De tal palo revolucionario tal astilla pija, con madera noble en Galapagar, de casta le viene al galgo al niño, con un padre terrorista y un abuelo chequista él se presenta como hombre de paz y de consenso por un gobierno de progreso y de democracia que viene a salvar a los pobres del mundo y a los esclavos sin pan.

Pablo Iglesias se ha vuelto muy devoto de esa especie de San Francisco de Asís en versión Oronda que es Junqueras. Ese hombre que, bajo aspecto de osito amoroso bonachón que habla con voz meliflua, cumple condena por dar un golpe de Estado.

Son muy colegas, pero de momento Tú Oriol a la cárcel y yo a mi casoplón. Una cárcel que es un hotel con rejas bajo las alfombras de la Generalidad. 

Iglesias no ha desperdiciado sus minutos de gloria para dirigirse a los presos del «procés», en una referencia velada a Oriol Junqueras, y a los independentistas de ERC que están «en el exilio» para agradecerles su disposición para facilitar la investidura. «Me consta que algunos han trabajado desde la prisión por el acuerdo y el diálogo y desde esta tribuna quiero darles humildemente las gracias», ha expresado.