

Los dirigentes y profesores del Instituto Juan Pablo II han sido prudentes, o cobardes, elijan ustedes la palabra que más les guste, ante el escándalo de Amoris Letizia.

Y su prudencia, o cobardía, no les ha servido para nada.

Y ahora protestan, ahora se quejan.

Ahora, cuando han sido destituidos y el instituto arrasado.

¿Por qué protestan ahora y no antes?

¿Por qué no protestaron cuando se publicó Amoris Letizia?

¿Por qué no se unieron a los cuatro valientes altos cargos que solicitaron en una carta, sin respuesta, a Bergoglio aclaraciones sobre los pasajes inciertos de Amoris Letizia?

No, protestan ahora, y la impresión inevitable que transmiten es que lo hacen porque les ha preocupado más la pérdida de sus empleos que lo que les preocupó antes la custodia de la doctrina.

El significado de su defenestración es que han pasado los tiempos de conformismo callado ante el intencionado confusionismo que impera en la Iglesia.

Han pasado ya esos tiempos en los que se han tratado de justificar una y otra vez las palabras de Bergoglio con la manida expresión de “lo que en realidad ha querido decir es que    . .   .  “

Los tiempos actuales exigen un firme compromiso con la verdad de las cosas y una decidida disposición a manifestar abiertamente cuáles son las posiciones personales. Basta de ironías, de insinuaciones, que son expresiones de tímida discrepancia absolutamente insuficientes.

Un ejemplo de ese compromiso con la verdad y de valentía personal nos lo ha dado monseñor Athanasius Schneider cuando, cara a cara con Bergoglio, le pidió que aclarase las palabras del documento de Abu Dabi acerca de la voluntad de Dios de que haya otras religiones. La explicación que recibió monseñor Schneider no le pareció convincente y así lo expresó. Después, ante los argumentos evasivos recibidos, solicitó sin éxito a Bergoglio una intervención que aclarase definitivamente la cuestión.

Ese es el ejemplo a seguir porque en el Vaticano de hoy hay una voluntad manifiesta de no hablar de doctrina, con el objeto de cambiarla sin debate alguno, de tapadillo, proponiendo una praxis política de orientación marxista desde la propia Iglesia. A dicha voluntad hay que responder hablando continua, precisa y claramente de doctrina.

Como hizo Jesucristo, que impartió constantemente doctrina, acerca del Padre, acerca del Espíritu, acerca de su relación con los hombres y de éstos entre sí, etc.

¿Debemos imitarle hablando a tiempo y a destiempo de la doctrina de Jesucristo, profundizando en su significado, explicándola, difundiéndola, etc, o debemos callarnos porque a determinados altos jerarcas eclesiásticos no les convenga hablar de ella?

¿Debemos callarnos porque si hablamos de doctrina nos van a llamar “pepinillos en vinagre”?

¿Debemos callarnos porque quien pretenda evangelizar anunciando la luminosa doctrina de Nuestro Señor Jesucristo no entrará en los sombríos corredores del poder vaticano?

¿Debemos callarnos porque si ocupamos puestos relevantes en las instituciones de la Iglesia Católica y hablamos de doctrina cristiana podemos perderlos?

Lo que ha sucedido en el Instituto Juan Pablo II demuestra que el silencio es inútil, y cobarde, así que hablemos y expliquemos públicamente y con firmeza la doctrina que nos ha enseñado el mismo Jesucristo, una doctrina que inspira una praxis muy diferente a la que desde el Vaticano en estos momentos se intenta difundir.