El pasado 19 de febrero Umberto Eco, a los 84 años de edad, nos abandonaba para siempre en su casa de Milán. 

Escritor, filosofo, periodista y padre de la semiótica era bromista y provocador a más no poder. Pensador e indagador incansable, le encantaba profundizar en la contradicción en busca de la libertad. Llamaba "fascismo eterno" a la falta de sentido crítico y al aplauso del poder. Amaba el whisky y los libros, aunque lo primero lo acabó abandonando y lo último casi no hace falta decirlo. Afirmó que “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”. 

Se crió en Alessandría y a pesar de que estudió en un colegio religioso y formó parte de los movimientos juveniles de Acción Católica, o quizá por ello, se volvió agnóstico y abandonó la Fe . Estudió Filosofía y Letras y se doctoró con una tesis sobre la estética de Santo Tomás de Aquino, de quien dijo que le había curado milagrosamente de la fe. Solía afirmar que “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no quiere decir que crean en nada: creen en todo”.

Trabajó como profesor, primero en Turín y Florencia y más tarde en Milán. Fue entonces cuando publicó sus estudios más importantes de semiótica. 
En 1980, con su novela "El nombre de la rosa", obtuvo su mayor éxito literario. Sus novelas posteriores "El péndulo de Foucault", "La isla del día de antes", "Baudolino", "La misteriosa llama de la Reina Loana" y "El cementerio de Praga" no tuvieron tanto éxito como la primera.

Su último libro, Número cero, es una sátira sobre el oficio del periodismo en tiempos de Internet y de los peligros a los que se arriesgan los periodistas al explicar la realidad.

Todos hemos llorado su muerte, tanto los que le conocieron y le trataron como los que valoramos su legado como una de las grandes joyas de la cultura universal.