Pleamar de patriotismo en un océano de banderas nacionales sobre la Plaza de Colón. Allí llegaron en riadas desbordadas, como cuando el padre Ebro arquea el lomo en su lecho, cientos de miles de españoles a mostrarle a separatistas, socialistas y comunistas, también al pusilánime PP, ayer de Rajoy, hoy de Casado y siempre, siempre de Portela Valladares, que la Unidad de la Patria no es una mercadería electoral para el cambalache político circunstancial, "conveniente" y ocasional. En los atriles de la oratoria, tres discursos funcionariales recitados sin fiebre y al son de la tabla de multiplicar con la cansina melopea de la Constitución, la Democracia, las libertades, la igualdad y tralarí-tralará... ¿y la Patria? La Patria, donde siempre, en la evocación súbita y como de pasada, siempre subsumida a la exaltación democrática de los tres oradores de diseño constitulegal ¡Faltaría más!
Y bajo los atriles de la cansina melopea, el pueblo ("¡Oh Dios, que buen vasallo si hubiera buen señor!") que, desconectado del ronroneo de los tres versolaris de diseño, solo albergaba en su garganta y en su voz el nombre que bautiza a la Patria: España. Estuve allí, y solo me emocionó el pueblo español que iba en busca de una arenga y se encontró con una somnolienta apelación a las bondades del sistema que nos hemos dado, mientras la Patria se agarra ya solo con las uñas al último asidero del abismo de los Balcanes, osario europeo de todas las naciones que dejaron de serlo. Estuve allí, disuelto entre miles de españoles que vivaquearon electoralmente en las jaimas del PSOE, del PP y de C,s. No importa, como dice ese evangelio laico del patriotismo primordial que es el Himno de la Legión, "Cada uno será lo que quiera, nada importa su vida anterior, pero juntos formamos Bandera, de la Legión el más alto honor". Esa era la pulsión que latía en la infantería de paisano con la que el padre Ebro inundó Madrid en el nombre de España, por España y por nada ni nadie más. Los tres loritos de diseño que se subieron a los micrófonos, ni supieron ni quisieron verlo. Los amanuenses que les escribieron las partituras, tampoco. Volví a izar en mis balcones las banderas de la esperanza porque la VOX POPULI,  la voz del pueblo, sigue siendo la VOX HISPANIAE, la voz de España que, aún sin muchos latines y aritméticas, sabe alzarse por encima de las partituras democráticas y de los madrigales constitucionales que son, ¡vaya por Dios!, los mismos argumentos que esgrimen los separatistas para enterrar a España en el osario de los Balcanes.