El germen y el gran impulso del nacionalismo catalán en las últimas décadas, sin remontarnos más allá en el tiempo, lo ocupa la figura de Jordi Puyol, un político habilísimo que sistemáticamente desvalijó la cartera de los últimos presidentes de gobierno que cayeron bajo sus ansias de acumular millones y sacarlos del país, no sin antes trincarlos por ahí abajo al objeto de mantenerlos calladitos de por vida.

Un supuesto nacionalismo presidido por personaje tan fuera de la ley parece carecer de las bases de moralidad, justicia y principios que un proyecto serio y coherente de independencia precisa, más bien da a entender que la independencia se concibe como una cortina de humo para seguir manejando el dinero público en completa impunidad al no mediar la Hacienda de Madrid en el control anual de la cuentas de cada Comunidad Autónoma ¿Tal es el poder del dinero y tan singulares las bases de ese nacionalismo?

En este modelo puyoliano de independencia, la educación se ha orientado a fabricar ciudadanos fanatizados frente a todo lo español y engañados hasta la médula. España nos roba llegan a creer estos incautos cuando se les roba allí mismo, ante sus mismas narices, desde una clase política habituada a mordidas del 5% ó 6% en obra pública, concesiones y demás proyectos con dinero de todos los españoles.

Tras 40 años creando ciudadanos ideologizados, con familias rotas por el niñato mentecato que continuamente la lía en las reuniones familiares con el cuento chino ese de la independencia que sólo existe en su cabeza de chorlito, con una generación de jóvenes sin trabajo que ve en su lucha ideológica una salida a su frustración existencial, Cataluña va a deriva sumida en un desgobierno centrado en una  utopía independentista inconstitucional e inviable como es llevarla a cabo de manera unilateral, esto es, sin el ineludible concurso de todos los españoles.

Cuando la hoja de ruta de la independencia debiera ir en paralelo a la acción política en todos sus frentes –política de vivienda, seguridad ciudadana, atención a la tercera edad, legislación en igualdad…–, todo esto queda en segundo plano y los políticos de la causa se centran en su mesiánica misión de alcanzar, ahora permitiendo la violencia en las calles durante una semana incendiaria, la independencia, sin siquiera tener capacidad económica para sostenerla una semana.

Una clase política que se ganase a la ciudadanía desde una gestión honrada y eficaz, desde propuestas ciertas de las supuestas ventajas que traería la independencia, haría crecer en diputados al partido político en cuestión, teniendo más peso en Madrid, un primer paso necesario para continuar de manera razonada y razonable el proceso nacionalista, independientemente a que éste sea una pretensión anacrónica sin respaldo no ya constitucional, sino también europea. Sin embargo, sería un comienzo adecuado que iniciaría un nuevo camino, ya que el actual parece haber llegado a su fin, un fin de enquistamiento que día a día incorpora más anti independentistas a las filas de partidos políticos moderados y constitucionalistas.

La calculada inacción del gobierno de Madrid, en cada calle catalana incendiada, pretendía incendiar el procés, un gol por la escuadra a toda esta chusma de Mases, Puigdemones y Torras. Ya quisiera Messi meter goles a tanta distancia, desde Ferraz (Madrid), despacho del Alto Mando militar del PSOE, a Vía Layetana, un incendio a distancia de votantes y votantas que ven en tanta violencia consentida una vía inadecuada que los mueve, a la luz de las llamas, en plena noche, a buscar otras opciones políticas, porque nunca una precampaña electoral estuvo tan bien iluminada.

José R. Barrios