Señor Director:

La Cultura, con mayúsculas, está en franca decadencia;  en su vertiente artística, sólo hay que comparar la feria de “ARCO” con el contenido del  Museo del Prado para verificarlo. Nos guste o no, la excelencia no tiene nada de democrática, sino que siempre será patrimonio de unas élites, porque no todos pueden ser un  Cervantes o un Lope de Vega, por poner sólo un par de ejemplos –al igual que no todos pueden ser delantero centro del Real Madrid, y en cambio esto sí parece entenderse-. Pero como en la democracia de los falsos derechos  se incluye el de que todos podamos ser considerados  “gente de la cultura”, el propio término “cultura”, ya con minúsculas, ha tenido que adaptarse a las tallas más bajas, degradándose notablemente por el camino.

La Cultura, con mayúsculas, emana de esas élites mencionadas con anterioridad y, para mayor desgracia de los exégetas de la igualdad, es Dios, para los creyentes, el destino, para  otros, y la fuerza, para los adoradores de George de Lucas –que ya les vale-, quien otorga los dones precisos para pertenecer a esos reducidos grupos de auténticos excelentes.

Los demás mortales pueden beneficiarse de la excelencia de esas élites, pero siempre que asuman, con la imprescindible humildad, que la “producción” de Cultura, con mayúsculas, corresponde a otros, es decir, que el fenómeno cultural va de arriba abajo. La idolatría de la democracia, sin embargo, ha llegado a todos los ámbitos de la existencia, de manera que ahora no sólo se exige que cualquier persona, con independencia de que tenga reducidas sus facultades mentales, pueda llegar a graduarse como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, sino que pueda acceder al mundo de la cultura, obviamente con minúsculas. Eso sólo se consigue vulgarizando el término, hasta extremos que causarían sonrojo a una sociedad cuya opinión no estuviera totalmente corrompida por las sagradas tablas de la corrección política.

Cuando la cultura va de abajo a arriba, es decir, cuando se “democratiza”, ya sólo se benefician de ella los que utilizan su condición de “gente de la cultura” para acceder a subvenciones,  cargos políticos y demás regalías. En el camino inverso, la ventaja es que para ser un integrante del mundo de la cultura, o, en otros términos, un “intelectual”, no es preciso producir nada cuya calidad clame por sí misma, sino sólo algo que los demás integrantes de ese mundo de la cultura estén dispuestos a aplaudir. Así se forma un espléndido círculo vicioso cuyo auténtico resultado es asfixiar a los verdaderos creadores de Cultura, con mayúsculas, impidiéndoles alcanzar la notoriedad que merecen y, además, cerrando cualquier posibilidad de que sus creaciones intelectuales puedan influir en el resto de la sociedad.

En el mundo de las letras eso se aprecia, más que notablemente, en la actuación de una RAE cuyos miembros participan del principio de que  es el pueblo quien debe dirigir la evolución de la Lengua española; obviamente eso produce notable regocijo en una sociedad entusiasmada con los elogios y poderes que les otorgan unos políticos tan cercanos a ellos en su nivel cultural. Divertido eso de dejar la evolución de la Lengua Española en manos de quienes la maltratan a diario, pero, eso sí, democrático. Muy democrático.

Como todos decían “Iros a paseo”, se admitió. Me pregunto por qué no se admitió “veros a paseo”, o “irse a paseo”. Por cierto, que este último es un modo de conjugar el imperativo verbal mucho más utilizado –y me baso en mi propia experiencia leyendo exámenes como profesor universitario-, resultando frecuentísimo decir y escribir “quedarse aquí” –en lugar de quedaos aquí-, “tirarse al suelo” –en lugar de tiraos-, y muchos otros ejemplos similares.

Pero un casi que, personalmente, me parece de particular  interés, por la reiteración con que se utiliza en la sociedad de la corrección política que disfrutamos, es el término compuesto “homófobo”; sobre todo al haberse admitido, también por la RAE, su usual aplicación a quien siente manía o repulsión hacia los homosexuales. Ello supone entrar en franca contradicción con el origen etimológico de las dos partes que integran dicha palabra, y con las propias definiciones que la RAE nos propone de dichos elementos.

 "Homo" es un prefijo que deriva del griego y significa "igual",  mientras que "fobo" es un sufijo, también derivado del griego, que significa manía o aversión. Siguiendo esa elemental consideración un "homófobo" sería alguien que tendría manía o aversión hacia los que son iguales que él, de manera que, si yo soy heterosexual,  y tengo manía a todos los demás heterosexuales, sería un homófobo; si soy bisexual, y tengo aversión a todos los demás bisexuales, también sería un homófobo.

Siguiendo esa lógica exposición, sólo podría ser calificado propiamente como homófobo, aquél que, siendo él mismo homosexual,  tuviera manía o aversión a todos los demás homosexuales.   Lo que usualmente se entiende como homófobo, ahora también por la RAE, debería denominarse en realidad "homosexualófobo"; pero claro, es que con tanto  wasap, no hay espacio para nada. Y lo de admitir “wasap” es también para rasgarse las vestiduras –o, si prefieren la versión popular, porque la Biblia les produce urticaria,  “es de traca”; porque puestos a tragar todos los vulgarismos que el pueblo soberano utilice, lo más razonable habría sido admitir “guasap”. Al admitir “wasap” atacan también las normas fonéticas de nuestra querida Lengua Española, resultando ahora que  hemos de pronunciar la “W” como en inglés, o bien hacerlo correctamente, decir “vfasap”, y asumir que nadie nos entienda. Menos mal que “limpian, fijan y dan esplendor”, porque si no…

 

Luis Miguel López Fernández. Doctor en Derecho, Máster en Derecho y Economía de la Empresa (ELDE)