Es conocida la buena sintonía que suele existir entre los varones homosexuales y las mujeres. A menudo, el amigo gay se convierte en el mejor confidente para ellas, estableciéndose entre ambos una sincera y desinteresada amistad y complicidad, que perduran a través del tiempo.

      Sin embargo, no suele suceder así entre las lesbianas y los hombres. Con demasiada frecuencia, los hombres son percibidos por las lesbianas como toscos competidores que rivalizan frente a ellas en el juego de la seducción, juego en que los varones participan con la ventaja del natural atractivo que los hombres ejercen sobre las mujeres.

       El no poder competir frente a ellos en este aspecto, al ser la masculinidad un atributo dado por la naturaleza, las lesbianas terminan por hacer de los hombres el blanco de sus iras.

     Las más exaltadas, han terminado por organizarse en plataformas, foros, círculos, ongs, observatorios, etc., subvencionados con nuestros impuestos, con objeto de hacer más efectiva su acometividad, habiéndose llegado a una verdadera guerra de sexos no declarada, sin que la mayoría de los hombres comprendan a qué se debe esa hostilidad hacia ellos.

       Además de la rivalidad en el terreno de la seducción, existen otras razones que explicarían en mayor o menor medida, según cada caso, el comportamiento hostil del lesbianismo hacia el varón.

       Una de ellas es el frecuente abuso sexual que muchas lesbianas han sufrido durante la infancia a manos de los hombres. Un hecho así de execrable, una agresión de este tipo, con frecuencia deja una herida en lo más profundo del ser que nunca llega a cicatrizar y, menos aún, cuando se acompaña de sentimientos de culpabilidad por un consentimiento más o menos explícito que, por otra parte, debido a su corta edad, no estaban en condiciones de dar.

        El sentimiento de culpabilidad, junto con la vergüenza de confesar el hecho, condenan al silencio una experiencia traumática que nunca debiera haberse producido, silencio que favorece a quien es merecedor de la más estricta aplicación de la Ley.

       Existen otras razones para ese odio manifiesto del lesbianismo hacia los hombres, razones inherentes tanto a la propia condición de lesbiana como a la misma naturaleza anatómica del cuerpo femenino y masculino.

     El varón homosexual, puede penetrar y ser penetrado, aunque normalmente los roles que adoptan las parejas tanto de gays como de lesbianas, suelen reproducir el modelo de relación heterosexual, es decir, el tan denostado modelo del heteropatriarcado.

     Por el contrario, las lesbianas no tienen un órgano sexual que les permita sentir y dar placer a su pareja mediante la penetración, lo que les lleva a valerse de algún artilugio, normalmente un pene de goma sujeto con un arnés, con el que penetran a su compañera en función de hembra receptiva,  para proporcionarle placer con los característicos movimientos masculinos propios de la cópula.

       Pues bien, es fácil imaginar la frustración y la consiguiente envidia que debe sentir toda lesbiana hacia los varones, viéndose a sí misma representando el rol masculino en plena intimidad, mientras observa cómo goza su pareja al ser penetrada y acariciada en el introito y la vagina   por un pene, en este caso de goma, que, aunque sea propiedad de ella por haberlo comprado, no tiene sensibilidad alguna para sí misma.

       En este sentido, resulta obligado recordar a Sigmund Freud cuando describió la existencia del complejo de castración que, en el caso de las niñas, se concreta en sufrir la envidia del pene, envidia que si se mantiene en el tiempo, cuando no evoluciona hacia la aceptación de las diferencias anatómicas y de las distintas funciones para la reproducción de hombres y mujeres, puede llevar a la homosexualidad femenina.

         He ahí otra de las razones de la animadversión de las lesbianas hacia los hombres: la renuncia casi absoluta a ser madres, a participar en el proceso reproductivo, una renuncia que lleva a las feministas radicales a declararse enemigas de la maternidad, “Por ser una forma de explotación de la mujer por el hombre”, uno de los principio doctrinarios de la Ideología de Género, ideología que profesan la gran mayoría de ellas y que tratan de imponer por todos los medios al resto de la sociedad.

       Cierto es que hay lesbianas que desean y buscan ser madres, generalmente mediante la inseminación artificial. Pero representan solo una escasa proporción y la receptora del semen es siempre la que desempeña el rol femenino dentro de la pareja, por lo que no es infrecuente que el propio embarazo y las indescriptibles sensaciones durante el proceso de la maternidad, terminen por llevar a estas mujeres a buscarse una pareja masculina, ya que ¿hay algo más femenino que ser madre?

       Sirva este escrito para una mayor comprensión y superación de un fenómeno que, si bien solo atañe a una buena proporción de ese 1% de mujeres lesbianas que las estadísticas serias afirman que existen, sin embargo, en la práctica, afecta a la totalidad de los ciudadanos mediante ideologías como la de Género, pongamos por caso, afectación que se hace sentir muy especialmente en los hombres al soportar la hostilidad de esa parte del colectivo de lesbianas hacia ellos.

 

                                                                 Joaquín Cayetano