Con el día Mundial del Libro conmemoramos las muertes simultáneas, el 23 de abril de 1616, de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare. De la verificación en la vida real de los grandes mitos literarios los españoles tenemos mucho que decir pues, no en vano, de los cuatro grandes mitos universales de la Era Moderna dos son españoles: Don Quijote y Don Juan Tenorio. Los otros dos son Hamlet y Fausto.

 

Así como detrás de la definición de Euclides de la línea recta como “la distancia más corta entre dos puntos” podemos adivinar al albañil con su plomada, también detrás de todos y cada uno de los grandes personajes de la literatura universal, desde Homero hasta nuestros días, podemos adivinar la pluma de un escritor soberbio que, como el bisturí de un cirujano, disecciona la realidad penetrando en la concepción del hombre y de la historia.

 

Desde Demócrito sabemos que “nada se crea de la nada ni desaparece en la nada”, por eso no hablo de personajes imaginarios. Sencillamente porque no existen. El análisis de los grandes personajes literarios le da al héroe y al villano, al canalla, al taimado y al generoso idealista  la patente de realidad que sólo la vida cotidiana puede otorgar.

 

Basten dos ejemplos muy breves de esto que digo. Cuando Gilles de Rais, amigo y colega de Juana de Arco, se confesó culpable en 1440 de crímenes que incluían la seducción, violación y asesinato de más de 800 niños, explicó la razón de su monstruosa conducta diciendo que había leído a Suetonio y que le había impresionado tanto la vida del emperador Tiberio que había decidido imitarlo.

 

En el extremo positivo de la íntima relación entre la literatura y la realidad tenemos al escritor más grande que vieran los siglos. Miguel de Cervantes. Cuando la Armada que capitaneaba Juan de Austria avistaba en Lepanto la flota turca, el soldado Miguel de Cervantes, a bordo de la galera Marquesa, tiritaba en su litera víctima de un ataque de paludismo. Ardía de fiebre, pero no quiso sustraerse al combate. Subió a cubierta y exigió un puesto en primera línea de fuego. Se le dio el mando de 12 arcabuceros, luchó como un león, recibió dos disparos y perdió la mano izquierda. Tenía 24 años, la misma edad que su comandante, Juan de Austria, y evidentemente aún no había escrito El Quijote.

 

Pero aún así, ¿puede alguien asegurar que el Quijote no combatió en Lepanto? ¿Puede alguien certificar que el Quijote no existió? Es más, que no existe y que sólo es el producto de la volcánica imaginación de un escritor sublime. España universaliza la “mitológica” realidad del Quijote porque si la sabiduría habla griego y la virtud latín, el honor habla español. Por eso El Quijote está escrito en español por un soldado español que con su ejemplo y su conducta en la Batalla de Lepanto demostró que, efectivamente, el honor es patrimonio del alma. Del alma universal del pueblo español.